Mes: julio 2017

El pavo real

09c7850a4ab1a06be99063949f467011En la feria del barrio, la que está los sábados por la mañana, hay un puesto de verduras. Allí atiende una señora, de la cual no puedo precisar la edad.

Su rostro está marcado por el tiempo. El cabello, recogido con un rodete, tiene líneas plateadas que se pierden.
Es bajita, ágil, amable. Tiene en sus orejas unos pendientes dorados con forma de pavo real, con piedritas rojas que brillan en cada una de las plumas de la cola.

Esos pendientes me recuerdan un pasado cargado de amor y cariño, de cobijo y abrazos. Esos pendientes me recuerdan a muchas mujeres que ya no están, y que me cuidaron a lo largo de la vida, y a las que tomé por madres mías.
Esos pendientes se han convertido para mí en señal de amor: la chica que me cuidaba  y vivía con nosotros, la señora que cruzaba el puente todos los días bien temprano para despertarme con un beso antes de hacer las tareas de la casa, la vendedora de chipa que yo saludaba cuando iba a la escuela. La maestra que me regalaba libros y me abrazaba todo el tiempo. La abuela de una amiga, a la que visitábamos y nos daba consejos cargados de paciencia.

Mujeres que estuvieron para mí y que me adoptaron y yo adopté, y que me quisieron y yo quise. Todo eso encierra el pavo real.

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Las moras

Ese día el calor fue amable. Se acercaba el verano y a la salida de la escuela decidimos ir a ver las moreras.
Habíamos visto que al costado del camino Centenario había varias plantas y decidimos inspeccionarlas. Crecían solas, entre el camino y las vías del tren. Había árboles grandes y otros muchos más jóvenes.
Caminamos un poco y nos trepamos a uno de esos árboles. Estaba detrás del refugio de la parada de colectivos de calle Lacroze. Nos acomodamos, cada una en un buen lugar y comenzamos a comer. Las moras eran gigantes.

Como salíamos al mediodía de la escuela, el momento era oportuno. Teníamos hambre y las moras estaban ahí esperándonos.
Comimos, nos miramos, y nos reímos. Los autos pasaban, también el tren, saludando con la bocina.

Cuando terminamos de comer me lanzó moras en la cara, después se tomó el trabajo de enchastrarlas por todo mi pelo. Así comenzó una lucha ridícula. Terminamos las dos con los guardapolvos teñidos de color violeta, y un olor dulce y pegajoso en la piel.

Retomamos el camino a casa, siempre riéndonos.

Hoy los árboles no están, pero esas moras quedan; en ellas el tiempo se detuvo.

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Blackberries, por Passmore, Deborah Griscom, 1840-1911