Zoo

La mantis religiosa (el mamboretá)

El sol vibraba en el aire, el calor de la tarde se hacía cada vez más fuerte. A lo  lejos, en todas partes, se escuchaban los pájaros y las chicharras. La siesta, una vez más, me encontraba despierta. Grandes peleas tuve con mis padres por ello, ellos querían dormir, y yo nunca pude hacerlo. ¿Cómo dormir una siesta? En esas horas todo se detenía, no había nadie, y se podía correr y pasear, y descubrir todo sin sentir la mirada reprobatoria de algún adulto.
Esa tarde, llena de calor, quise ir al árbol de guayabas.
El guayabo estaba lejos de la casa, en un lugar rodeada de mangos, que por comparación lo hacían ver más pequeño. Apenas crecido, el tronco ya tenía dos ramas que se separaban en una amplia bifurcación y  que permitían trepar de una manera muy cómoda. No había que hacer mucho esfuerzo y se podía alcanzar algún fruto. Las guayabas no se veían muy lindas, pero eran ricas, eran una sorpresa. A veces tenían pequeños gusanos, pero igual las comía.
Salí de la casa, y al llegar al árbol encontré en el tronco una mantis religiosa, un mamboretá. Al principio me asusté. No la había visto.
El bicho estaba tranquilo, posado, en un estado casi extático. De repente se movió.
Era pequeña, pero era hermosa. Mi miedo me dejó observar a cierta distancia, no sabía por qué pero creía que iba a volar hacia mí.
Era pequeña, pero muy delicada, toda verde, con sus patitas en esa pose característica por la que recibe su nombre, uno ve a la mantis y parece que está rezando.
No supe por qué pero esa mantis me hizo pensar en mi madre, era una combinación extraña de belleza y peligro, de aquello que deseaba y lo que no podía tener.
Esa tarde, no recuerdo si al final pude comer las guayabas, pero sí pude ver a la mantis de otra manera. Todo en esa tarde se había convertido en algo extraño y fascinante.

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Fuente de la imagen: Scientific Illustration

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Zoo

Me gustan los animales. No sé bien por qué.
Supongo que veo en ellos cierta tranquilidad con la vida, cierta relación con lo que los rodea que no los perturba.
El animal se lastima y sigue. Le duele, pero sigue.

¿No saber acerca de la propia muerte es un beneficio? No lo sé, no puedo saberlo. Ya sé sobre mi propia muerte.
Por ello miro a los animales, ellos viven, tranquilos, en armonía. Viven, se reproducen, matan si es necesario, mueren.
La ley de la vida, como si la vida tuviera ley.

Busqué una imagen para acompañar este escrito, encontré una fotografía del último lobo muerto en el área de Adirondack.
He allí la diferencia entre los animales, y el zoo humano.

Last Adirondack Wolf (1893)