La playa

Estuvieron a mi lado en una playa, fue imposible no advertir su presencia. Era una pareja de jóvenes, estaban de vacaciones, de viaje, de paseo… no lo sé.
Dormían plácidamente recostados sobre la arena.
Los observé, con curiosidad y cierta envidia: eran jóvenes, descansaban; la carne no les imponía los límites y la fragilidad que tiene. Estaban en ese momento exacto que muchos creen que es la felicidad máxima: la juventud.
Después de un largo dormir despertaron y, al salir poco a poco de la somnolencia, volvieron a desaparecer.
No oyeron el mar, ni el viento, ni la sal en el aire. No vieron el azul del cielo, ni las olas que siempre llaman como las sirenas. Sólo contemplaron la imagen que les devolvió un espejo tecnológico. Imagen que podían mejorar una y otra vez, y que los llenaba de éxtasis cual niños.
De repente, la risa de una niña rompió el aire, y me recordó que yo también había sido capturada por una pantalla.
Abandoné todo y fui a jugar junto con ella y las olas.

Dos mundos

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