Escritura

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

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Fin de año

Llega fin de año y estoy conmovida.
Hace un tiempo soñé con un maremoto que arrasaba toda tierra firme. Escribí sobre ello, lo titulé “La Ola.”
Al decir “arrasaba”, no había metáfora, era literal. Yo estaba apoyada sobre un piso de piedra, duro, fuerte. Y frente al agua, no hubo nada que hacer. La piedra fue arrasada. En el sueño veía cómo se hundía la piedra y cómo, junto con ella, yo también me hundía. Incluso llegué a ver los rayos del sol a través del agua, como quien se deja llevar a las profundidades, tranquilo, y mira hacia arriba cómo se aleja la superficie y el aire. Era la calma en medio de la desesperación.
En el sueño también aparecía mi psicoanalista, quien hacía un gesto sencillo y muy claro. Después de haber sobrevivido al maremoto, él aparecía donde estábamos los refugiados. Se acercaba, me tomaba las dos manos y las sostenía con firmeza, luego las dejaba y se iba.
No decía nada, no hacía falta. Yo ya había entendido, era como si me dijera: “todo va a estar bien, podés seguir sola.”
En mi psicoanálisis, el padre era una frase sostenida con fuerza delirante: “soy huérfana.” Una huérfana que sostiene que no hay Otro para sostener, sin embargo, que sí Hay.
Por ello, años y años pasaron hasta descubrir que no soy efectivamente huérfana (aunque la vida indica que sí, porque de hecho mis padres han muerto) y que hay un padre posible por ahí.
Ese sueño, llevado a la sesión, desembocó en la pregunta que insiste siempre: “¿por qué estoy viva?” Mi psicoanalista señaló: “hubo alguien que deseó que nacieras.” Pero ese deseo de nacimiento de un cuerpo no se relaciona necesariamente con mi existencia. Hubo alguien que deseó que naciera un cuerpito, un bebé, pero nada –absolutamente nada–, garantiza que entre ese cuerpo y lo que soy haya conexión. Como sujeto he nacido de otra forma, y ahí hay vacío, no hay Otro.
El psicoanalista siempre se desdibuja, es una figura extraña. No sé quién es. Me refiero a que conozco al hombre, lo veo, hablo con él desde hace diez años, sin embargo no tengo la menor idea de quién es. Veo que se mueve en su vida y le pasan cosas, por ejemplo en estos diez años, ha seguido cierto camino de su propio deseo que no va de la mano del psicoanálisis. Él escribe, y publica, y lo hace cada vez más seguido, y se lo ve contento con eso. Incluso yo imagino que dentro de poco dejará de escuchar para dedicarse enteramente a escribir.
En otro momento hubiera sentido eso como una afrenta, como un abandono. Me sonrío al pensar en ello. Si el otro sigue su camino no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro, con su vida, con su deseo.
Supongo que he llegado a ese punto en el que puedo seguir flotando sin ahogarme.
El psicoanalista se desdibuja, sin embargo lo llevo siempre conmigo.
Será cuestión sólo de continuar.

La ola. Hokusai

La ola

Estaba en el borde, ahí justo en el punto en el que la piedra termina y comienza el agua. Miré a lo lejos y vi una gran ola. Tuve miedo. Era una gran montaña, azul y blanca, fuerte.
Un rugido se oyó primero, luego silencio, por último llegó el agua.
Quedé quieta, en medio de la piedra. Esperé que el agua pasara, que golpeara y me arrastrara, como arrastraba a todo.
Pero pasó algo peor: el agua rompió la piedra, quebró el suelo en dos, y arrastró ese piso en el que mis pies se sostenían.
Supe que no podría hacer nada, más que mirar y tal vez esperar el segundo golpe.
La piedra se movía con la corriente, luego comenzó a hundirse. Fue allí que llegó el segundo golpe: otra ola, tanto o más fuerte que la anterior vino y arrasó con todo.
Me hundí en el agua, miré hacia arriba y vi la luz colándose en medio de la oscuridad. El agua me cubrió toda, nadé, como pude, con miedo, temblando, nadé.
Aparecí de repente en una casa. Había algunos conocidos, también desconocidos. Estaba él, como una figura extraña, incierta. Se acercó, con su estilo claro, y no dijo nada, sólo me tomó las manos, las presionó como sosteniéndolas, luego las dejó amablemente. Ahí supe que todo iba a estar bien.

Femenine wave -Katsushika Hokusai-

Femenine wave -Katsushika Hokusai-

Argos

 

La muerte de una polilla, la muerte de una mosca, la muerte de Argos.
Virginia Woolf y Marguerite Duras escribieron sobre esos insectos, una sobre la polilla y la otra sobre la mosca. Unas líneas sobre la muerte, la infame muerte que siempre acecha.
La muerte de una polilla es una elegía construida con los pocos minutos de vida de un insecto, una polilla. Lo mismo para Duras, la muerte de una mosca como un intento de escribir sobre la muerte de eso que es casi nada, que es molestia, pero que es vida, la mosca en su aleteo, en su zumbido, en su morir.
Argos muere, muere desde siempre, desde su nacimiento, desde sus saltos y ladridos a los gatos, muere.
La muerte acecha siempre. No importa cuánto insista en negarla, en no pensarla. Todo el tiempo la pienso, por la mañana, con el sol, por la noche, en la oscuridad. La muerte y la certeza de saber que he de morir, y que, como se canta en un tango, el mundo seguirá andando.
¿Qué será lo más doloroso de esta muerte anticipada? ¿Perder esto que tanto amo que soy yo misma? La muerte de Argos es un eco de esa muerte que vendrá, es el agujero que señala que en verdad nada cambia para el mundo y el universo, que quien escribe esa muerte soy yo.
Argos envejeció, el pelo, antes negro, está gris, blanco. Los movimientos ágiles de antes son ahora esbozos cargados de dolor. Era una cachorrita, desobediente, terrible, mordedora, como lo son los cachorros.
Argos es fiel, como el perro de Ulises.
En sus últimos momentos, pelea con las moscas. Argos no sabe nada sobre la muerte, ¿sabré algo yo sobre la muerte?
El perro en su vida vive solo, sin otro, sin nada. Su mirada la cargo de dolor, pero no sé si al perro eso le preocupa. La pata le duele, y no la mueve, se echa y listo, al máximo se la lame.
Argos muere y yo escribo. Quizá como Duras, espero que esa muerte no sea una muerte más. Que algo quedara, aunque sea el nombre. Y en esa esperanza vana se resume todo: ojalá algo quedara. Quizá para eso se escribe.

