Fragmento

La verdad

a R. S. A.

Estábamos en la pequeña sala de mi casa, sentados alrededor de la mesa. Ella estaba sentada en la silla frente a mí.
Hablábamos de muchas cosas, y la conversación había sido muy amena, hasta que llegado un momento en el que no pude ocultar mi malestar la miré y  le dije, con la boca cargada de un sabor amargo:
-Lo que me angustia es que no me digas la verdad…
Ella, con una sonrisa burlona, respondió: “¿Qué es la verdad?”
Enojado, porque no se hacía cargo, le respondí:
-Te voy a dar un ejemplo, si aquí mismo hubiera dos mujeres desnudas besándose y entrara uno de mis amigos lo primero que él diría es que son dos lesbianas… Vos en cambio responderías carne humana,  que ni siquiera es mentira…

Ella volvió a sonreír y no dijo nada.  Luego se puso de pie y comenzó a caminar hacia uno de los rincones de la habitación, alejado de la mesa y de la luz.

La cara antes sonriente, comenzó a transformarse. Continuó caminando, con paso decidido, hacia el rincón.  Desde ese momento sólo pude ver su largo cabello. Se quedó quieta, y no dijo nada más.
Tuve miedo de ver su rostro. La angustia que tuve al pedirle que me dijera la verdad volvió en forma de terror.
No esperé a que se diera vuelta y salí de allí.

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The dark corner, de Vitor Antunes (CC BY-NC-ND 2.0)

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Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.
Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.
De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.
Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.
Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.
Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.
Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.
Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Judith and Holopherne. Gustav Klimt. 1901

Zoo

Me gustan los animales. No sé bien por qué.
Supongo que veo en ellos cierta tranquilidad con la vida, cierta relación con lo que los rodea que no los perturba.
El animal se lastima y sigue. Le duele, pero sigue.

¿No saber acerca de la propia muerte es un beneficio? No lo sé, no puedo saberlo. Ya sé sobre mi propia muerte.
Por ello miro a los animales, ellos viven, tranquilos, en armonía. Viven, se reproducen, matan si es necesario, mueren.
La ley de la vida, como si la vida tuviera ley.

Busqué una imagen para acompañar este escrito, encontré una fotografía del último lobo muerto en el área de Adirondack.
He allí la diferencia entre los animales, y el zoo humano.

Last Adirondack Wolf (1893)

El sapo

Mi infancia está conformada por recuerdos extraños, algunos se han borrado y otros son como retazos que uno para armar un tejido. A veces por alguna intervención de familiares, se unen dos trozos disímiles, otras veces sólo hay imágenes y olores que no pueden inscribirse en ninguna parte.
Vivía en una casa muy grande, en medio de un campo. Los grandes espacios permitían que el control de los adultos sobre los niños fuera muy laxo, y por ello tenía acceso irrestricto a las bondades y peligros que la naturaleza suele ofrecer. Las tardes la pasaba sola, en medio de pastizales entre víboras, conejos y perdices.
Me trepaba a los árboles para comer sus frutos. Veía insectos llamativos y peligrosos, y desde mi mirada infantil todo era parte de un encuentro pacífico con eso que vive y muere en calma.
Tuve varias mascotas, la más extraña tal vez fue un sapo al que puse por nombre Horacio.
En el recuerdo sólo aparece ese bicho saltando dentro de la casa. Los relatos familiares agregan detalles y exageraciones. (Un recuerdo infantil sin exageración, y desvíos, carece de gracia.) La familia contaba que a la hora de tomar la merienda nos sentábamos junto con mi hermano frente a un televisor para ver un programa y que, a esa misma hora, se acercaban tanto el perro, como el gato y el sapo para acompañarnos. No lo recuerdo. Igual no importa.
El sapo era un sapo gigante, feo, verde oscuro, tosco. Un animal que rompía toda armonía. Era lo salvaje dentro de la civilización. Algo muy mío hay en él.

Brooklyn Museum – The Princess and the Frog – Mary Shepard Greene Bluemenschein – overall

La culpa

La mujer dio algunos pasos y atravesó la puerta. Esperaba liberarse de algo que ni ella misma sabía qué era.
Cargó con sus fantasmas demasiado tiempo, y antes de exorcizarlos pasó mucho tiempo más.
Creía en el tiempo, aunque a veces solía afirmar lo contrario. Esperaba que después de diez, quince o veinte años, las cosas mejoraran. Creyó en eso que dicen la mayoría: el tiempo lo cura todo.
Después de un largo camino supo que el tiempo no curaba nada, que el olvido y el recuerdo eran selectivos, y también supo que había algo más en todo eso que uno recordaba y olvidaba; supo que los fantasmas no vivían solos… que ella los mantenía vivos.
El sacerdote de la iglesia la escuchó, y por medio del sacramento de la confesión creyó que podía liberarla.
No entendió que ella necesitaba de la culpa, así como necesitaba de los fantasmas. Ellos se alimentaban de ella, y ella vivía por ellos.
El sacerdote oyó, perdonó en nombre del Altísimo y exhortó a llevar una vida libre de pecados.
La mujer se sintió libre, por unos pocos instantes sintió cierta liviandad en el cuerpo.
Luego de dos pasos, los fantasmas le hablaron de nuevo. La culpa, con una sonrisa sardónica, la esperó en la puerta de la iglesia.

