Mes: junio 2015

Día del padre

Los días festivos suelen ser días extraños para mí. No sé bien cómo otros han de vivirlos, puedo suponer, pero las suposiciones no llevan nunca a un buen lugar. En todo caso relataré mi experiencia, aquello único de lo que puedo dar testimonio.
Los días festivos son un día más, tal vez con algunas imposiciones inevitables. Puede que el feriado impida llevar a cabo algunas de las actividades que hago normalmente. Pero la festividad en sí no implica más que una fecha en rojo en el almanaque.
Hoy justo es el día del padre, y veo fotografías, dedicatorias y frases célebres sobre padres vivos y muertos. Lo miro desde afuera y como muchas otras cosas, no puedo verlo de otra manera.
He creído siempre que al elegir ser huérfano corría con una ventaja que otros no tienen y es la que implica descubrir que un buen padre, es un padre muerto. Ahora bien, debo explicar esa frase porque cualquier tonto creería que hay que matar al padre para vivir. Y sí, algo de eso hay, hay que matarlo pero de otra forma. Hay que entender que falla.
La cuestión es que hoy es el día del padre y veo a muchos que a pesar de su edad, siguen siendo hijos. Y a veces eso de seguir siendo hijos les impide convertirse ellos mismos en padres.
No me gusta la exhibición de los afectos en la actualidad, fuera en la virtualidad, en las paredes, o en los famosos candaditos que compulsivamente ponen en un puente en París.
Alguien me dijo que el amor consiste justamente en exhibirlo públicamente; no coincido para nada. Creo que alguien que necesita decirlo y exhibirlo ante los demás no se lo está diciendo a quien debe. Y la tontería de los candaditos y las redes sociales están para eso, para tratar de sostener a fuerza de repetición que hay donde no hay.
Vuelvo al día del padre: fotos, mensajes, cartelitos, insistencia. Debo decir que no me parece mal que se celebre el día, al tipo, al de carne y hueso, pero creo que en esta época todo se ha ido al demonio –por suerte para mí– y sólo se trata de justificar el consumo (“hay que comprarle un regalo a papá.”)
El día del padre es el día de eso que falla. El tipo de carne y hueso que se convierte en padre está condenado de antemano a fallar en su función, porque es necesario que falle. Claro que hubo superhombres que tuvieron hijos… y les destrozaron la vida. Busquen, que los hay.
No importa si cree estar preparado, si le enseñaron, nada lo prepara para eso. Y es ahí, justo ahí, en ese borde filoso donde se juega todo: acceder a ese acto o huir de él.
El padre es otra cosa, el padre se construye y se destruye… y también está el tipo que lo encarna.
Por mi parte, seguiré en la lucha eterna con mi padre, él ha fallado, y me ha fallado… No sé qué es peor, si su amor o su desprecio.
Siempre he creído que el verdadero hijo es aquel que no sigue a su padre, y así seguiré. Aunque debo reconocer que siempre, en el fondo, espero que Él me acepte.

