De la tragedia a la comedia

Fin de año

Llega fin de año y estoy conmovida.
Hace un tiempo soñé con un maremoto que arrasaba toda tierra firme. Escribí sobre ello, lo titulé “La Ola.”
Al decir “arrasaba”, no había metáfora, era literal. Yo estaba apoyada sobre un piso de piedra, duro, fuerte. Y frente al agua, no hubo nada que hacer. La piedra fue arrasada. En el sueño veía cómo se hundía la piedra y cómo, junto con ella, yo también me hundía. Incluso llegué a ver los rayos del sol a través del agua, como quien se deja llevar a las profundidades, tranquilo, y mira hacia arriba cómo se aleja la superficie y el aire. Era la calma en medio de la desesperación.
En el sueño también aparecía mi psicoanalista, quien hacía un gesto sencillo y muy claro. Después de haber sobrevivido al maremoto, él aparecía donde estábamos los refugiados. Se acercaba, me tomaba las dos manos y las sostenía con firmeza, luego las dejaba y se iba.
No decía nada, no hacía falta. Yo ya había entendido, era como si me dijera: “todo va a estar bien, podés seguir sola.”
En mi psicoanálisis, el padre era una frase sostenida con fuerza delirante: “soy huérfana.” Una huérfana que sostiene que no hay Otro para sostener, sin embargo, que sí Hay.
Por ello, años y años pasaron hasta descubrir que no soy efectivamente huérfana (aunque la vida indica que sí, porque de hecho mis padres han muerto) y que hay un padre posible por ahí.
Ese sueño, llevado a la sesión, desembocó en la pregunta que insiste siempre: “¿por qué estoy viva?” Mi psicoanalista señaló: “hubo alguien que deseó que nacieras.” Pero ese deseo de nacimiento de un cuerpo no se relaciona necesariamente con mi existencia. Hubo alguien que deseó que naciera un cuerpito, un bebé, pero nada –absolutamente nada–, garantiza que entre ese cuerpo y lo que soy haya conexión. Como sujeto he nacido de otra forma, y ahí hay vacío, no hay Otro.
El psicoanalista siempre se desdibuja, es una figura extraña. No sé quién es. Me refiero a que conozco al hombre, lo veo, hablo con él desde hace diez años, sin embargo no tengo la menor idea de quién es. Veo que se mueve en su vida y le pasan cosas, por ejemplo en estos diez años, ha seguido cierto camino de su propio deseo que no va de la mano del psicoanálisis. Él escribe, y publica, y lo hace cada vez más seguido, y se lo ve contento con eso. Incluso yo imagino que dentro de poco dejará de escuchar para dedicarse enteramente a escribir.
En otro momento hubiera sentido eso como una afrenta, como un abandono. Me sonrío al pensar en ello. Si el otro sigue su camino no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro, con su vida, con su deseo.
Supongo que he llegado a ese punto en el que puedo seguir flotando sin ahogarme.
El psicoanalista se desdibuja, sin embargo lo llevo siempre conmigo.
Será cuestión sólo de continuar.

La ola. Hokusai