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Franz von Stuck, El pecado

Día del padre

Los días festivos suelen ser días extraños para mí. No sé bien cómo otros han de vivirlos, puedo suponer, pero las suposiciones no llevan nunca a un buen lugar. En todo caso relataré mi experiencia, aquello único de lo que puedo dar testimonio.
Los días festivos son un día más, tal vez con algunas imposiciones inevitables. Puede que el feriado impida llevar a cabo algunas de las actividades que hago normalmente. Pero la festividad en sí no implica más que una fecha en rojo en el almanaque.
Hoy justo es el día del padre, y veo fotografías, dedicatorias y frases célebres sobre padres vivos y muertos. Lo miro desde afuera y como muchas otras cosas, no puedo verlo de otra manera.
He creído siempre que al elegir ser huérfano corría con una ventaja que otros no tienen y es la que implica descubrir que un buen padre, es un padre muerto. Ahora bien, debo explicar esa frase porque cualquier tonto creería que hay que matar al padre para vivir. Y sí, algo de eso hay, hay que matarlo pero de otra forma. Hay que entender que falla.
La cuestión es que hoy es el día del padre y veo a muchos que a pesar de su edad, siguen siendo hijos. Y a veces eso de seguir siendo hijos les impide convertirse ellos mismos en padres.
No me gusta la exhibición de los afectos en la actualidad, fuera en la virtualidad, en las paredes, o en los famosos candaditos que compulsivamente ponen en un puente en París.
Alguien me dijo que el amor consiste justamente en exhibirlo públicamente; no coincido para nada. Creo que alguien que necesita decirlo y exhibirlo ante los demás no se lo está diciendo a quien debe. Y la tontería de los candaditos y las redes sociales están para eso, para tratar de sostener a fuerza de repetición que hay donde no hay.
Vuelvo al día del padre: fotos, mensajes, cartelitos, insistencia. Debo decir que no me parece mal que se celebre el día, al tipo, al de carne y hueso, pero creo que en esta época todo se ha ido al demonio –por suerte para mí– y sólo se trata de justificar el consumo (“hay que comprarle un regalo a papá.”)
El día del padre es el día de eso que falla. El tipo de carne y hueso que se convierte en padre está condenado de antemano a fallar en su función, porque es necesario que falle. Claro que hubo superhombres que tuvieron hijos… y les destrozaron la vida. Busquen, que los hay.
No importa si cree estar preparado, si le enseñaron, nada lo prepara para eso. Y es ahí, justo ahí, en ese borde filoso donde se juega todo: acceder a ese acto o huir de él.
El padre es otra cosa, el padre se construye y se destruye… y también está el tipo que lo encarna.
Por mi parte, seguiré en la lucha eterna con mi padre, él ha fallado, y me ha fallado… No sé qué es peor, si su amor o su desprecio.
Siempre he creído que el verdadero hijo es aquel que no sigue a su padre, y así seguiré. Aunque debo reconocer que siempre, en el fondo, espero que Él me acepte.

Lucifer Liege Luc Viatour

El Lucifer de Liège -fotografía de Luc Viatour http://www.Lucnix.be

La noche de San Juan

El día caluroso había terminado y abrió paso a la tan esperada noche.
Hacía semanas que Morena y yo esperábamos la noche de San Juan.
En el barrio la gente se reunía en las esquinas y las puertas de las casas quedaban abiertas, el festejo entre amigos y conocidos se expandía a transeúntes inadvertidos y vendedores de paso.
Me preparé y salí de casa con mi ropa más linda, esa noche iba a saber por fin quién sería el amor de mi vida. Le preguntaría a las velas, al agua, a San Juan.
De la esquina de casa pasé corriendo a la casa de Morena, que estaba a pocos metros. Ella también se había preparado, hablamos, nos reímos. Estábamos muy exaltadas. Era la primera vez que reconocíamos, una frente a la otra, que el amor nos preocupaba, que queríamos saber quién nos amaría.
En la esquina comenzaron a quemar leña, y las rondas de gentes comenzaban a formarse. Algunos preparaban brasas para caminar sobre ellas, otros armaban el Toro Candil.
En la casa de Morena no quedó nadie, sus padres salieron a saludar a los vecinos y su hermano menor se fue con ellos. Así que ese era nuestro momento. Solas, en la casa, tendríamos la privacidad que queríamos.
Preparé un fuentón de agua, mientras Morena fue a buscar las velas. Lo colocamos todo en la cocina. Apagamos las luces y fuimos de a una. Esperamos a oír las doce en el reloj y comenzamos.
Primero fue Morena, sostuvo la vela encendida sobre el agua y dejó caer las gotas de cera que comenzaron a tomar forma y a girar. Al principio no entendimos bien qué se formaba, pero después las gotas de cera formaron una M gigante. La emoción nos invadió, ¿será la M de Mariano, el de la casa de material? A Morena le gustaba, y la idea de que San Juan le dijera eso le gustaba más.
Luego fui yo y sostuve la vela sobre el agua, pero las gotas caían y se hundían. No había caso, no flotaban, se hundían todas. Probamos cambiando el agua, pero las gotas hicieron lo mismo y se resistieron. No formaban letras. Se estancaban, y después se hundían. Mi decepción era enorme. Por lo visto no me iba a ir bien en el amor. Morena me dijo que no hiciera caso, que era una pavada, pero a ella le brillaban los ojos pensando en esa letra M.
Pensé, luego, hacer la otra prueba, la del espejo. Morena me dijo que no la hiciera, que le daba miedo. Insistí. Con la sola luz de las velas iluminé el espejo del pasillo y miré mi imagen un rato. No pasó nada. San Juan no estaba interesado en anunciarme nada con respecto al amor.
Mi decepción volvió a ser enorme. Ordenamos todos los utensilios, yo sin demasiadas ganas y Morena con entusiasmo, y salimos de la casa. En la puerta me encontré con uno de mis amigos, que me andaba buscando, me dio un abrazo y fuimos a ver el Toro Candil. Morena fue corriendo a buscar a Mariano.
San Juan no me dijo nada, tal vez porque hay cosas que no se pueden saber.

Godfried Schalcken – Young Girl with a Candle –