La serpiente

Caminé a través del jardín para salir del parque, y vi la fuente. La prisa que me empujaba desapareció. Fueron pocos segundos en los que quedé atrapado y la contemplé. No era una fuente que se caracterizara por su belleza, era sencilla. Pero encontrarla, justo en ese momento, fue como un signo del destino.
Era una fuente que tenía esculpida la figura de una serpiente enroscada en su parte superior. Quieta, alerta, a punto de atacar. Sobre un fuentón sobresalía una pequeña varilla, y en ella se sostenía la serpiente.
Miré su boca, sus ojos desafiantes, su mirada de muerte y vacío. Recordé momentos de mi infancia, la felicidad, los juegos, el calor, las frutas, la tierra roja.
La tristeza me ahogó, el recuerdo fue mucho más perturbador que la mirada de la serpiente. Quedé paralizado, como quien contempla la cabeza de Medusa. Es que había recuerdo y muerte, que son dos nombres de lo mismo, en la serpiente.
No sé cuánto la contemplé, pero sí supe que era una señal del destino. Ese animal, ahí, esperándome.
El recuerdo fugaz, la angustia de lo perdido, desapareció; y la serpiente comenzó a moverse, lenta, firme, decidida: se fue.
Continué mi camino, salí del parque. Recordé a la mujer de Lot, su desafío a Dios, y decidí no mirar atrás.

Serpientes

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