Escritura

Rojo

Según un relato que data de la época del libertinaje francés en el siglo XVII, en una prisión de mujeres se sometía a las prisioneras a una prueba que les permitía, en caso de resolver adecuadamente el acertijo, obtener su libertad.
Las reclusas eran puestas de a tres en una mesa triangular, cada una en uno de los lados, y eran sometidas sexualmente por distintos hombres. Cada una de ellas podía ver el hombre que sometía a las otras, pero no podía ver al que era sometida.
Los hombres eran tres blancos y dos negros, y el acertijo consistía en descubrir el color del hombre.
Reclinadas boca abajo sobre la mesa, desnudas y a disposición, las prisioneras pasaban por el ritual una y otra vez.
El espectáculo, pensado tal vez como un método de tortura y humillación, contaba con la mirada cómplice de nobles y ricos que pagaban por observar.
El director de la prisión tenía todo controlado, elegía a las prisioneras, elegía a los hombres, elegía a los espectadores y llevaba a cabo la prueba con la mayor rigurosidad. Pero su afán de control lo cegó ante lo más obvio.
El 24 de abril de 1678 una de las reclusas sometidas insistió en decir rojo. La sorpresa del público, de las otras reclusas, de los hombres, de los guardias y del director fue inmediata.
-¡Rojo!, gritó, cada vez que el hombre la arremetía con fuerza. No había en su rostro ni temor ni desesperación, era otra cosa.
-¡Rojo!- una y otra vez. La prisionera en éxtasis, gritaba, gemía; estaba perdida… en otro goce.
La satisfacción que siempre habían tenido los espectadores ante la humillación de las reclusas desapareció. En ese momento miraron horrorizados.
Esa mujer lo arruinó todo para ellos.

Niebla Roja

Rojo

 

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La hamaca

Una tarde de otoño, salí a caminar. Pasé por una plaza, y al ver las hamacas me senté en una de ellas. El tiempo no me apresuraba como otras veces.
El sol brillaba azul en el cielo, el viento se escapaba entre las hojas. Un pequeño murmullo se oía de vez en cuando.
Apoyé mi cuerpo en el asiento viejo y roído y, frente a la propuesta del juego, accedí a que el balanceo me llevara.
Oí el chirrido del metal, que en un ritmo preciso acompañó mis movimientos. Algo más allá de mí se dejó arrastrar.
Recordé mi niñez, recordé el vértigo: ese preciso momento en que uno se eleva alto y el viento sorprende suavemente la cara, para luego, rápidamente, caer.
Recordé esa sensación en el estómago. Ese vacío de certezas. La primera sensación del cuerpo al estar enamorados. Creo que la primera experiencia sobre el amor comienza en las hamacas.
Continué balanceándome sin entender muy bien por qué en algún momento de la vida dejamos de jugar.

 (14778412051)

Four feet, wings, and fins (1879)

The Nightmare

Embarcado en el sueño más profundo la yegua de la noche se acercó a mi oído y tibiamente resopló en él. Y mi sueño trastornado, no pudo más que convertirse en pesadilla.
Solo, en la oscuridad, en la tormenta.
Solo, buscando refugio de un fin que se acercaba inexorable. Busqué a mi esposa, busqué a mi hijita. Las dos estaban perdidas, perdidas para mí.
No supe bien, o no quise saber, si ansiaba sus presencias por ellas o por mí. La noche me abrazaba y desconsolado quise algo conocido que ordenara el mundo.
Abrí los ojos y me dije ¿qué es esto? Allí, en ese preciso instante se oyeron las trompetas. Sólo dos notas bastaron para anunciar el final.

John Henry Fuseli – The Nightmare

La primera vez

Reza el dicho, obvio y evidente, que siempre hay una primera vez.

En eso obvio y evidente nos detenemos: pues claro que siempre habrá primera vez, la vida que vivimos es borrador y entrega final simultáneamente.

Hoy comienza esta escritura, en la que espero se escriba otra cosa.

Hay ideas, que circulan y quieren salir, hay fotografías que recortan escenas del mundo que hay que señalar.

Hay y no hay.

La época permite que el borrador salga a la luz con gran rapidez. Las correciones tal vez lleguen luego, o tal vez todo se borre, o tal vez sólo se reescriba.

Un inicio es un inicio.

Hoy, ahora, en este momento, es la primera vez que escribo.