Escritura

Zoo

Me gustan los animales. No sé bien por qué.
Supongo que veo en ellos cierta tranquilidad con la vida, cierta relación con lo que los rodea que no los perturba.
El animal se lastima y sigue. Le duele, pero sigue.

¿No saber acerca de la propia muerte es un beneficio? No lo sé, no puedo saberlo. Ya sé sobre mi propia muerte.
Por ello miro a los animales, ellos viven, tranquilos, en armonía. Viven, se reproducen, matan si es necesario, mueren.
La ley de la vida, como si la vida tuviera ley.

Busqué una imagen para acompañar este escrito, encontré una fotografía del último lobo muerto en el área de Adirondack.
He allí la diferencia entre los animales, y el zoo humano.

Last_Adirondack_Wolf_(1893)

Last Adirondack Wolf (1893)

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La pregunta del ingeniero

Padre e hija estaban en el patio. Habían pasado la tarde juntos hablando sobre el futuro, los estudios, los sueños y las posibilidades.
La hija quería estudiar medicina, soñaba con hacer un doctorado y le hablaba a su padre de eso. Aún no había terminado sus estudios secundarios, sin embargo soñaba con un futuro en otro país, soñaba con una mudanza. “¿Por qué no?”, se decía.
El padre escuchaba en silencio. Amaba mucho a su hija pero no se lo decía. Él se había criado de una forma muy dura, muy rígida, no había recibido ni abrazos ni caricias. Vivió en una familia en la que los hijos eran considerados mano de obra, tenían que cumplir con sus deberes sin cuestionarlos.
Hablaron toda la tarde, hasta que el padre no pudo más y preguntó con timidez:
–¿Y no te gustaría estudiar ingeniería?
La hija sonrió. Trató de ensayar una respuesta, como disculpándose, tratando de explicar por qué no le gustaba la ingeniería y por qué sí le gustaba la medicina (aunque en realidad no sabía lo que le gustaba.)
El padre sonrió conforme, ella se acercó y lo abrazó. Él, que no estaba acostumbrado y nunca se iba a acostumbrar a los abrazos, se quedó tieso.
Luego, guardaron las sillas y entraron a la casa.

Años más tarde esa hija entendió la pregunta del ingeniero.

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Monsieur with his favourite daughter Marie Louise. Versailles, Pierre Mignard

La cena

Llega la noche y el sueño se apodera de mí…

Fuimos invitados a una cena en la casa de mi psicoanalista. No sabía si la cena era una sesión de psicoanálisis o no. No sabía si era un sueño.

En la mesa había comidas elaboradas, complejas, muy ricas. Había un plato distinto para cada comensal, un plato único para cada uno.

Yo comía con cuidado, pues todo el tiempo estaba alerta por lo que hacía o dejaba de hacer, y pensaba en lo que el otro podría decir sobre mí. Sentía la mirada del otro sobre mí.

Mi psicoanalista iba y venía: era el anfitrión. De vez en cuando ponía su atención en mí y luego la retiraba rápidamente. Atendía también a los otros invitados.

A veces se acercaban también sus hijos y su esposa, y hablaban con nosotros, los comensales, con total naturalidad… Eso me extrañaba pero no sé por qué: si estábamos en su casa, en una cena…

Cuando estábamos a punto de pasar al postre, mi psicoanalista se acercó, me miró y me preguntó:

–¿Terminaste, o seguís?

Luego me pidió que lo ayudara a barrer las migas, para comer después el postre. Me tocó la cabeza con un gesto casi paternal, como una caricia amable que indica que está todo bien. Recordé, al instante, un consejo de mi madre: “que nadie ponga su mano sobre tu cabeza porque eso es señal de dominio.” Pensé en mi madre, pensé que ese gesto, esa caricia, me gustó. Ya no importó más lo que pensara el otro.

Entendí finalmente que puedo disfrutar. No importa si es una sesión o no, no importa si es un sueño: estamos cenando, la comida es rica, la gente es agradable.

Me levanté de mi silla, tomé la escoba y comencé a barrer.

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John Singer Sargent – Le verre de porto (A Dinner Table at Night) –

 

Ojos para no ver

Leyó hasta altas horas de la noche. Los ojos cansados, vencidos por el sueño, se cerraron.
El libro cayó pesado, y se deslizó desde sus dedos hasta las sábanas como buscando un refugio para descansar.
Hacía poco había descubierto esa extraña capacidad combinatoria que tienen las letras, las palabras, los puntos, el sonido. Sin embargo, descubrió algo más.
No podía dejar de leer.
No era una metáfora. En verdad no podía dejar de leer. Todo lo leía, absolutamente todo. Ya no veía dibujos, figuras, cuadros, colores, todo podía ser leído.
No sabía si había descubierto algo evidente, y extraordinario, o si sencillamente estaba al borde de la locura. No podía dejar de leer.
Los ojos cansados pedían piedad, pero él no podía dejar de leer.
Por ellos, todo el día, y toda la noche leía.
Recordó frases de la biblia, el texto más poético y sagrado: tienen oídos para no escuchar, tienen ojos para no ver.
Él de repente vio demasiado, quiso ser ciego, como los demás. No pudo, no puede, y no podrá.

