La hamaca

Una tarde de otoño, salí a caminar. Pasé por una plaza, y al ver las hamacas me senté en una de ellas. El tiempo no me apresuraba como otras veces.
El sol brillaba azul en el cielo, el viento se escapaba entre las hojas. Un pequeño murmullo se oía de vez en cuando.
Apoyé mi cuerpo en el asiento viejo y roído y, frente a la propuesta del juego, accedí a que el balanceo me llevara.
Oí el chirrido del metal, que en un ritmo preciso acompañó mis movimientos. Algo más allá de mí se dejó arrastrar.
Recordé mi niñez, recordé el vértigo: ese preciso momento en que uno se eleva alto y el viento sorprende suavemente la cara, para luego, rápidamente, caer.
Recordé esa sensación en el estómago. Ese vacío de certezas. La primera sensación del cuerpo al estar enamorados. Creo que la primera experiencia sobre el amor comienza en las hamacas.
Continué balanceándome sin entender muy bien por qué en algún momento de la vida dejamos de jugar.

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Four feet, wings, and fins (1879)

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