Escritura

Bioy Casares

El otro día pasamos por una calle llamada Borges. Y no recuerdo bien qué dije, pero hablé con un tono despectivo sobre Bioy Casares…

Entonces, mi acompañante me preguntó: “¿por qué no te gusta?” Él entendió que no se trataba de una cuestión literaria sino de otra cosa

Respondí: esto no se trata de su escritura, que en última instancia sólo hace que deje el libro sobre una mesa y yo me vaya a otra parte… Es algo más corporal, es un rechazo que no siento con otros.

Porque Bioy era un dandy de esos que ya no existen, un mujeriego, un heredero, y muchas otras cosas más que no me gustan…  Pero no, nada de eso me molesta… Es otra cosa, es algo que hizo que considero que es lo peor de lo peor: publicó las intimidades de su amigo una vez que éste se murió. Y eso es para mí la absoluta cobardía, la máxima. Tan cobarde que lo único que pudo hacer para rebajar en algo al otro (que era mejor que él en lo único que a él verdaderamente le importaba, la escritura) fue publicar sus miserias y estupideces y fallas de hombre cuando el otro se murió…

Es por eso por lo que para mí Bioy Casares es el peor. Es el cobarde máximo, es el que no soportó que el otro, aún después de muerto, siguió siendo mejor que él. Entonces quiso matarlo de nuevo y, en una jugada extraordinaria del destino, lo obligó a quedarse otra vez en el lugar que le corresponde: el que está a la sombra, siempre. El que escribió Dormir al sol va a quedar siempre a la sombra.

Es bastante paradójico, imagino que a Borges le hubiera gustado, porque al fin y al cabo esto no es más que el argumento perfecto de un cuento de esos que él escribía, quizá el “Tema del traidor y del héroe”.

Borges y Bioy

La rata

Pasé por la calle de siempre, caminando con calma, luego de haber dejado a mi hija en la escuela. Desde una esquina pude ver cómo tres hombres golpeaban con fuerza sus pies en el suelo. Supuse que estaban matando a un animal, y que podría ser una cucaracha, aunque tuve dudas de que fuera así.

Al acercarme vi cómo dos de los hombres se alejaban y el tercero, en cambio, se quedaba en el lugar, con su pie sobre el cuerpo de una rata.
No me generó asco ni aprehensión. La rata no era una rata sino un ser vivo que agonizaba. Lo vi de repente.
La miré a los ojos, algo me obligaba a hacerlo, una especie de “no debería mirar pero tengo que hacerlo”, y lo que vi fue el rostro del animal con sus ojos entrecerrados, desangrándose, desfalleciendo, quedándose lentamente sin la vida que se le escapaba… Quedé conmocionada.
La rata tenía en sí la belleza ominosa de la muerte, porque ese momento la vida se le estaba yendo del cuerpo.
De cierta manera me gustan las ratas, y lamenté mucho el destino que le tocó a esta, en ese momento y en ese lugar.
Quedé conmovida, porque la muerte de la rata expuso algo que siempre está allí, pero nos empecinamos en negar: que la vida es impiadosa en una forma neutra que la hace más impiadosa todavía, no es ni justa ni injusta, escapa a todo criterio humano, que es criterio de goce.

La vida quema, la vida es real.

La danza de las ratas

Ferdinand van Kessel (1648-1696), ‘Der Tanz der Ratten’ (La danza de las ratas), 1690

