El incapaz

Camisa, piel bronceada, hablar seductor. Era su marca, y claro, su destino.
Gestos aparentemente espontáneos, practicados hasta el hartazgo, hechos a medida para seducir: tocar sutilmente el hombro del interlocutor y mencionar su nombre, mirarlo a los ojos.
Ricardo era uno de esos tipos que, al verlo, se sabía que desde su infancia había gozado del favor de las mujeres. Su grupo de amigos lo invitaba siempre a las salidas porque, como aves de rapiña, aprovechaban los restos que dejaba él al ser el depredador principal. Así su vida parecía fácil, lo que para cualquier hombre era un arte que exigía destreza e ingenio, para él era algo demasiado fácil.
Pero esa facilidad lo condenó de una manera inesperada. Problemas con las mujeres no tenía, no por lo menos en los términos que la mayoría supone; es decir, él siempre estaba acompañado. Pero no tenía la menor idea, ni voluntad ni capacidad para arreglárselas solo, no se sostenía. Necesitaba siempre a otros: los amigos, los colegas, la mujer, los hijos, el psicoanalista… siempre otro que le indicara qué hacer porque él no tenía la menor idea.
Su seducción le funcionaba sola, y le brindó éxito en algunas áreas. Lo invitaban a hablar y tenía éxito, los que recién se iniciaban en la materia de estudio salían fascinados; con él, claro, no con la materia. Los zorros viejos de la cátedra se sonreían:
–Acá tenemos un promotor, decían entre ellos.
Él servía para atraer al público, como un “tarjetero” que en la calle ofrece las entradas para algún boliche. La figura bonita de la cátedra. Y era sólo eso: una figura bonita; un adorno, como esos perritos de cerámica que tan bonitos quedan en las repisas.
Ricardo sufría. La caída de su cabello afectó su imagen toda, pero luego de unos primeros momentos difíciles supo sobrellevarlo, recortando su melena y tratando de disimular las entradas incipientes.
Una vez su mujer lo descubrió in fraganti, seduciendo a una estudiante. Fue ese el fin de su matrimonio y el comienzo de sus nuevas aventuras de cuarentón divorciado.
Ricardo estaba perdido y trataba de disimularlo; pero todos sabíamos que quien le ordenaba la vida era la mujer. Cuando ella lo sacó a escobazos de la casa, él vagó desorientado.
Su psicoanalista pasó a ocupar el lugar del director de su vida. A él le consultaba todo. Incluso cuando comenzó a enseriarse con una de las estudiantes le preguntó al psicoanalista si podía hacer pública la relación, y para peor se lo contó a la piba también. A más de uno se nos cayó la cara, y le hacíamos chistes: ¿qué más le preguntás a tu psicoanalista? ¿Le preguntás cuándo tenés que ir al baño también? Él trataba de justificarse desarrollando grandilocuentes explicaciones que no decían nada. Es que no había nada que explicar.
Él, bajo toda esa apariencia, era sólo un cobarde. Un cagón, como decían en el barrio. Nunca daba la cara, se escondía en su supuesta amabilidad y en sus gestos y su impostura ya no alcanzaba. Ya no era un pibe, ya no era tan bonito, estaba envejeciendo y se olvidó de volverse un poco sabio para amortiguar lo que la vejez exhibe impúdicamente: que estamos destinados a ser desechos.
Ricardo sigue por ahí. Ya no nos reunimos porque inevitablemente llega un momento en la vida en que todo hombre debe elegir, y él sigue pidiéndole a otro que le diga qué hacer.

Ein Dandy in Rom

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