Animales

Briareo

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Hace una semana murió mi perro Briareo. Era un mestizo marrón y negro, callejero de nacimiento, al que adoptamos de casualidad.
Una noche de verano fuimos caminando hasta la casa de una compañera de facultad para llevarle una carpeta. Quedaban los últimos finales de la carrera, y con Sebastián disfrutamos siempre de las caminatas. Claro, además, en aquel tiempo siendo estudiantes no disponíamos de mucho dinero para gastar. Por ello, en una combinación amable de ahorro y paseo íbamos caminando a todas partes en la ciudad.
La cuestión es que vivíamos desde ese entonces en El Mondongo, y nuestra compañera vivía por la zona de la Terminal.
Llevamos la carpeta y a la vuelta pasamos por la estación de trenes. Fue allí donde lo vimos. Un cachorro flaco hurgando las bolsas de basura que, al vernos, movió la cola con tanta fuerza que parecía que bailaba. Nos encantó. Nos seguía a cierta distancia, se acercaba con desconfianza y luego se alejaba. No sabíamos si llevarlo con nosotros o no, porque la verdad era que no teníamos plata y un perro era un gran presupuesto.
Hicimos un trato mentiroso entre nosotros: si el perro nos seguía, era nuestro. Por ello, con cada paso que dimos desde la estación hasta nuestra casa miramos dos veces hacia atrás, llamando al cachorro.
Desde ese día Briareo formó parte de la familia.
Briareo era su nombre oficial, en honor a los Hecatónquiros, aquellos que lucharon con los Olímpicos contra los Titanes. Lucharon por la belleza. Eran tres: Giges, Coto y Briareo. Sebastián luego le hizo un poema.
Pero además de su nombre oficial Briareo tenía su otro nombre, el cariñoso, lo llamábamos “El Chori”.
El Chori fue un buen perro, compañero. Cada vez que salíamos a caminar se quedaba con nosotros, nos cuidaba. Era mediano y ladraba como un perro grande. Obedecía, no se dejaba mimar demasiado, era muy inquieto.
Vivió con nosotros quince años, y la vejez lo alcanzó.
Un sábado cayó al suelo y no se pudo levantar más, la cadera ya no le respondía, tampoco la mente. Parecía un zombie. Dejó de comer y beber.
Al no recuperarse y ver que sufría llamé a la veterinaria. El Chori murió un día antes del cumpleaños de mi hija. No quise que las fechas coincidieran.
Llamé a la veterinaria con el pedido de que le practicara la eutanasia. Ella lo había estado tratando y coincidió con el pedido. Era lo más adecuado.
Lo hicimos en casa, y tuve a mi perro conmigo. Le hablé, lo acaricié, vi cómo pasó de respirar agitadamente a dejar de respirar. Lloré con él, lloré por él, lloré por mí.
Quince años de su vida fueron también quince años de mi vida.
No deseo tener más perros. Ya tuve los míos. Miro el fondo del patio y lo busco. Sé que no está, pero no dejo de buscarlo. Lo escucho ladrar.
La muerte de El Chori es otra muerte más que se inscribe entre aquellas que llevo conmigo. Es pérdida, es recuerdo, es vida.
Espero que haya un cielo de perros y que mi perro esté allí, luchando por la belleza.

La rata

Pasé por la calle de siempre, caminando con calma, luego de haber dejado a mi hija en la escuela. Desde una esquina pude ver cómo tres hombres golpeaban con fuerza sus pies en el suelo. Supuse que estaban matando a un animal, y que podría ser una cucaracha, aunque tuve dudas de que fuera así.

Al acercarme vi cómo dos de los hombres se alejaban y el tercero, en cambio, se quedaba en el lugar, con su pie sobre el cuerpo de una rata.
No me generó asco ni aprehensión. La rata no era una rata sino un ser vivo que agonizaba. Lo vi de repente.
La miré a los ojos, algo me obligaba a hacerlo, una especie de “no debería mirar pero tengo que hacerlo”, y lo que vi fue el rostro del animal con sus ojos entrecerrados, desangrándose, desfalleciendo, quedándose lentamente sin la vida que se le escapaba… Quedé conmocionada.
La rata tenía en sí la belleza ominosa de la muerte, porque ese momento la vida se le estaba yendo del cuerpo.
De cierta manera me gustan las ratas, y lamenté mucho el destino que le tocó a esta, en ese momento y en ese lugar.
Quedé conmovida, porque la muerte de la rata expuso algo que siempre está allí, pero nos empecinamos en negar: que la vida es impiadosa en una forma neutra que la hace más impiadosa todavía, no es ni justa ni injusta, escapa a todo criterio humano, que es criterio de goce.

La vida quema, la vida es real.

