La tormenta

La noche se acercó con rapidez. Los árboles sostuvieron sus hojas con fuerza, pero el viento implacable las arrastró lejos.
El sonido del aire viscoso, denso, nubló el cielo. Ya no se vio el horizonte, ni la noche misma.
El viento trajo tierra, hojas, arena. Oscuridad.
La tormenta llegó después de tanto anunciarse y envolvió la casa entera.
Aislados en una zona poco poblada, rodeados de campo y árboles, el agua y el viento llegaron primeros, para anticipar los rayos.
Salí al patio a mirar, la luz en el cielo me llamó. Como un animal rumbo a la muerte, tomé ese camino. La luz me atrajo y me retuvo. No dejé de observar. Los rayos hablaron entre ellos e iluminaron el lejano mar tempestuoso. Como un mísero resto pude mirarlos y sentir tal vez aquello que sintieron otros, en otras épocas.
El hombre siempre es primitivo. Pensar en dioses frente a una tormenta puede ser fruto de la ignorancia o, puede ser fruto de la más pura poesía.

Mar tempestuoso

Mar tempestuoso en la noche. 1849. Iván Aivazovsky

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