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Heller Altarpiece. Standing panel, detail: St. Lawrence of Rome, hand with book. 1509. Mathis Gothart Grünewald

La caída del rey

“El cargo, el cargo lo es todo”, afirma su majestad.
Coronado desde su juventud, ha tenido tiempo y preparación para el cargo.
Pero el conocimiento que se acumula no puede contra las contingencias de la vida. El cargo no prepara para lo que uno sentirá al sentarse en el trono, al tomar el cetro, al peso de la corona y a ese gesto que se ha repetido siglo tras siglo, la reverencia de los súbditos.
El rey ha imitado al arte, y ha llegado a la vejez sin sabiduría. El rey Lear, más verdadero y vivo que mi monarca, ha tratado de enseñarle algo. Sin embargo su majestad no ha escuchado, ni aprendido.
“El cargo, el cargo lo es todo”, repite su majestad.
Ahora desde el exilio, sigue sin comprender cómo ha ocurrido lo que ha ocurrido.
“El cargo, el cargo lo es todo”, balbucea en solitario. El rey se ha quedado con el cargo. Y nada más.

Homagial Crown (Corona Homagialis)

El rinoceronte

a S.D.

Sueño. Estoy en una ciudad que no es la ciudad que conozco. Es una ciudad extraña. Estoy con mi esposa y mi hija en una camioneta. Avanzamos por las calles, hasta que de pronto, mi esposa deja la camioneta y desaparece. Nos deja solos a mi hija y a mí.
De repente otra mujer abre la puerta de la camioneta, de improviso. Le grito: ¿¡qué hacés!? La mujer pide disculpas y señala, a lo lejos, una multitud en una de las avenidas. Se aleja corriendo.
Veo que más adelante, en un cruce de avenidas la gente está reunida, pero también hay gritos.
Me acerco con la camioneta y una mujer nos impide el paso. Con la mirada tensa, desencajada, señala la avenida principal. Veo que la multitud se abre, y a través de ella pasa un rinoceronte, a toda velocidad. Un jinete corre detrás, tratando de detenerlo.
El rinoceronte pasa cerca de nosotros, golpeando a la gente, elevándolos por los aires. Hay gritos, corridas, espanto. Yo supongo que para no ser golpeados, debemos pasar desapercibidos, no debemos cruzar nuestra mirada con la del rinoceronte.
El rinoceronte pasa nuevamente cerca, golpea más gente. De repente eleva su mirada, me observa y viene hacia mí.

M0010418 Muscled skeleton, facing front with Rhinoceraus.

Muscled skeleton, facing front with Rhinoceraus. Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Muscled skeleton, facing front with Rhinoceraus. Tabulae scleti et Muscularum Corporis Humani Bernhardus Siegfried Albinus Published: 1747 Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Rojo

Según un relato que data de la época del libertinaje francés en el siglo XVII, en una prisión de mujeres se sometía a las prisioneras a una prueba que les permitía, en caso de resolver adecuadamente el acertijo, obtener su libertad.
Las reclusas eran puestas de a tres en una mesa triangular, cada una en uno de los lados, y eran sometidas sexualmente por distintos hombres. Cada una de ellas podía ver el hombre que sometía a las otras, pero no podía ver al que era sometida.
Los hombres eran tres blancos y dos negros, y el acertijo consistía en descubrir el color del hombre.
Reclinadas boca abajo sobre la mesa, desnudas y a disposición, las prisioneras pasaban por el ritual una y otra vez.
El espectáculo, pensado tal vez como un método de tortura y humillación, contaba con la mirada cómplice de nobles y ricos que pagaban por observar.
El director de la prisión tenía todo controlado, elegía a las prisioneras, elegía a los hombres, elegía a los espectadores y llevaba a cabo la prueba con la mayor rigurosidad. Pero su afán de control lo cegó ante lo más obvio.
El 24 de abril de 1678 una de las reclusas sometidas insistió en decir rojo. La sorpresa del público, de las otras reclusas, de los hombres, de los guardias y del director fue inmediata.
-¡Rojo!, gritó, cada vez que el hombre la arremetía con fuerza. No había en su rostro ni temor ni desesperación, era otra cosa.
-¡Rojo!- una y otra vez. La prisionera en éxtasis, gritaba, gemía; estaba perdida… en otro goce.
La satisfacción que siempre habían tenido los espectadores ante la humillación de las reclusas desapareció. En ese momento miraron horrorizados.
Esa mujer lo arruinó todo para ellos.

Niebla Roja

Rojo