Amor

Dos recuerdos de la niñez

Llego a mi casa de la clase de órgano, tengo las partituras para practicar. Mi madre toma la partitura de “Moritat”, lee las notas y canta.

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Veo planos sobre el escritorio de mi padre, medidas, números, dibujos… No entiendo cómo eso ahí escrito luego va al mundo, cómo encaja en el mundo… con el mundo.

Esos dos recuerdos son similares, algo escrito toca el mundo: ¿cómo es posible?
Recordar que la canción era Moritat añade sorpresa: lo que no tiene sentido es la muerte.

Si me preguntaran por qué el psicoanálisis tan sólo respondería: porque por medio de lo simbólico se puede tocar lo real.

 

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El pavo real

09c7850a4ab1a06be99063949f467011En la feria del barrio, la que está los sábados por la mañana, hay un puesto de verduras. Allí atiende una señora, de la cual no puedo precisar la edad.

Su rostro está marcado por el tiempo. El cabello, recogido con un rodete, tiene líneas plateadas que se pierden.
Es bajita, ágil, amable. Tiene en sus orejas unos pendientes dorados con forma de pavo real, con piedritas rojas que brillan en cada una de las plumas de la cola.

Esos pendientes me recuerdan un pasado cargado de amor y cariño, de cobijo y abrazos. Esos pendientes me recuerdan a muchas mujeres que ya no están, y que me cuidaron a lo largo de la vida, y a las que tomé por madres mías.
Esos pendientes se han convertido para mí en señal de amor: la chica que me cuidaba  y vivía con nosotros, la señora que cruzaba el puente todos los días bien temprano para despertarme con un beso antes de hacer las tareas de la casa, la vendedora de chipa que yo saludaba cuando iba a la escuela. La maestra que me regalaba libros y me abrazaba todo el tiempo. La abuela de una amiga, a la que visitábamos y nos daba consejos cargados de paciencia.

Mujeres que estuvieron para mí y que me adoptaron y yo adopté, y que me quisieron y yo quise. Todo eso encierra el pavo real.

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Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.
Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.
De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.
Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.
Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.
Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.
Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.
Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Judith and Holopherne. Gustav Klimt. 1901

Argos

 

La muerte de una polilla, la muerte de una mosca, la muerte de Argos.
Virginia Woolf y Marguerite Duras escribieron sobre esos insectos, una sobre la polilla y la otra sobre la mosca. Unas líneas sobre la muerte, la infame muerte que siempre acecha.
La muerte de una polilla es una elegía construida con los pocos minutos de vida de un insecto, una polilla. Lo mismo para Duras, la muerte de una mosca como un intento de escribir sobre la muerte de eso que es casi nada, que es molestia, pero que es vida, la mosca en su aleteo, en su zumbido, en su morir.
Argos muere, muere desde siempre, desde su nacimiento, desde sus saltos y ladridos a los gatos, muere.
La muerte acecha siempre. No importa cuánto insista en negarla, en no pensarla. Todo el tiempo la pienso, por la mañana, con el sol, por la noche, en la oscuridad. La muerte y la certeza de saber que he de morir, y que, como se canta en un tango, el mundo seguirá andando.
¿Qué será lo más doloroso de esta muerte anticipada? ¿Perder esto que tanto amo que soy yo misma? La muerte de Argos es un eco de esa muerte que vendrá, es el agujero que señala que en verdad nada cambia para el mundo y el universo, que quien escribe esa muerte soy yo.
Argos envejeció, el pelo, antes negro, está gris, blanco. Los movimientos ágiles de antes son ahora esbozos cargados de dolor. Era una cachorrita, desobediente, terrible, mordedora, como lo son los cachorros.
Argos es fiel, como el perro de Ulises.
En sus últimos momentos, pelea con las moscas. Argos no sabe nada sobre la muerte, ¿sabré algo yo sobre la muerte?
El perro en su vida vive solo, sin otro, sin nada. Su mirada la cargo de dolor, pero no sé si al perro eso le preocupa. La pata le duele, y no la mueve, se echa y listo, al máximo se la lame.
Argos muere y yo escribo. Quizá como Duras, espero que esa muerte no sea una muerte más. Que algo quedara, aunque sea el nombre. Y en esa esperanza vana se resume todo: ojalá algo quedara. Quizá para eso se escribe.

Argos en el sillón

No-toda madre

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa. Toda sagrada, toda sacrificio y no sé cuántas cosas más.
Me pregunto cuántos piensan en el desafío que implica para una mujer sumergirse en el ámbito de la maternidad.

Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas… Cuántas mentiras, mitos, y fabulaciones alrededor.

Las madres son como cocodrilos, como tiburones con la boca abierta y hambre perpetua. Si la propia mujer que hay en ella no pone freno a la madre, ¿quién lo hará?

