Mes: mayo 2015

Ojos para no ver

Leyó hasta altas horas de la noche. Los ojos cansados, vencidos por el sueño, se cerraron.
El libro cayó pesado, y se deslizó desde sus dedos hasta las sábanas como buscando un refugio para descansar.
Hacía poco había descubierto esa extraña capacidad combinatoria que tienen las letras, las palabras, los puntos, el sonido. Sin embargo, descubrió algo más.
No podía dejar de leer.
No era una metáfora. En verdad no podía dejar de leer. Todo lo leía, absolutamente todo. Ya no veía dibujos, figuras, cuadros, colores, todo podía ser leído.
No sabía si había descubierto algo evidente, y extraordinario, o si sencillamente estaba al borde de la locura. No podía dejar de leer.
Los ojos cansados pedían piedad, pero él no podía dejar de leer.
Por ellos, todo el día, y toda la noche leía.
Recordó frases de la biblia, el texto más poético y sagrado: tienen oídos para no escuchar, tienen ojos para no ver.
Él de repente vio demasiado, quiso ser ciego, como los demás. No pudo, no puede, y no podrá.
Él lee, no puede dejar de leer.

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Matthias Grünewald

Metatrata

Apenas nos mudamos supe que algo no estaba bien. La casa, muy vieja en algunos sectores, no me gustaba. Había una presencia en ella todo el tiempo, algo que me observaba. Fue como regresar a un pequeño infierno infantil.
Después de pasados apenas unos días descubrimos el mecanismo de expansión de todas las habitaciones. Junto al mecanismo había algo que lo operaba. La casa expandía y modificaba su forma si yo lo pedía, pero a veces lo hacía a criterio propio. Era, de alguna manera, como el libro de arena, pero yo siento que el espacio de una casa es acaso más aterrador que un libro, porque el libro es más tiempo que espacio.
Nunca sola, siempre mirada, siempre con temor.
La casa, vieja, viejísima, tuvo muchos habitantes. Antes había funcionado en ella un jardín de infantes, y fue antes todavía muchas otras cosas.
Al principio, traté de manejar mi miedo hablando con aquello que operaba el mecanismo, con el operador. Él era, no sé si lo dije, lo más aterrador del mecanismo. Le hablaba, me dirigía a eso y obtenía como respuesta algún movimiento en las habitaciones. Ellas se ampliaban, o se achicaban, o aparecía un subsuelo, o quizá se podía ver el estrato más bajo de todos, en el que estaban las cloacas y otras cosas que no supe descifrar. Las cloacas eran algo así como un suelo blanco con agua que circulaba todo el tiempo, y en él se podían ver todos los desechos. Ellos cubrían toda la superficie de la casa, y si el operador quería se podían ver en cualquier parte.
Pasaron algunas semanas, y al principio traté de olvidarlo o hacer como si eso no existiera. Pero al final pudo más el querer saber, o quizá pudo más eso.
Una tarde decidí contactarme con algunos de los habitantes anteriores de la casa. Accedieron a visitarme y nos reunimos en el salón principal, que estaba completamente en silencio.
–¿Querés saber?
–Sí.
Hicimos una ronda y comenzamos a contar.
–¡Uno! Metatrata.
–¡Dos! Metratrata.
–¡Tres! Metatrata.
–¡Cuatro! Metatrata.
–¡Cinco! Metatrata.
Seguimos así hasta llegar al número doce. No entendí cómo sabía lo que tenía que decir ni tampoco la fuerza con la que lo dije. Sólo sé que al llegar al número doce me quedé sola. Entendí que al mencionar un número, uno de nosotros desaparecía. El número era absolutamente singular, íntimo y desconocido para cada uno. Al llegar al número doce me quedé sola. Y entonces me angustié y me puse a llorar, y sentí, con la piel erizada y el terror más profundo, que algo estaba a mi lado. Supe que era eso que yo llamaba operador. Cerré los ojos con fuerza, no quise mirar. Pero de nuevo pudo más querer saber. Finalmente abrí los ojos y vi que no estaba a mi lado, pero seguía dentro de la casa. Había regresado al interior del mecanismo.
Fue entonces que entendí algo más, aunque no sé cómo. Eso, como una madre, como un vigía, como algo que amaba y devoraba la vida sin límites, estaba allí para cada uno. Y, si llegué al número doce era por causa de algo mío, por ese temor, por algo en mí que sostenía la vida de eso.
Pensé que el número doce tenía que ver con una edad: doce años. Yo ya no tenía doce años pero en esa casa era como si los tuviera, como si el tiempo hubiera querido detenerse allí, en esa casa vieja, viejísima, que estaba allí como si hubiera estado allí desde siempre, desde antes del tiempo.
Supe que si eso tan aterrador estaba vivo, era porque yo lo mantenía vivo. Eso quedó allí.
Le hablé a las paredes y me fui, sin mirar atrás.

