Mes: marzo 2015

Las perdices

Me crié en una casa quinta en medio del campo, al lado del final de la pista de aterrizaje del aeroclub de la ciudad. Todos los sábados por la tarde podía ver cómo despegaban y aterrizaban los aviones Cessna, y muchas veces mi hermano y yo íbamos a pie hasta el aeroclub. El camino que recorríamos era a través de pastizales. Viento, pasto, y calor. El sol quemaba el suelo con fuerza y, a la hora de la siesta cuando los mayores dormían, nos íbamos por ahí. Esas expediciones me encantaban, porque podía ver otras cosas en medio de los pastos, descubríamos nidos de animales, tacurúes –nidos de termitas-, rastros de liebres y perdices. Descubrir las huellas en medio de la nada era un gesto de calidez de la naturaleza para dos niños que correteaban bajo el sol un poco perdidos.
Las perdices eras aves casi mitológicas, porque había visto sus imágenes en algunos de los libros de la casa pero no había podido nunca encontrar una en el campo. Mi padre, fiel a su estilo socarrón me dijo que si le ponía sal en la cola a una perdiz ésta se quedaría quieta y podría agarrarla. Sin dudarlo fui a la cocina y tomé el paquete de sal y fui en busca de las perdices. Y traté de tirarles sal, y por supuesto las perdices al ver que me acercaba, huían. Mis amigos me decían que era mentira, a mí no me importaba. La sola idea de ir con un paquete de sal, corriendo entre los pastizales y persiguiendo perdices ya era la felicidad misma.

By Dario Sanches (Flickr: CODORNA-AMARELA (Nothura maculosa)) [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons

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La hamaca

Una tarde de otoño, salí a caminar. Pasé por una plaza, y al ver las hamacas me senté en una de ellas. El tiempo no me apresuraba como otras veces.
El sol brillaba azul en el cielo, el viento se escapaba entre las hojas. Un pequeño murmullo se oía de vez en cuando.
Apoyé mi cuerpo en el asiento viejo y roído y, frente a la propuesta del juego, accedí a que el balanceo me llevara.
Oí el chirrido del metal, que en un ritmo preciso acompañó mis movimientos. Algo más allá de mí se dejó arrastrar.
Recordé mi niñez, recordé el vértigo: ese preciso momento en que uno se eleva alto y el viento sorprende suavemente la cara, para luego, rápidamente, caer.
Recordé esa sensación en el estómago. Ese vacío de certezas. La primera sensación del cuerpo al estar enamorados. Creo que la primera experiencia sobre el amor comienza en las hamacas.
Continué balanceándome sin entender muy bien por qué en algún momento de la vida dejamos de jugar.

 (14778412051)

Four feet, wings, and fins (1879)

Líneas poéticas encarnadas

Líneas necesarias, explicaciones superfluas.

 

Hesíodo sueña y el mundo lo olvida

*

Y muera como un tigre el sol eterno

*

Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la Muerte,
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido

*

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

*

Cuando nació, las estrellas se abrazaron

*

The Hollow Men, de T. S. Eliot (1925)

Hay poemas que son necesarios para la vida, he aquí uno de ellos.

The Hollow Men, by T. S. Eliot (1925)
A penny for the old guy

I

We are the hollow men
We are the stuffed men
Leaning together
Headpiece filled with straw. Alas!
Our dried voices, when
We whisper together
Are quiet and meaningless
As wind in dry grass
Or rats’ feet over broken glass
In our dry cellar

Shape without form, shade without colour,
Paralysed force, gesture without motion;

Those who have crossed
With direct eyes, to death’s other Kingdom
Remember us — if at all — not as lost
Violent souls, but only
As the hollow men
The stuffed men.

II

Eyes I dare not meet in dreams
In death’s dream kingdom
These do not appear:
There, the eyes are
Sunlight on a broken column
There, is a tree swinging
And voices are
In the wind’s singing
More distant and more solemn
Than a fading star.

Let me be no nearer
In death’s dream kingdom
Let me also wear
Such deliberate disguises
Rat’s coat, crowskin, crossed staves
In a field
Behaving as the wind behaves
No nearer —

Not that final meeting
In the twilight kingdom

III

This is the dead land
This is cactus land
Here the stone images
Are raised, here they receive
The supplication of a dead man’s hand
Under the twinkle of a fading star.

Is it like this
In death’s other kingdom
Waking alone
At the hour when we are
Trembling with tenderness
Lips that would kiss
Form prayers to broken stone.

IV

The eyes are not here
There are no eyes here
In this valley of dying stars
In this hollow valley
This broken jaw of our lost kingdoms

In this last of meeting places
We grope together
And avoid speech
Gathered on this beach of the tumid river

Sightless, unless
The eyes reappear
As the perpetual star
Multifoliate rose
Of death’s twilight kingdom
The hope only
Of empty men.

