Psicoanálisis

El ruido y lo femenino

El otro día vi la película Chaos Walking. Es una especie de western futurista.
La idea principal me interesó: En este nuevo planeta al que llegan los humanos, esperando un mundo mejor, los hombres padecen un ruido que hace que todos sus pensamientos e ideas se proyecten y escuchen todo el tiempo; como un film, en vivo y en directo, de todo lo que les pasa por la cabeza. Sin filtro. (Parecido al libro Solaris de Stanislaw Lem).
El ruido afecta sólo a los hombres, y, por ello, las mujeres se vuelven más enigmáticas (aún), porque no se sabe qué están pensando, qué secretos esconden.
La película es entretenida, pero lo que más me interesa es la idea: de que para unos nada pueda esconderse, hay una transparencia forzada e incontrolable, y por otra parte hay algo a lo que no se va a poder acceder, en este caso localizado en las mujeres.
Faltaría la vuelta de tuerca: que descubran que, aún a pesar de ese ruido, hay algo escondido de ellos mismos, para ellos mismos: nosotros lo llamamos lo femenino.
No sirve eliminar a las mujeres para eliminar lo femenino. Lo femenino es lo que nos agujerea: a veces lo llamamos muerte, a veces lo llamamos éxtimo, a veces lo llamamos sexualidad…
Birds de Aykut Aydogdu

Dos recuerdos de la niñez

Llego a mi casa de la clase de órgano, tengo las partituras para practicar. Mi madre toma la partitura de “Moritat”, lee las notas y canta.

wkmorita

Veo planos sobre el escritorio de mi padre, medidas, números, dibujos… No entiendo cómo eso ahí escrito luego va al mundo, cómo encaja en el mundo… con el mundo.

Esos dos recuerdos son similares, algo escrito toca el mundo: ¿cómo es posible?
Recordar que la canción era Moritat añade sorpresa: lo que no tiene sentido es la muerte.

Si me preguntaran por qué el psicoanálisis tan sólo respondería: porque por medio de lo simbólico se puede tocar lo real.

 

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

Fin de año

Llega fin de año y estoy conmovida.
Hace un tiempo soñé con un maremoto que arrasaba toda tierra firme. Escribí sobre ello, lo titulé “La Ola.”
Al decir arrasaba, no había metáfora, era literal. Yo estaba apoyada sobre un piso de piedra, duro, fuerte. Y frente al agua, no hubo nada que hacer. La piedra fue arrasada. En el sueño veía cómo se hundía la piedra y cómo, junto con ella, yo también me hundía. Incluso llegué a ver los rayos del sol a través del agua, como quien se deja llevar a las profundidades, tranquilo, y mira hacia arriba cómo se aleja la superficie y el aire. Era la calma en medio de la desesperación.
En el sueño también aparecía mi psicoanalista, quien hacía un gesto sencillo y muy claro. Después de haber sobrevivido al maremoto, él aparecía donde estábamos los refugiados. Se acercaba, me tomaba las dos manos y las sostenía con firmeza, luego las dejaba y se iba.
No decía nada, no hacía falta. Yo ya había entendido, era como si me dijera: “todo va a estar bien, podés seguir sola.”

El psicoanalista siempre se desdibuja, es una figura extraña. No sé quién es. Me refiero a que conozco al hombre, lo veo, hablo con él desde hace diez años, sin embargo no tengo la menor idea de quién es. Veo que se mueve en su vida y le pasan cosas, por ejemplo en estos diez años, ha seguido cierto camino. Él escribe, y publica, y lo hace cada vez más seguido, y se lo ve contento con eso. Incluso imagino que dentro de poco dejará de escuchar para dedicarse enteramente a escribir.
En otro momento hubiera sentido eso como una afrenta, como un abandono. Me sonrío al pensar en ello. Si el otro sigue su camino no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro, con su vida, con su deseo.
Supongo que he llegado a ese punto en el que puedo seguir flotando sin ahogarme.
El psicoanalista se desdibuja, sin embargo lo llevo siempre conmigo.

La ola. Hokusai

La ola

Estaba en el borde, ahí justo en el punto en el que la piedra termina y comienza el agua. Miré a lo lejos y vi una gran ola. Tuve miedo. Era una gran montaña, azul y blanca, fuerte.
Un rugido se oyó primero, luego silencio, por último llegó el agua.
Quedé quieta, en medio de la piedra. Esperé que el agua pasara, que golpeara y me arrastrara, como arrastraba a todo.
Pero pasó algo peor: el agua rompió la piedra, quebró el suelo en dos, y arrastró ese piso en el que mis pies se sostenían.
Supe que no podría hacer nada, más que mirar y tal vez esperar el segundo golpe.
La piedra se movía con la corriente, luego comenzó a hundirse. Fue allí que llegó el segundo golpe: otra ola, tanto o más fuerte que la anterior vino y arrasó con todo.
Me hundí en el agua, miré hacia arriba y vi la luz colándose en medio de la oscuridad. El agua me cubrió toda, nadé, como pude, con miedo, temblando, nadé.
Aparecí de repente en una casa. Había algunos conocidos, también desconocidos. Estaba él, como una figura extraña, incierta. Se acercó, con su estilo claro, y no dijo nada, sólo me tomó las manos, las presionó como sosteniéndolas, luego las dejó amablemente. Ahí supe que todo iba a estar bien.

Femenine wave -Katsushika Hokusai-

Femenine wave -Katsushika Hokusai-