Fantasma

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

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La culpa

La mujer dio algunos pasos y atravesó la puerta. Esperaba liberarse de algo que ni ella misma sabía qué era.
Cargó con sus fantasmas demasiado tiempo, y antes de exorcizarlos pasó mucho tiempo más.
Creía en el tiempo, aunque a veces solía afirmar lo contrario. Esperaba que después de diez, quince o veinte años, las cosas mejoraran. Creyó en eso que dicen la mayoría: el tiempo lo cura todo.
Después de un largo camino supo que el tiempo no curaba nada, que el olvido y el recuerdo eran selectivos, y también supo que había algo más en todo eso que uno recordaba y olvidaba; supo que los fantasmas no vivían solos… que ella los mantenía vivos.
El sacerdote de la iglesia la escuchó, y por medio del sacramento de la confesión creyó que podía liberarla.
No entendió que ella necesitaba de la culpa, así como necesitaba de los fantasmas. Ellos se alimentaban de ella, y ella vivía por ellos.
El sacerdote oyó, perdonó en nombre del Altísimo y exhortó a llevar una vida libre de pecados.
La mujer se sintió libre, por unos pocos instantes sintió cierta liviandad en el cuerpo.
Luego de dos pasos, los fantasmas le hablaron de nuevo. La culpa, con una sonrisa sardónica, la esperó en la puerta de la iglesia.

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Franz von Stuck, El pecado

Metatrata

Apenas nos mudamos supe que algo no estaba bien. La casa, muy vieja en algunos sectores, no me gustaba. Había una presencia en ella todo el tiempo, algo que me observaba. Fue como regresar a un pequeño infierno infantil.
Después de pasados apenas unos días descubrimos el mecanismo de expansión de todas las habitaciones. Junto al mecanismo había algo que lo operaba. La casa expandía y modificaba su forma si yo lo pedía, pero a veces lo hacía a criterio propio. Era, de alguna manera, como el libro de arena, pero yo siento que el espacio de una casa es acaso más aterrador que un libro, porque el libro es más tiempo que espacio.
Nunca sola, siempre mirada, siempre con temor.
La casa, vieja, viejísima, tuvo muchos habitantes. Antes había funcionado en ella un jardín de infantes, y fue antes todavía muchas otras cosas.
Al principio, traté de manejar mi miedo hablando con aquello que operaba el mecanismo, con el operador. Él era, no sé si lo dije, lo más aterrador del mecanismo. Le hablaba, me dirigía a eso y obtenía como respuesta algún movimiento en las habitaciones. Ellas se ampliaban, o se achicaban, o aparecía un subsuelo, o quizá se podía ver el estrato más bajo de todos, en el que estaban las cloacas y otras cosas que no supe descifrar. Las cloacas eran algo así como un suelo blanco con agua que circulaba todo el tiempo, y en él se podían ver todos los desechos. Ellos cubrían toda la superficie de la casa, y si el operador quería se podían ver en cualquier parte.
Pasaron algunas semanas, y al principio traté de olvidarlo o hacer como si eso no existiera. Pero al final pudo más el querer saber, o quizá pudo más eso.
Una tarde decidí contactarme con algunos de los habitantes anteriores de la casa. Accedieron a visitarme y nos reunimos en el salón principal, que estaba completamente en silencio.
–¿Querés saber?
–Sí.
Hicimos una ronda y comenzamos a contar.
–¡Uno! Metatrata.
–¡Dos! Metratrata.
–¡Tres! Metatrata.
–¡Cuatro! Metatrata.
–¡Cinco! Metatrata.
Seguimos así hasta llegar al número doce. No entendí cómo sabía lo que tenía que decir ni tampoco la fuerza con la que lo dije. Sólo sé que al llegar al número doce me quedé sola. Entendí que al mencionar un número, uno de nosotros desaparecía. El número era absolutamente singular, íntimo y desconocido para cada uno. Al llegar al número doce me quedé sola. Y entonces me angustié y me puse a llorar, y sentí, con la piel erizada y el terror más profundo, que algo estaba a mi lado. Supe que era eso que yo llamaba operador. Cerré los ojos con fuerza, no quise mirar. Pero de nuevo pudo más querer saber. Finalmente abrí los ojos y vi que no estaba a mi lado, pero seguía dentro de la casa. Había regresado al interior del mecanismo.
Fue entonces que entendí algo más, aunque no sé cómo. Eso, como una madre, como un vigía, como algo que amaba y devoraba la vida sin límites, estaba allí para cada uno. Y, si llegué al número doce era por causa de algo mío, por ese temor, por algo en mí que sostenía la vida de eso.
Pensé que el número doce tenía que ver con una edad: doce años. Yo ya no tenía doce años pero en esa casa era como si los tuviera, como si el tiempo hubiera querido detenerse allí, en esa casa vieja, viejísima, que estaba allí como si hubiera estado allí desde siempre, desde antes del tiempo.
Supe que si eso tan aterrador estaba vivo, era porque yo lo mantenía vivo. Eso quedó allí.
Le hablé a las paredes y me fui, sin mirar atrás.

Maman Spinne Kunsthalle HH

El fantasma

Hace cuatro años que me mudé a la casona, y desde la primera vez que traspasé el umbral de la puerta de entrada, sentí algo frío. Como muchos, olvidé el detalle hasta que pude ponerlo en serie junto con otros, y una vez armada la serie vi la constelación donde antes sólo veía estrellas solitarias.
La primera vez que traspasé el umbral, sentí frío. Dentro de la casona, en el piso superior hay una biblioteca. Es una habitación cargada de libros, todas las paredes están cubiertas de ellos. Es uno de los lugares más atractivos que tiene la casa, sin embargo también es uno de los lugares en los que no se puede estar solo. Hay algo allí que inquieta.
Al fantasma lo vi muchas veces. A cada uno se le presenta de distinta forma, pero todos los que lo han visto escuchan que dice: “Me han traicionado.” No asusta, no persigue, no se mueve, es sólo una figura que entre blancuzca y transparente se presenta en la noche y repite esa frase.
Intenté buscar la explicación, el motivo. ¿Qué atormenta a esa figura etérea, que repite una y otra vez el mismo destino? Lo poco que hallé no era satisfactorio. Más allá de la traición, el fantasma decidió congelar su existencia en ese momento, en esa repetición eterna.
Hubo quien me dijo: “Es absolutamente inútil razonar con un fantasma, no entiende razones porque ,en su fijeza, goza.”
Hoy por la noche aparecerá, y no me lamentaré por él. El fantasma hizo una elección.

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Gustave Dore – Spectrum appearance of Banquo