Amor

El aullido

La otra noche, o la otra mañana, no importa… Soñé. En medio de este no-tiempo que hay en casa, soñé.
Y soñé con algo que hizo que me despertara contenta:
Viajábamos, en auto, en barco, en submarino, en tren.
Con el tren pasamos por una estación con carteles de madera, con el nombre de la estación pintado en negro sobre un fondo blanco. Sin detenernos miré y vi un perro. Quise hablarle y le aullé, y el perro amable y hermoso también me aulló.
Eso es la felicidad. Sólo eso.

Hachiko

El tipo del bigote

Hay un recuerdo de mi niñez que puedo reactivar hasta el hartazgo y no pierde efecto: cada vez que pienso en eso, soy feliz.
Está atado a un momento en la casa quinta en la que me crié.
A la hora de la siesta estaba en un salón y allí había un pequeño televisor. No sé si era a color, creo que no, pero no importa.
El televisor estaba encendido y por la programación, o no sé por qué, comenzó un video de música: aparecía un hombre con minifalda, ropa ajustada, bigote muy frondoso. Supongo que la incongruencia del bigote con el resto de la ropa era lo que más me gustaba. Luego vi que todos los otros hombres de la banda de música también estaban disfrazados.
Quedé fascinada. Ver ese video era descubrir que podía seguir jugando por siempre; era descubrir que, a pesar de crecer, uno podía divertirse.

Así que, como la tecnología ayuda y tengo a mi disposición ese video, siempre tengo esa felicidad: se puede jugar.
Y como la felicidad se comparte…

 P/D: A todos aquellos que estén en sus casas, por las restricciones debido a la pandemia de COVID-19, no desesperen. Estamos todos en la misma situación.
Ojalá esto les brinde un poco de alegría.

 


Hacerse cargo de la muerte

Ayer vi una película que me encanta, es de Denis Villeneuve, se llama Arrival (La llegada). La vi más de una vez.
Es la historia del encuentro con extraterrestres y los intentos por hablar con ellos. La lingüista que lo logra, cambia, vive el tiempo de otra manera; y descubre algo hermoso y terrible sobre su propio futuro y el de su familia, y se hace cargo de ello, elige hacerse cargo de la vida y de la muerte. No retrocede.

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Y eso me gusta, hacerse cargo de la vida es hacerse cargo de la muerte.
La vida es vida siempre y no lleva la cuenta, no hace balance, esa rendición final que supone y espera un saldo a favor. La vida es más compleja que eso, que columnas de entradas y salidas… A veces las pérdidas son imprescindibles, a veces las ganancias tienen costos muy altos…

En fin, cambia el año, y lo que le deseo para mí y para otros es una vida implacable.
Que tengan un excelente 2020.