V

Here we go round the prickly pear
Prickly pear prickly pear
Here we go round the prickly pear
At five o’clock in the morning.

Between the idea
And the reality
Between the motion
And the act
Falls the Shadow

For Thine is the Kingdom

Between the conception
And the creation
Between the emotion
And the response
Falls the Shadow

Life is very long

Between the desire
And the spasm
Between the potency
And the existence
Between the essence
And the descent
Falls the Shadow
For Thine is the Kingdom

For Thine is
Life is
For Thine is the

This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.

Magrite El hijo del hombre

Magritte, El hijo del hombre

The Nightmare

Embarcado en el sueño más profundo la yegua de la noche se acercó a mi oído y tibiamente resopló en él. Y mi sueño trastornado, no pudo más que convertirse en pesadilla.
Solo, en la oscuridad, en la tormenta.
Solo, buscando refugio de un fin que se acercaba inexorable. Busqué a mi esposa, busqué a mi hijita. Las dos estaban perdidas, perdidas para mí.
No supe bien, o no quise saber, si ansiaba sus presencias por ellas o por mí. La noche me abrazaba y desconsolado quise algo conocido que ordenara el mundo.
Abrí los ojos y me dije ¿qué es esto? Allí, en ese preciso instante se oyeron las trompetas. Sólo dos notas bastaron para anunciar el final.

John Henry Fuseli – The Nightmare

El incapaz

Camisa, piel bronceada, hablar seductor. Era su marca, y claro, su destino.
Gestos aparentemente espontáneos, practicados hasta el hartazgo, hechos a medida para seducir: tocar sutilmente el hombro del interlocutor y mencionar su nombre, mirarlo a los ojos.
Ricardo era uno de esos tipos que, al verlo, se sabía que desde su infancia había gozado del favor de las mujeres. Su grupo de amigos lo invitaba siempre a las salidas porque, como aves de rapiña, aprovechaban los restos que dejaba él al ser el depredador principal. Así su vida parecía fácil, lo que para cualquier hombre era un arte que exigía destreza e ingenio, para él era algo demasiado fácil.
Pero esa facilidad lo condenó de una manera inesperada. Problemas con las mujeres no tenía, no por lo menos en los términos que la mayoría supone; es decir, él siempre estaba acompañado. Pero no tenía la menor idea, ni voluntad ni capacidad para arreglárselas solo, no se sostenía. Necesitaba siempre a otros: los amigos, los colegas, la mujer, los hijos, el psicoanalista… siempre otro que le indicara qué hacer porque él no tenía la menor idea.
Su seducción le funcionaba sola, y le brindó éxito en algunas áreas. Lo invitaban a hablar y tenía éxito, los que recién se iniciaban en la materia de estudio salían fascinados; con él, claro, no con la materia. Los zorros viejos de la cátedra se sonreían:
–Acá tenemos un promotor, decían entre ellos.
Él servía para atraer al público, como un “tarjetero” que en la calle ofrece las entradas para algún boliche. La figura bonita de la cátedra. Y era sólo eso: una figura bonita; un adorno, como esos perritos de cerámica que tan bonitos quedan en las repisas.
Ricardo sufría. La caída de su cabello afectó su imagen toda, pero luego de unos primeros momentos difíciles supo sobrellevarlo, recortando su melena y tratando de disimular las entradas incipientes.
Una vez su mujer lo descubrió in fraganti, seduciendo a una estudiante. Fue ese el fin de su matrimonio y el comienzo de sus nuevas aventuras de cuarentón divorciado.
Ricardo estaba perdido y trataba de disimularlo; pero todos sabíamos que quien le ordenaba la vida era la mujer. Cuando ella lo sacó a escobazos de la casa, él vagó desorientado.
Su psicoanalista pasó a ocupar el lugar del director de su vida. A él le consultaba todo. Incluso cuando comenzó a enseriarse con una de las estudiantes le preguntó al psicoanalista si podía hacer pública la relación, y para peor se lo contó a la piba también. A más de uno se nos cayó la cara, y le hacíamos chistes: ¿qué más le preguntás a tu psicoanalista? ¿Le preguntás cuándo tenés que ir al baño también? Él trataba de justificarse desarrollando grandilocuentes explicaciones que no decían nada. Es que no había nada que explicar.
Él, bajo toda esa apariencia, era sólo un cobarde. Un cagón, como decían en el barrio. Nunca daba la cara, se escondía en su supuesta amabilidad y en sus gestos y su impostura ya no alcanzaba. Ya no era un pibe, ya no era tan bonito, estaba envejeciendo y se olvidó de volverse un poco sabio para amortiguar lo que la vejez exhibe impúdicamente: que estamos destinados a ser desechos.
Ricardo sigue por ahí. Ya no nos reunimos porque inevitablemente llega un momento en la vida en que todo hombre debe elegir, y él sigue pidiéndole a otro que le diga qué hacer.

Ein Dandy in Rom