La danza de las ratas

Ferdinand van Kessel (1648-1696), ‘Der Tanz der Ratten’ (La danza de las ratas), 1690

La mantis religiosa (el mamboretá)

El sol vibraba en el aire, el calor de la tarde se hacía cada vez más fuerte. A lo  lejos, en todas partes, se escuchaban los pájaros y las chicharras. La siesta, una vez más, me encontraba despierta. Grandes peleas tuve con mis padres por ello, ellos querían dormir, y yo nunca pude hacerlo. ¿Cómo dormir una siesta? En esas horas todo se detenía, no había nadie, y se podía correr y pasear, y descubrir todo sin sentir la mirada reprobatoria de algún adulto.
Esa tarde, llena de calor, quise ir al árbol de guayabas.
El guayabo estaba lejos de la casa, en un lugar rodeada de mangos, que por comparación lo hacían ver más pequeño. Apenas crecido, el tronco ya tenía dos ramas que se separaban en una amplia bifurcación y  que permitían trepar de una manera muy cómoda. No había que hacer mucho esfuerzo y se podía alcanzar algún fruto. Las guayabas no se veían muy lindas, pero eran ricas, eran una sorpresa. A veces tenían pequeños gusanos, pero igual las comía.
Salí de la casa, y al llegar al árbol encontré en el tronco una mantis religiosa, un mamboretá. Al principio me asusté. No la había visto.
El bicho estaba tranquilo, posado, en un estado casi extático. De repente se movió.
Era pequeña, pero era hermosa. Mi miedo me dejó observar a cierta distancia, no sabía por qué pero creía que iba a volar hacia mí.
Era pequeña, pero muy delicada, toda verde, con sus patitas en esa pose característica por la que recibe su nombre, uno ve a la mantis y parece que está rezando.
No supe por qué pero esa mantis me hizo pensar en mi madre, era una combinación extraña de belleza y peligro, de aquello que deseaba y lo que no podía tener.
Esa tarde, no recuerdo si al final pude comer las guayabas, pero sí pude ver a la mantis de otra manera. Todo en esa tarde se había convertido en algo extraño y fascinante.

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Fuente de la imagen: Scientific Illustration

Yurumí

Hacía mucho calor, un poco más que siempre. El aire estaba pesado, húmedo. El dulzor de las flores inundaba el ambiente y ese perfume, que tantas veces disfruté extasiado, ahora se sentía como un vapor sofocante. Las hojas verdes de las plantas, cubiertas por una fina capa de polvo rojo, pedían agua. El sol, alto y azul, sonreía con desprecio.

Íbamos por el caminito de tierra. Nuestro destino era una chacra en medio de la selva. La única forma de llegar era a pie. Un arroyuelo cercano brindaba el agua necesaria para el cultivo. Las cosechas, junto con los animales, cubrían la alimentación de los peones; lo que fuera necesario para el ocio y el placer se traía de afuera.

Íbamos despacio, el camino se hacía largo e interminable, se oían el canto de las chicharras y el de los pájaros. A veces, podíamos ver mariposas amarillas, que en pequeños grupos, revoloteaban. El calor, deidad indescifrable, a veces indulgente, a veces despiadada, cedió un poco en su tozudez y nos acompañó de una manera amigable.

Nos detuvimos un momento por el cansancio y los mosquitos, ávidos de sangre, se acercaron.

Oí algo extraño. El sonido de ramas crujiendo y rompiéndose al paso de un animal. El temor se incrustó en mi cuerpo. Me acomodé como pude y esperé.

Se dice que la espera suele ser peor que el encuentro con lo temido.

Lo vi aparecer como un sueño, como una pesadilla: a paso lento, como si supiera que su aparición era un privilegio para nosotros, vi al animal. Grande, gigantesco, llevando un manto gris y negro, con su trompa extraña y alargada y las zarpas feroces.

Pasaron pocos segundos, salió de la espesura y cruzó el camino sólo para volver a ella.

Ese día, estuve en el paraíso.

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‘Oso hormiguero’ (1776) Francisco de Goya (Atribuido a Anton Raphael Mengs hasta 2011) Foto MNCN-CSIC

Argos

 

La muerte de una polilla, la muerte de una mosca, la muerte de Argos.
Virginia Woolf y Marguerite Duras escribieron sobre esos insectos, una sobre la polilla y la otra sobre la mosca. Unas líneas sobre la muerte, la infame muerte que siempre acecha.
La muerte de una polilla es una elegía construida con los pocos minutos de vida de un insecto, una polilla. Lo mismo para Duras, la muerte de una mosca como un intento de escribir sobre la muerte de eso que es casi nada, que es molestia, pero que es vida, la mosca en su aleteo, en su zumbido, en su morir.
Argos muere, muere desde siempre, desde su nacimiento, desde sus saltos y ladridos a los gatos, muere.
La muerte acecha siempre. No importa cuánto insista en negarla, en no pensarla. Todo el tiempo la pienso, por la mañana, con el sol, por la noche, en la oscuridad. La muerte y la certeza de saber que he de morir, y que, como se canta en un tango, el mundo seguirá andando.
¿Qué será lo más doloroso de esta muerte anticipada? ¿Perder esto que tanto amo que soy yo misma? La muerte de Argos es un eco de esa muerte que vendrá, es el agujero que señala que en verdad nada cambia para el mundo y el universo, que quien escribe esa muerte soy yo.
Argos envejeció, el pelo, antes negro, está gris, blanco. Los movimientos ágiles de antes son ahora esbozos cargados de dolor. Era una cachorrita, desobediente, terrible, mordedora, como lo son los cachorros.
Argos es fiel, como el perro de Ulises.
En sus últimos momentos, pelea con las moscas. Argos no sabe nada sobre la muerte, ¿sabré algo yo sobre la muerte?
El perro en su vida vive solo, sin otro, sin nada. Su mirada la cargo de dolor, pero no sé si al perro eso le preocupa. La pata le duele, y no la mueve, se echa y listo, al máximo se la lame.
Argos muere y yo escribo. Quizá como Duras, espero que esa muerte no sea una muerte más. Que algo quedara, aunque sea el nombre. Y en esa esperanza vana se resume todo: ojalá algo quedara. Quizá para eso se escribe.

Argos en el sillón