Ojos para no ver

Leyó hasta altas horas de la noche. Los ojos cansados, vencidos por el sueño, se cerraron.
El libro cayó pesado, y se deslizó desde sus dedos hasta las sábanas como buscando un refugio para descansar.
Hacía poco había descubierto esa extraña capacidad combinatoria que tienen las letras, las palabras, los puntos, el sonido. Sin embargo, descubrió algo más.
No podía dejar de leer.
No era una metáfora. En verdad no podía dejar de leer. Todo lo leía, absolutamente todo. Ya no veía dibujos, figuras, cuadros, colores, todo podía ser leído.
No sabía si había descubierto algo evidente, y extraordinario, o si sencillamente estaba al borde de la locura. No podía dejar de leer.
Los ojos cansados pedían piedad, pero él no podía dejar de leer.
Por ellos, todo el día, y toda la noche leía.
Recordó frases de la biblia, el texto más poético y sagrado: tienen oídos para no escuchar, tienen ojos para no ver.
Él de repente vio demasiado, quiso ser ciego, como los demás. No pudo, no puede, y no podrá.
Él lee, no puede dejar de leer.

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Matthias Grünewald

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