Briareo

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Hace una semana murió mi perro Briareo. Era un mestizo marrón y negro, callejero de nacimiento, al que adoptamos de casualidad.
Una noche de verano fuimos caminando hasta la casa de una compañera de facultad para llevarle una carpeta. Quedaban los últimos finales de la carrera, y con Sebastián disfrutamos siempre de las caminatas. Claro, además, en aquel tiempo siendo estudiantes no disponíamos de mucho dinero para gastar. Por ello, en una combinación amable de ahorro y paseo íbamos caminando a todas partes en la ciudad.
La cuestión es que vivíamos desde ese entonces en El Mondongo, y nuestra compañera vivía por la zona de la Terminal.
Llevamos la carpeta y a la vuelta pasamos por la estación de trenes. Fue allí donde lo vimos. Un cachorro flaco hurgando las bolsas de basura que, al vernos, movió la cola con tanta fuerza que parecía que bailaba. Nos encantó. Nos seguía a cierta distancia, se acercaba con desconfianza y luego se alejaba. No sabíamos si llevarlo con nosotros o no, porque la verdad era que no teníamos plata y un perro era un gran presupuesto.
Hicimos un trato mentiroso entre nosotros: si el perro nos seguía, era nuestro. Por ello, con cada paso que dimos desde la estación hasta nuestra casa miramos dos veces hacia atrás, llamando al cachorro.
Desde ese día Briareo formó parte de la familia.
Briareo era su nombre oficial, en honor a los Hecatónquiros, aquellos que lucharon con los Olímpicos contra los Titanes. Lucharon por la belleza. Eran tres: Giges, Coto y Briareo. Sebastián luego le hizo un poema.
Pero además de su nombre oficial Briareo tenía su otro nombre, el cariñoso, lo llamábamos “El Chori”.
El Chori fue un buen perro, compañero. Cada vez que salíamos a caminar se quedaba con nosotros, nos cuidaba. Era mediano y ladraba como un perro grande. Obedecía, no se dejaba mimar demasiado, era muy inquieto.
Vivió con nosotros quince años, y la vejez lo alcanzó.
Un sábado cayó al suelo y no se pudo levantar más, la cadera ya no le respondía, tampoco la mente. Parecía un zombie. Dejó de comer y beber.
Al no recuperarse y ver que sufría llamé a la veterinaria. El Chori murió un día antes del cumpleaños de mi hija. No quise que las fechas coincidieran.
Llamé a la veterinaria con el pedido de que le practicara la eutanasia. Ella lo había estado tratando y coincidió con el pedido. Era lo más adecuado.
Lo hicimos en casa, y tuve a mi perro conmigo. Le hablé, lo acaricié, vi cómo pasó de respirar agitadamente a dejar de respirar. Lloré con él, lloré por él, lloré por mí.
Quince años de su vida fueron también quince años de mi vida.
No deseo tener más perros. Ya tuve los míos. Miro el fondo del patio y lo busco. Sé que no está, pero no dejo de buscarlo. Lo escucho ladrar.
La muerte de El Chori es otra muerte más que se inscribe entre aquellas que llevo conmigo. Es pérdida, es recuerdo, es vida.
Espero que haya un cielo de perros y que mi perro esté allí, luchando por la belleza.

La mantis religiosa (el mamboretá)

El sol vibraba en el aire, el calor de la tarde se hacía cada vez más fuerte. A lo  lejos, en todas partes, se escuchaban los pájaros y las chicharras. La siesta, una vez más, me encontraba despierta. Grandes peleas tuve con mis padres por ello, ellos querían dormir, y yo nunca pude hacerlo. ¿Cómo dormir una siesta? En esas horas todo se detenía, no había nadie, y se podía correr y pasear, y descubrir todo sin sentir la mirada reprobatoria de algún adulto.
Esa tarde, llena de calor, quise ir al árbol de guayabas.
El guayabo estaba lejos de la casa, en un lugar rodeada de mangos, que por comparación lo hacían ver más pequeño. Apenas crecido, el tronco ya tenía dos ramas que se separaban en una amplia bifurcación y  que permitían trepar de una manera muy cómoda. No había que hacer mucho esfuerzo y se podía alcanzar algún fruto. Las guayabas no se veían muy lindas, pero eran ricas, eran una sorpresa. A veces tenían pequeños gusanos, pero igual las comía.
Salí de la casa, y al llegar al árbol encontré en el tronco una mantis religiosa, un mamboretá. Al principio me asusté. No la había visto.
El bicho estaba tranquilo, posado, en un estado casi extático. De repente se movió.
Era pequeña, pero era hermosa. Mi miedo me dejó observar a cierta distancia, no sabía por qué pero creía que iba a volar hacia mí.
Era pequeña, pero muy delicada, toda verde, con sus patitas en esa pose característica por la que recibe su nombre, uno ve a la mantis y parece que está rezando.
No supe por qué pero esa mantis me hizo pensar en mi madre, era una combinación extraña de belleza y peligro, de aquello que deseaba y lo que no podía tener.
Esa tarde, no recuerdo si al final pude comer las guayabas, pero sí pude ver a la mantis de otra manera. Todo en esa tarde se había convertido en algo extraño y fascinante.

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Fuente de la imagen: Scientific Illustration