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa…
Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas…

Leí un artículo en un periódico que me sorprendió. Me sorprendió porque no cayó en la tontería. Habla sobre el caso de una mujer en Brasil que dejó a su bebé en una bolsa en la puerta de un lugar importante, a la espera de que alguien se lo llevara, tal vez con la esperanza de una mejor vida. No lo sé.
La autora del artículo habla sobre la maternidad, sobre ese halo rosa que todos le ponen encima para no ver lo que la maternidad implica. Y pone el acento en algo que creo es importantísimo: parir un niño no es garantía de que allí haya una madre. Hay madre y hay mujer, y para el bien de todos siempre conviene que sea no-toda.

La madre no es natural, la madre también nace, a veces mucho después de que nació el niño:

La “sinvergüenza” que abandonó a su bebé

Haynes-Williams Motherhood

La pregunta del ingeniero

Padre e hija estaban en el patio. Habían pasado la tarde juntos hablando sobre el futuro, los estudios, los sueños y las posibilidades.
La hija quería estudiar medicina, soñaba con hacer un doctorado y le hablaba a su padre de eso. Aún no había terminado sus estudios secundarios, sin embargo soñaba con un futuro en otro país, soñaba con una mudanza. “¿Por qué no?”, se decía.
El padre escuchaba en silencio. Amaba mucho a su hija pero no se lo decía. Él se había criado de una forma muy dura, muy rígida, no había recibido ni abrazos ni caricias. Vivió en una familia en la que los hijos eran considerados mano de obra, tenían que cumplir con sus deberes sin cuestionarlos.
Hablaron toda la tarde, hasta que el padre no pudo más y preguntó con timidez:
–¿Y no te gustaría estudiar ingeniería?
La hija sonrió. Trató de ensayar una respuesta, como disculpándose, tratando de explicar por qué no le gustaba la ingeniería y por qué sí le gustaba la medicina (aunque en realidad no sabía lo que le gustaba.)
El padre sonrió conforme, ella se acercó y lo abrazó. Él, que no estaba acostumbrado y nunca se iba a acostumbrar a los abrazos, se quedó tieso.
Luego, guardaron las sillas y entraron a la casa.

Años más tarde esa hija entendió la pregunta del ingeniero.

Monsieur with his favourite daughter Marie Louise, Versailles, Pierre Mignard

La noche de San Juan

El día caluroso había terminado y abrió paso a la tan esperada noche.
Hacía semanas que Morena y yo esperábamos la noche de San Juan.
En el barrio la gente se reunía en las esquinas y las puertas de las casas quedaban abiertas, el festejo entre amigos y conocidos se expandía a transeúntes inadvertidos y vendedores de paso.
Me preparé y salí de casa con mi ropa más linda, esa noche iba a saber por fin quién sería el amor de mi vida. Le preguntaría a las velas, al agua, a San Juan.
De la esquina de casa pasé corriendo a la casa de Morena, que estaba a pocos metros. Ella también se había preparado, hablamos, nos reímos. Estábamos muy exaltadas. Era la primera vez que reconocíamos, una frente a la otra, que el amor nos preocupaba, que queríamos saber quién nos amaría.
En la esquina comenzaron a quemar leña, y las rondas de gentes comenzaban a formarse. Algunos preparaban brasas para caminar sobre ellas, otros armaban el Toro Candil.
En la casa de Morena no quedó nadie, sus padres salieron a saludar a los vecinos y su hermano menor se fue con ellos. Así que ese era nuestro momento. Solas, en la casa, tendríamos la privacidad que queríamos.
Preparé un fuentón de agua, mientras Morena fue a buscar las velas. Lo colocamos todo en la cocina. Apagamos las luces y fuimos de a una. Esperamos a oír las doce en el reloj y comenzamos.
Primero fue Morena, sostuvo la vela encendida sobre el agua y dejó caer las gotas de cera que comenzaron a tomar forma y a girar. Al principio no entendimos bien qué se formaba, pero después las gotas de cera formaron una M gigante. La emoción nos invadió, ¿será la M de Mariano, el de la casa de material? A Morena le gustaba, y la idea de que San Juan le dijera eso le gustaba más.
Luego fui yo y sostuve la vela sobre el agua, pero las gotas caían y se hundían. No había caso, no flotaban, se hundían todas. Probamos cambiando el agua, pero las gotas hicieron lo mismo y se resistieron. No formaban letras. Se estancaban, y después se hundían. Mi decepción era enorme. Por lo visto no me iba a ir bien en el amor. Morena me dijo que no hiciera caso, que era una pavada, pero a ella le brillaban los ojos pensando en esa letra M.
Pensé, luego, hacer la otra prueba, la del espejo. Morena me dijo que no la hiciera, que le daba miedo. Insistí. Con la sola luz de las velas iluminé el espejo del pasillo y miré mi imagen un rato. No pasó nada. San Juan no estaba interesado en anunciarme nada con respecto al amor.
Mi decepción volvió a ser enorme. Ordenamos todos los utensilios, yo sin demasiadas ganas y Morena con entusiasmo, y salimos de la casa. En la puerta me encontré con uno de mis amigos, que me andaba buscando, me dio un abrazo y fuimos a ver el Toro Candil. Morena fue corriendo a buscar a Mariano.
San Juan no me dijo nada, tal vez porque hay cosas que no se pueden saber.

Godfried Schalcken – Young Girl with a Candle –