Las perdices

Me crié en una casa quinta en medio del campo, al lado del final de la pista de aterrizaje del aeroclub de la ciudad. Todos los sábados por la tarde podía ver cómo despegaban y aterrizaban los aviones Cessna, y muchas veces mi hermano y yo íbamos a pie hasta el aeroclub. El camino que recorríamos era a través de pastizales. Viento, pasto, y calor. El sol quemaba el suelo con fuerza y, a la hora de la siesta cuando los mayores dormían, nos íbamos por ahí. Esas expediciones me encantaban, porque podía ver otras cosas en medio de los pastos, descubríamos nidos de animales, tacurúes –nidos de termitas-, rastros de liebres y perdices. Descubrir las huellas en medio de la nada era un gesto de calidez de la naturaleza para dos niños que correteaban bajo el sol un poco perdidos.
Las perdices eras aves casi mitológicas, porque había visto sus imágenes en algunos de los libros de la casa pero no había podido nunca encontrar una en el campo. Mi padre, fiel a su estilo socarrón me dijo que si le ponía sal en la cola a una perdiz ésta se quedaría quieta y podría agarrarla. Sin dudarlo fui a la cocina y tomé el paquete de sal y fui en busca de las perdices. Y traté de tirarles sal, y por supuesto las perdices al ver que me acercaba, huían. Mis amigos me decían que era mentira, a mí no me importaba. La sola idea de ir con un paquete de sal, corriendo entre los pastizales y persiguiendo perdices ya era la felicidad misma.

By Dario Sanches (Flickr: CODORNA-AMARELA (Nothura maculosa)) [CC BY-SA 2.0], via Wikimedia Commons

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