Mes: abril 2015

La caída del rey

“El cargo, el cargo lo es todo”, afirma su majestad.
Coronado desde su juventud, ha tenido tiempo y preparación para el cargo.
Pero el conocimiento que se acumula no puede contra las contingencias de la vida. El cargo no prepara para lo que uno sentirá al sentarse en el trono, al tomar el cetro, al peso de la corona y a ese gesto que se ha repetido siglo tras siglo, la reverencia de los súbditos.
El rey ha imitado al arte, y ha llegado a la vejez sin sabiduría. El rey Lear, más verdadero y vivo que mi monarca, ha tratado de enseñarle algo. Sin embargo su majestad no ha escuchado, ni aprendido.
“El cargo, el cargo lo es todo”, repite su majestad.
Ahora desde el exilio, sigue sin comprender cómo ha ocurrido lo que ha ocurrido.
“El cargo, el cargo lo es todo”, balbucea en solitario. El rey se ha quedado con el cargo. Y nada más.

Homagial Crown (Corona Homagialis)

El rinoceronte

a S.D.

Sueño. Estoy en una ciudad que no es la ciudad que conozco. Es una ciudad extraña. Estoy con mi esposa y mi hija en una camioneta. Avanzamos por las calles, hasta que de pronto, mi esposa deja la camioneta y desaparece. Nos deja solos a mi hija y a mí.
De repente otra mujer abre la puerta de la camioneta, de improviso. Le grito: ¿¡qué hacés!? La mujer pide disculpas y señala, a lo lejos, una multitud en una de las avenidas. Se aleja corriendo.
Veo que más adelante, en un cruce de avenidas la gente está reunida, pero también hay gritos.
Me acerco con la camioneta y una mujer nos impide el paso. Con la mirada tensa, desencajada, señala la avenida principal. Veo que la multitud se abre, y a través de ella pasa un rinoceronte, a toda velocidad. Un jinete corre detrás, tratando de detenerlo.
El rinoceronte pasa cerca de nosotros, golpeando a la gente, elevándolos por los aires. Hay gritos, corridas, espanto. Yo supongo que para no ser golpeados, debemos pasar desapercibidos, no debemos cruzar nuestra mirada con la del rinoceronte.
El rinoceronte pasa nuevamente cerca, golpea más gente. De repente eleva su mirada, me observa y viene hacia mí.

Muscled skeleton, facing front with Rhinoceraus. Wellcome M0010418

Rojo

Según un relato que data de la época del libertinaje francés en el siglo XVII, en una prisión de mujeres se sometía a las prisioneras a una prueba que les permitía, en caso de resolver adecuadamente el acertijo, obtener su libertad.
Las reclusas eran puestas de a tres en una mesa triangular, cada una en uno de los lados, y eran sometidas sexualmente por distintos hombres. Cada una de ellas podía ver el hombre que sometía a las otras, pero no podía ver al que era sometida.
Los hombres eran tres blancos y dos negros, y el acertijo consistía en descubrir el color del hombre.
Reclinadas boca abajo sobre la mesa, desnudas y a disposición, las prisioneras pasaban por el ritual una y otra vez.
El espectáculo, pensado tal vez como un método de tortura y humillación, contaba con la mirada cómplice de nobles y ricos que pagaban por observar.
El director de la prisión tenía todo controlado, elegía a las prisioneras, elegía a los hombres, elegía a los espectadores y llevaba a cabo la prueba con la mayor rigurosidad. Pero su afán de control lo cegó ante lo más obvio.
El 24 de abril de 1678 una de las reclusas sometidas insistió en decir rojo. La sorpresa del público, de las otras reclusas, de los hombres, de los guardias y del director fue inmediata.
-¡Rojo!, gritó, cada vez que el hombre la arremetía con fuerza. No había en su rostro ni temor ni desesperación, era otra cosa.
-¡Rojo!- una y otra vez. La prisionera en éxtasis, gritaba, gemía; estaba perdida… en otro goce.
La satisfacción que siempre habían tenido los espectadores ante la humillación de las reclusas desapareció. En ese momento miraron horrorizados.
Esa mujer lo arruinó todo para ellos.

Niebla Roja

Rojo

 

La tormenta

La noche se acercó con rapidez. Los árboles sostuvieron sus hojas con fuerza, pero el viento implacable las arrastró lejos.
El sonido del aire viscoso, denso, nubló el cielo. Ya no se vio el horizonte, ni la noche misma.
El viento trajo tierra, hojas, arena. Oscuridad.
La tormenta llegó después de tanto anunciarse y envolvió la casa entera.
Aislados en una zona poco poblada, rodeados de campo y árboles, el agua y el viento llegaron primeros, para anticipar los rayos.
Salí al patio a mirar, la luz en el cielo me llamó. Como un animal rumbo a la muerte, tomé ese camino. La luz me atrajo y me retuvo. No dejé de observar. Los rayos hablaron entre ellos. Como un mísero resto pude mirarlos y sentir tal vez aquello que sintieron otros, en otras épocas.
El hombre siempre es primitivo. Pensar en dioses frente a una tormenta puede ser fruto de la ignorancia o, puede ser fruto de la más pura poesía.

Błyskawica

La playa

Estuvieron a mi lado en una playa, fue imposible no advertir su presencia. Era una pareja de jóvenes, estaban de vacaciones, de viaje, de paseo… no lo sé.
Dormían plácidamente recostados sobre la arena.
Los observé, con curiosidad y cierta envidia: eran jóvenes, descansaban; la carne no les imponía los límites y la fragilidad que tiene. Estaban en ese momento exacto que muchos creen que es la felicidad máxima: la juventud.
Después de un largo dormir despertaron y, al salir poco a poco de la somnolencia, volvieron a desaparecer.
No oyeron el mar, ni el viento, ni la sal en el aire. No vieron el azul del cielo, ni las olas que siempre llaman como las sirenas. Sólo contemplaron la imagen que les devolvió un espejo tecnológico. Imagen que podían mejorar una y otra vez, y que los llenaba de éxtasis cual niños.
De repente, la risa de una niña rompió el aire, y me recordó que yo también había sido capturada por una pantalla.
Abandoné todo y fui a jugar junto con ella y las olas.

Dos mundos

Dos mundos