Mes: octubre 2015

El sapo

Mi infancia está conformada por recuerdos extraños, algunos se han borrado y otros son como retazos que uno para armar un tejido. A veces por alguna intervención de familiares, se unen dos trozos disímiles, otras veces sólo hay imágenes y olores que no pueden inscribirse en ninguna parte.
Vivía en una casa muy grande, en medio de un campo. Los grandes espacios permitían que el control de los adultos sobre los niños fuera muy laxo, y por ello tenía acceso irrestricto a las bondades y peligros que la naturaleza suele ofrecer. Las tardes la pasaba sola, en medio de pastizales entre víboras, conejos y perdices.
Me trepaba a los árboles para comer sus frutos. Veía insectos llamativos y peligrosos, y desde mi mirada infantil todo era parte de un encuentro pacífico con eso que vive y muere en calma.
Tuve varias mascotas, la más extraña tal vez fue un sapo al que puse por nombre Horacio.
En el recuerdo sólo aparece ese bicho saltando dentro de la casa. Los relatos familiares agregan detalles y exageraciones. (Un recuerdo infantil sin exageración, y desvíos, carece de gracia.) La familia contaba que a la hora de tomar la merienda nos sentábamos junto con mi hermano frente a un televisor para ver un programa y que, a esa misma hora, se acercaban tanto el perro, como el gato y el sapo para acompañarnos. No lo recuerdo. Igual no importa.
El sapo era un sapo gigante, feo, verde oscuro, tosco. Un animal que rompía toda armonía. Era lo salvaje dentro de la civilización. Algo muy mío hay en él.

Brooklyn Museum – The Princess and the Frog – Mary Shepard Greene Bluemenschein – overall

Sus ojos se cerraron

Qué cosa extraña el encuentro con la muerte.
A mis quince años me compré una agenda electrónica, con algún dinero que debería haber usado para comprar una calculadora científica.
La agenda era divertida, tenia varias funciones. Un día, por estar muy aburrida, miré la fecha de mi cumpleaños y vi que la agenda tenía un calendario que llegaba hasta el año 2100. Podía escribir actividades cada día. De repente, me puse a mirar en qué día caería mi cumpleaños, en cada año, hasta que llegué a una fecha en la que me di cuenta que era imposible que yo continuara viva, a menos que iniciara una competencia con Matusalén. Lo próximo que sentí fue la angustia por la muerte.

Hay un tango que dice “sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”, es una frase que muestra bien el dolor que la muerte y que la cosa sigue, sigue girando.
Hoy ocurrió que una red social me avisó por el cumpleaños de un colega en España, que sé que ha muerto hace poco. Miré su cuenta y muchos lo saludaban. No pude menos que unir todo.

No-toda madre

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa. Toda sagrada, toda sacrificio y no sé cuántas cosas más.
Me pregunto cuántos piensan en el desafío que implica para una mujer sumergirse en el ámbito de la maternidad.

Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas… Cuántas mentiras, mitos, y fabulaciones alrededor.

Las madres son como cocodrilos, como tiburones con la boca abierta y hambre perpetua. Si la propia mujer que hay en ella no pone freno a la madre, ¿quién lo hará?

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa…
Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas…

Leí un artículo en un periódico que me sorprendió. Me sorprendió porque no cayó en la tontería. Habla sobre el caso de una mujer en Brasil que dejó a su bebé en una bolsa en la puerta de un lugar importante, a la espera de que alguien se lo llevara, tal vez con la esperanza de una mejor vida. No lo sé.
La autora del artículo habla sobre la maternidad, sobre ese halo rosa que todos le ponen encima para no ver lo que la maternidad implica. Y pone el acento en algo que creo es importantísimo: parir un niño no es garantía de que allí haya una madre. Hay madre y hay mujer, y para el bien de todos siempre conviene que sea no-toda.

La madre no es natural, la madre también nace, a veces mucho después de que nació el niño:

La “sinvergüenza” que abandonó a su bebé

Haynes-Williams Motherhood

La pregunta del ingeniero

Padre e hija estaban en el patio. Habían pasado la tarde juntos hablando sobre el futuro, los estudios, los sueños y las posibilidades.
La hija quería estudiar medicina, soñaba con hacer un doctorado y le hablaba a su padre de eso. Aún no había terminado sus estudios secundarios, sin embargo soñaba con un futuro en otro país, soñaba con una mudanza. “¿Por qué no?”, se decía.
El padre escuchaba en silencio. Amaba mucho a su hija pero no se lo decía. Él se había criado de una forma muy dura, muy rígida, no había recibido ni abrazos ni caricias. Vivió en una familia en la que los hijos eran considerados mano de obra, tenían que cumplir con sus deberes sin cuestionarlos.
Hablaron toda la tarde, hasta que el padre no pudo más y preguntó con timidez:
–¿Y no te gustaría estudiar ingeniería?
La hija sonrió. Trató de ensayar una respuesta, como disculpándose, tratando de explicar por qué no le gustaba la ingeniería y por qué sí le gustaba la medicina (aunque en realidad no sabía lo que le gustaba.)
El padre sonrió conforme, ella se acercó y lo abrazó. Él, que no estaba acostumbrado y nunca se iba a acostumbrar a los abrazos, se quedó tieso.
Luego, guardaron las sillas y entraron a la casa.

Años más tarde esa hija entendió la pregunta del ingeniero.

Monsieur with his favourite daughter Marie Louise, Versailles, Pierre Mignard