Maman Spinne Kunsthalle HH

La serpiente

Caminé a través del jardín para salir del parque, y vi la fuente. La prisa que me empujaba desapareció. Fueron pocos segundos en los que quedé atrapado y la contemplé. No era una fuente que se caracterizara por su belleza, era sencilla. Pero encontrarla, justo en ese momento, fue como un signo del destino.
Era una fuente que tenía esculpida la figura de una serpiente enroscada en su parte superior. Quieta, alerta, a punto de atacar. Sobre un fuentón sobresalía una pequeña varilla, y en ella se sostenía la serpiente.
Miré su boca, sus ojos desafiantes, su mirada de muerte y vacío. Recordé momentos de mi infancia, la felicidad, los juegos, el calor, las frutas, la tierra roja.
La tristeza me ahogó, el recuerdo fue mucho más perturbador que la mirada de la serpiente. Quedé paralizado, como quien contempla la cabeza de Medusa. Es que había recuerdo y muerte, que son dos nombres de lo mismo, en la serpiente.
No sé cuánto la contemplé, pero sí supe que era una señal del destino. Ese animal, ahí, esperándome.
El recuerdo fugaz, la angustia de lo perdido, desapareció; y la serpiente comenzó a moverse, lenta, firme, decidida: se fue.
Continué mi camino, salí del parque. Recordé a la mujer de Lot, su desafío a Dios, y decidí no mirar atrás.

Serpientes

El fantasma

Hace cuatro años que me mudé a la casona, y desde la primera vez que traspasé el umbral de la puerta de entrada, sentí algo frío. Como muchos, olvidé el detalle hasta que pude ponerlo en serie junto con otros, y una vez armada la serie vi la constelación donde antes sólo veía estrellas solitarias.
La primera vez que traspasé el umbral, sentí frío. Dentro de la casona, en el piso superior hay una biblioteca. Es una habitación cargada de libros, todas las paredes están cubiertas de ellos. Es uno de los lugares más atractivos que tiene la casa, sin embargo también es uno de los lugares en los que no se puede estar solo. Hay algo allí que inquieta.
Al fantasma lo vi muchas veces. A cada uno se le presenta de distinta forma, pero todos los que lo han visto escuchan que dice: “Me han traicionado.” No asusta, no persigue, no se mueve, es sólo una figura que entre blancuzca y transparente se presenta en la noche y repite esa frase.
Intenté buscar la explicación, el motivo. ¿Qué atormenta a esa figura etérea, que repite una y otra vez el mismo destino? Lo poco que hallé no era satisfactorio. Más allá de la traición, el fantasma decidió congelar su existencia en ese momento, en esa repetición eterna.
Hubo quien me dijo: “Es absolutamente inútil razonar con un fantasma, no entiende razones porque ,en su fijeza, goza.”
Hoy por la noche aparecerá, y no me lamentaré por él. El fantasma hizo una elección.

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Gustave Dore – Spectrum appearance of Banquo

El secuestro

a R.S.A.

Camino por el pasillo tranquilamente, hasta que escucho un sonido extraño. Un sonido de golpes, que va en aumento. Escucho las aspas de un helicóptero. Me doy cuenta que vienen por ella.
Escucho gritos, un grupo de hombres y mujeres, vestidos con trajes de combate irrumpen y tratan de secuestrarla. Llevan armas, están organizados.
Mis compañeros y yo, preparados para la ocasión, también tenemos armas y peleamos, no vamos a dejar que se la lleven así nomás.
Hasta que de pronto la miro: veo en sus ojos algo inesperado, parecería que ella quiere que la secuestren. No entiendo, ¿por qué?, ¿por qué peleamos entonces, si ella quiere que la secuestren?
La luz, la angustia, el día. Lo femenino me despertó.

Helicóptero de Leonardo Da Vinci