Amistad

Bioy Casares

El otro día pasamos por una calle llamada Borges. Y no recuerdo bien qué dije, pero hablé con un tono despectivo sobre Bioy Casares…

Entonces, mi acompañante me preguntó: “¿por qué no te gusta?” Él entendió que no se trataba de una cuestión literaria sino de otra cosa

Respondí: esto no se trata de su escritura, que en última instancia sólo hace que deje el libro sobre una mesa y yo me vaya a otra parte… Es algo más corporal, es un rechazo que no siento con otros.

Porque Bioy era un dandy de esos que ya no existen, un mujeriego, un heredero, y muchas otras cosas más que no me gustan…  Pero no, nada de eso me molesta… Es otra cosa, es algo que hizo que considero que es lo peor de lo peor: publicó las intimidades de su amigo una vez que éste se murió. Y eso es para mí la absoluta cobardía, la máxima. Tan cobarde que lo único que pudo hacer para rebajar en algo al otro (que era mejor que él en lo único que a él verdaderamente le importaba, la escritura) fue publicar sus miserias y estupideces y fallas de hombre cuando el otro se murió…

Es por eso por lo que para mí Bioy Casares es el peor. Es el cobarde máximo, es el que no soportó que el otro, aún después de muerto, siguió siendo mejor que él. Entonces quiso matarlo de nuevo y, en una jugada extraordinaria del destino, lo obligó a quedarse otra vez en el lugar que le corresponde: el que está a la sombra, siempre. El que escribió Dormir al sol va a quedar siempre a la sombra.

Es bastante paradójico, imagino que a Borges le hubiera gustado, porque al fin y al cabo esto no es más que el argumento perfecto de un cuento de esos que él escribía, quizá el “Tema del traidor y del héroe”.

Borges y Bioy

Las moras

Ese día el calor fue amable. Se acercaba el verano y a la salida de la escuela decidimos ir a ver las moreras.
Habíamos visto que al costado del camino Centenario había varias plantas y decidimos inspeccionarlas. Crecían solas, entre el camino y las vías del tren. Había árboles grandes y otros muchos más jóvenes.
Caminamos un poco y nos trepamos a uno de esos árboles. Estaba detrás del refugio de la parada de colectivos de calle Lacroze. Nos acomodamos, cada una en un buen lugar y comenzamos a comer. Las moras eran gigantes.

Como salíamos al mediodía de la escuela, el momento era oportuno. Teníamos hambre y las moras estaban ahí esperándonos.
Comimos, nos miramos, y nos reímos. Los autos pasaban, también el tren, saludando con la bocina.

Cuando terminamos de comer me lanzó moras en la cara, después se tomó el trabajo de enchastrarlas por todo mi pelo. Así comenzó una lucha ridícula. Terminamos las dos con los guardapolvos teñidos de color violeta, y un olor dulce y pegajoso en la piel.

Retomamos el camino a casa, siempre riéndonos.

Hoy los árboles no están, pero esas moras quedan; en ellas el tiempo se detuvo.

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Blackberries, por Passmore, Deborah Griscom, 1840-1911