Argos en el sillón

El dragón de Komodo

Negra su piel, áspera, sucia.
Lento o veloz, avanza siempre con certeza.
En su niñez debe huir, porque es carne para otros. Trepa árboles, espera allí.
¿Tiene madre? El dragón de Komodo es renacimiento de sí mismo, es el desafío de la hembra a la naturaleza.
En soledad no necesita macho, se duplica, los crea para sí.
Se reproduce desafiando la ley, y muestra, ante todo, que la vida siempre se abre camino.
Animal casi mítico. Vestigio de dinosaurio confinado en una isla.
Gigante entre los suyos.
Violento, feroz. Un roce de su boca es la muerte. Muerte cruel y lenta, que vacía el tiempo.
El dragón de Komodo es un monumento al tiempo, a la muerte, a lo efímero de la vida.
Y en su andar encuentro la belleza que sólo la muerte nos permite disfrutar.

Flickr - bslmmrs - Komodo dragon

Sueño de una hija que se ahoga

Estoy en una casa, no sé si es la mía. Las paredes son blancas, muy luminosas.
Mi hija me acompaña, y está nadando en una habitación contigua que tiene una pileta. Es como un pozo lleno de agua, que ocupa casi todo el espacio del suelo. Están las paredes blancas, y el agujero lleno de agua.
La miro, veo cómo nada, hasta que ya no puede sostenerse y comienza a hundirse. Veo su desesperación, y comienza la mía.
Le digo a un hombre (que nunca vi antes) que tengo al lado: -¡Hacé algo! ¿¡No ves que se está ahogando!?-
El hombre queda paralizado, inmóvil.
Rápidamente me saco la ropa y, desnuda, me tiro al agua.
Me sumerjo y me falta el aire. Veo a mi hija bajo el agua, casi llego a ella, pero no aguanto y vuelvo a la superficie por más aire. Nuevamente me hundo para buscarla, la agarro con fuerza, y subimos.
Ella está inconciente. La toco, trato de reanimarla, entonces la escucho respirar y me quedo tranquila.
El hombre observa todo, estupefacto. Le digo que llame a emergencias.
Llega el personal de emergencias, la revisan, la estiran como si fuera de goma, le hacen cosas extrañas que parecen no provocarle ni dolor ni molestias. Me inquieta ver eso; recuerdo de pronto que estoy desnuda y trato de cubrirme.
Mi hija pasa, de ser una niña de seis años, a ser un bebé cuando me la entregan en brazos.
Una de las mujeres de emergencias se da la vuelta, me mira, y me pregunta un poco sorprendida: -¿Ése es el padre?-
Miro hacia atrás, para ver a quién señala, y veo a mi padre; viejo y decrépito, tal como estuvo en sus últimos momentos de vida.
Desconcertada respondo: -Mi hija tiene dos padres.-
Y en ese preciso instante, al pronunciar esa frase aparece el rechazo por ese padre viejo.
Miro de nuevo a la mujer de emergencias y le digo: -Todo ha cambiado para mí.-
Y despierto.

Sadko

Ilya Repin, Sadko en el Reino Subacuático.

El sapo

Mi infancia está conformada por recuerdos extraños, algunos se han borrado y otros son como retazos que uno para armar un tejido. A veces por alguna intervención de familiares, se unen dos trozos disímiles, otras veces sólo hay imágenes y olores que no pueden inscribirse en ninguna parte.
Vivía en una casa muy grande, en medio de un campo. Los grandes espacios permitían que el control de los adultos sobre los niños fuera muy laxo, y por ello tenía acceso irrestricto a las bondades y peligros que la naturaleza suele ofrecer. Las tardes la pasaba sola, en medio de pastizales entre víboras, conejos y perdices.
Me trepaba a los árboles para comer sus frutos. Veía insectos llamativos y peligrosos, y desde mi mirada infantil todo era parte de un encuentro pacífico con eso que vive y muere en calma.
Tuve varias mascotas, la más extraña tal vez fue un sapo al que puse por nombre Horacio.
En el recuerdo sólo aparece ese bicho saltando dentro de la casa. Los relatos familiares agregan detalles y exageraciones. (Un recuerdo infantil sin exageración, y desvíos, carece de gracia.) La familia contaba que a la hora de tomar la merienda nos sentábamos junto con mi hermano frente a un televisor para ver un programa y que, a esa misma hora, se acercaban tanto el perro, como el gato y el sapo para acompañarnos. No lo recuerdo. Igual no importa.
El sapo era un sapo gigante, feo, verde oscuro, tosco. Un animal que rompía toda armonía. Era lo salvaje dentro de la civilización. Algo muy mío hay en él.

Brooklyn Museum – The Princess and the Frog – Mary Shepard Greene Bluemenschein – overall