Mes: noviembre 2019

Briareo

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Hace una semana murió mi perro Briareo. Era un mestizo marrón y negro, callejero de nacimiento, al que adoptamos de casualidad.
Una noche de verano fuimos caminando hasta la casa de una compañera de facultad para llevarle una carpeta. Quedaban los últimos finales de la carrera, y con Sebastián disfrutamos siempre de las caminatas. Claro, además, en aquel tiempo siendo estudiantes no disponíamos de mucho dinero para gastar. Por ello, en una combinación amable de ahorro y paseo íbamos caminando a todas partes en la ciudad.
La cuestión es que vivíamos desde ese entonces en El Mondongo, y nuestra compañera vivía por la zona de la Terminal.
Llevamos la carpeta y a la vuelta pasamos por la estación de trenes. Fue allí donde lo vimos. Un cachorro flaco hurgando las bolsas de basura que, al vernos, movió la cola con tanta fuerza que parecía que bailaba. Nos encantó. Nos seguía a cierta distancia, se acercaba con desconfianza y luego se alejaba. No sabíamos si llevarlo con nosotros o no, porque la verdad era que no teníamos plata y un perro era un gran presupuesto.
Hicimos un trato mentiroso entre nosotros: si el perro nos seguía, era nuestro. Por ello, con cada paso que dimos desde la estación hasta nuestra casa miramos dos veces hacia atrás, llamando al cachorro.
Desde ese día Briareo formó parte de la familia.
Briareo era su nombre oficial, en honor a los Hecatónquiros, aquellos que lucharon con los Olímpicos contra los Titanes. Lucharon por la belleza. Eran tres: Giges, Coto y Briareo. Sebastián luego le hizo un poema.
Pero además de su nombre oficial Briareo tenía su otro nombre, el cariñoso, lo llamábamos “El Chori”.
El Chori fue un buen perro, compañero. Cada vez que salíamos a caminar se quedaba con nosotros, nos cuidaba. Era mediano y ladraba como un perro grande. Obedecía, no se dejaba mimar demasiado, era muy inquieto.
Vivió con nosotros quince años, y la vejez lo alcanzó.
Un sábado cayó al suelo y no se pudo levantar más, la cadera ya no le respondía, tampoco la mente. Parecía un zombie. Dejó de comer y beber.
Al no recuperarse y ver que sufría llamé a la veterinaria. El Chori murió un día antes del cumpleaños de mi hija. No quise que las fechas coincidieran.
Llamé a la veterinaria con el pedido de que le practicara la eutanasia. Ella lo había estado tratando y coincidió con el pedido. Era lo más adecuado.
Lo hicimos en casa, y tuve a mi perro conmigo. Le hablé, lo acaricié, vi cómo pasó de respirar agitadamente a dejar de respirar. Lloré con él, lloré por él, lloré por mí.
Quince años de su vida fueron también quince años de mi vida.
No deseo tener más perros. Ya tuve los míos. Miro el fondo del patio y lo busco. Sé que no está, pero no dejo de buscarlo. Lo escucho ladrar.
La muerte de El Chori es otra muerte más que se inscribe entre aquellas que llevo conmigo. Es pérdida, es recuerdo, es vida.
Espero que haya un cielo de perros y que mi perro esté allí, luchando por la belleza.