Dopelgänger

Dos sueños

Me encuentro en un lugar en el que hay una persona que tiene la habilidad de cambiar su apariencia física con sólo tocar la piel de otro. Toma la forma del tocado. Es un hombre de pelo castaño largo, flaco, piel blanca.
Se presenta ante mí y hablamos. No sé si esa es su forma original, no importa.
Almorzamos en un salón comedor con otras personas, en mesas largas con bancos, nos sentamos uno junto al otro.
Al final del almuerzo me dice que está muy agotado, y que debe descansar. Entonces, súbitamente, se quita la remera y  toca uno de mis brazos. Su cuerpo comienza, gradualmente, a transformarse en el mío. Le pido que por lo menos se cubra, pues me veo a mí misma desnuda y pienso que otros podrán verme desnuda en el salón.
Lo que veo no me desagrada, eso me sorprende. Veo mi propio cuerpo desde afuera. Nunca me ha gustado mi cuerpo, siempre me ha parecido un poco deforme…
Finalizada la transformación, se pone en posición fetal, se acurruca y duerme.
Decido dejarlo dormir y trato de regresar a mi casa, pero no encuentro el teléfono.


Regreso al barrio en el que pasé mi adolescencia. Todo ha cambiado, las calles y las casas.
Estoy en un auto con chofer. Al doblar la esquina puedo ver la casa de una de mis tías, en el patio hay filas de sillas colocadas para recibir gente en una fiesta.
Me angustio porque no me han invitado. Pienso luego, que no me han invitado porque nunca voy, nunca me acerco. Le pido entonces al chofer que nos vayamos y él hace un giro con el automóvil. Una de mis primas me ve y se acerca.
Mi prima y yo tenemos el mismo nombre, sobrenombre y profesión. (En la vida real y en el sueño.)
Me dice que me quede, le respondo que no me han invitado. Lloro y continúo angustiada.
Ella vuelve a decir que me quede. Respondo que no, que me voy.
Agrega: “No sé cómo podés vivir la vida así”, a lo cual respondo: “Siempre he vivido así.”
En el medio de la angustia, en la conversación con mi prima, se escucha una voz, clara, externa, sola, que dice: ¿qué se satisface con tanto sufrimiento? Dejo de llorar.
Despierto.

Dante_Gabriel_Rossetti_-_How_They_Met_Themselves_(1860-64_circa)

Rossetti – How they met themselves, 1864.

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

Fin de año

Llega fin de año y estoy conmovida.
Hace un tiempo soñé con un maremoto que arrasaba toda tierra firme. Escribí sobre ello, lo titulé “La Ola.”
Al decir arrasaba, no había metáfora, era literal. Yo estaba apoyada sobre un piso de piedra, duro, fuerte. Y frente al agua, no hubo nada que hacer. La piedra fue arrasada. En el sueño veía cómo se hundía la piedra y cómo, junto con ella, yo también me hundía. Incluso llegué a ver los rayos del sol a través del agua, como quien se deja llevar a las profundidades, tranquilo, y mira hacia arriba cómo se aleja la superficie y el aire. Era la calma en medio de la desesperación.
En el sueño también aparecía mi psicoanalista, quien hacía un gesto sencillo y muy claro. Después de haber sobrevivido al maremoto, él aparecía donde estábamos los refugiados. Se acercaba, me tomaba las dos manos y las sostenía con firmeza, luego las dejaba y se iba.
No decía nada, no hacía falta. Yo ya había entendido, era como si me dijera: “todo va a estar bien, podés seguir sola.”

El psicoanalista siempre se desdibuja, es una figura extraña. No sé quién es. Me refiero a que conozco al hombre, lo veo, hablo con él desde hace diez años, sin embargo no tengo la menor idea de quién es. Veo que se mueve en su vida y le pasan cosas, por ejemplo en estos diez años, ha seguido cierto camino. Él escribe, y publica, y lo hace cada vez más seguido, y se lo ve contento con eso. Incluso imagino que dentro de poco dejará de escuchar para dedicarse enteramente a escribir.
En otro momento hubiera sentido eso como una afrenta, como un abandono. Me sonrío al pensar en ello. Si el otro sigue su camino no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro, con su vida, con su deseo.
Supongo que he llegado a ese punto en el que puedo seguir flotando sin ahogarme.
El psicoanalista se desdibuja, sin embargo lo llevo siempre conmigo.

La ola. Hokusai