Lucifer Liege Luc Viatour

El Lucifer de Liège -fotografía de Luc Viatour http://www.Lucnix.be

La noche de San Juan

El día caluroso había terminado y abrió paso a la tan esperada noche.
Hacía semanas que Morena y yo esperábamos la noche de San Juan.
En el barrio la gente se reunía en las esquinas y las puertas de las casas quedaban abiertas, el festejo entre amigos y conocidos se expandía a transeúntes inadvertidos y vendedores de paso.
Me preparé y salí de casa con mi ropa más linda, esa noche iba a saber por fin quién sería el amor de mi vida. Le preguntaría a las velas, al agua, a San Juan.
De la esquina de casa pasé corriendo a la casa de Morena, que estaba a pocos metros. Ella también se había preparado, hablamos, nos reímos. Estábamos muy exaltadas. Era la primera vez que reconocíamos, una frente a la otra, que el amor nos preocupaba, que queríamos saber quién nos amaría.
En la esquina comenzaron a quemar leña, y las rondas de gentes comenzaban a formarse. Algunos preparaban brasas para caminar sobre ellas, otros armaban el Toro Candil.
En la casa de Morena no quedó nadie, sus padres salieron a saludar a los vecinos y su hermano menor se fue con ellos. Así que ese era nuestro momento. Solas, en la casa, tendríamos la privacidad que queríamos.
Preparé un fuentón de agua, mientras Morena fue a buscar las velas. Lo colocamos todo en la cocina. Apagamos las luces y fuimos de a una. Esperamos a oír las doce en el reloj y comenzamos.
Primero fue Morena, sostuvo la vela encendida sobre el agua y dejó caer las gotas de cera que comenzaron a tomar forma y a girar. Al principio no entendimos bien qué se formaba, pero después las gotas de cera formaron una M gigante. La emoción nos invadió, ¿será la M de Mariano, el de la casa de material? A Morena le gustaba, y la idea de que San Juan le dijera eso le gustaba más.
Luego fui yo y sostuve la vela sobre el agua, pero las gotas caían y se hundían. No había caso, no flotaban, se hundían todas. Probamos cambiando el agua, pero las gotas hicieron lo mismo y se resistieron. No formaban letras. Se estancaban, y después se hundían. Mi decepción era enorme. Por lo visto no me iba a ir bien en el amor. Morena me dijo que no hiciera caso, que era una pavada, pero a ella le brillaban los ojos pensando en esa letra M.
Pensé, luego, hacer la otra prueba, la del espejo. Morena me dijo que no la hiciera, que le daba miedo. Insistí. Con la sola luz de las velas iluminé el espejo del pasillo y miré mi imagen un rato. No pasó nada. San Juan no estaba interesado en anunciarme nada con respecto al amor.
Mi decepción volvió a ser enorme. Ordenamos todos los utensilios, yo sin demasiadas ganas y Morena con entusiasmo, y salimos de la casa. En la puerta me encontré con uno de mis amigos, que me andaba buscando, me dio un abrazo y fuimos a ver el Toro Candil. Morena fue corriendo a buscar a Mariano.
San Juan no me dijo nada, tal vez porque hay cosas que no se pueden saber.

Godfried Schalcken – Young Girl with a Candle –

La cena

Llega la noche y el sueño se apodera de mí…

Fuimos invitados a una cena en la casa de mi psicoanalista. No sabía si la cena era una sesión de psicoanálisis o no. No sabía si era un sueño.

En la mesa había comidas elaboradas, complejas, muy ricas. Había un plato distinto para cada comensal, un plato único para cada uno.

Yo comía con cuidado, pues todo el tiempo estaba alerta por lo que hacía o dejaba de hacer, y pensaba en lo que el otro podría decir sobre mí. Sentía la mirada del otro sobre mí.

Mi psicoanalista iba y venía: era el anfitrión. De vez en cuando ponía su atención en mí y luego la retiraba rápidamente. Atendía también a los otros invitados.

A veces se acercaban también sus hijos y su esposa, y hablaban con nosotros, los comensales, con total naturalidad… Eso me extrañaba pero no sé por qué: si estábamos en su casa, en una cena…

Cuando estábamos a punto de pasar al postre, mi psicoanalista se acercó, me miró y me preguntó:

–¿Terminaste, o seguís?

Luego me pidió que lo ayudara a barrer las migas, para comer después el postre. Me tocó la cabeza con un gesto casi paternal, como una caricia amable que indica que está todo bien. Recordé, al instante, un consejo de mi madre: “que nadie ponga su mano sobre tu cabeza porque eso es señal de dominio.” Pensé en mi madre, pensé que ese gesto, esa caricia, me gustó. Ya no importó más lo que pensara el otro.

Entendí finalmente que puedo disfrutar. No importa si es una sesión o no, no importa si es un sueño: estamos cenando, la comida es rica, la gente es agradable.

Me levanté de mi silla, tomé la escoba y comencé a barrer.

John Singer Sargent – Le verre de porto (A Dinner Table at Night) – Google Art Project