Sueño

La verdad

a R. S. A.

Estábamos en la pequeña sala de mi casa, sentados alrededor de la mesa. Ella estaba sentada en la silla frente a mí.
Hablábamos de muchas cosas, y la conversación había sido muy amena, hasta que llegado un momento en el que no pude ocultar mi malestar la miré y  le dije, con la boca cargada de un sabor amargo:
-Lo que me angustia es que no me digas la verdad…
Ella, con una sonrisa burlona, respondió: “¿Qué es la verdad?”
Enojado, porque no se hacía cargo, le respondí:
-Te voy a dar un ejemplo, si aquí mismo hubiera dos mujeres desnudas besándose y entrara uno de mis amigos lo primero que él diría es que son dos lesbianas… Vos en cambio responderías carne humana,  que ni siquiera es mentira…

Ella volvió a sonreír y no dijo nada.  Luego se puso de pie y comenzó a caminar hacia uno de los rincones de la habitación, alejado de la mesa y de la luz.

La cara antes sonriente, comenzó a transformarse. Continuó caminando, con paso decidido, hacia el rincón.  Desde ese momento sólo pude ver su largo cabello. Se quedó quieta, y no dijo nada más.
Tuve miedo de ver su rostro. La angustia que tuve al pedirle que me dijera la verdad volvió en forma de terror.
No esperé a que se diera vuelta y salí de allí.

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The dark corner, de Vitor Antunes (CC BY-NC-ND 2.0)

Dos matrimonios

A lo largo de una semana  tuve dos sueños similares.

Uno era el del matrimonio verdadero, el matrimonio del amor.

Estaba casada con un hombre que me amaba. No sé quién era, pero sé que me amaba. A pesar de ello no le creía, y le pedía pruebas de amor.
Él respondía con una sonrisa, advertido de su elección. Sabiendo que era así.
Me amaba a pesar de mí misma.

Otro día de la misma semana soñé con el matrimonio falso, era el matrimonio con mi analista. Falso porque no había amor.

Había un contrato, un arreglo. Y el arreglo se sostenía, y funcionaba.

Lo que une a los dos sueños es claro. Suelo decir que “me caso con las personas” y eso es absolutamente verdadero.
Cuando las quiero, me caso con ellas, pero también hay ocasiones en las que el divorcio se hace necesario.

 

Van Eyck,1434. Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa

Van Eyck,1434. Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa

Fin de año

Llega fin de año y estoy conmovida.
Hace un tiempo soñé con un maremoto que arrasaba toda tierra firme. Escribí sobre ello, lo titulé “La Ola.”
Al decir “arrasaba”, no había metáfora, era literal. Yo estaba apoyada sobre un piso de piedra, duro, fuerte. Y frente al agua, no hubo nada que hacer. La piedra fue arrasada. En el sueño veía cómo se hundía la piedra y cómo, junto con ella, yo también me hundía. Incluso llegué a ver los rayos del sol a través del agua, como quien se deja llevar a las profundidades, tranquilo, y mira hacia arriba cómo se aleja la superficie y el aire. Era la calma en medio de la desesperación.
En el sueño también aparecía mi psicoanalista, quien hacía un gesto sencillo y muy claro. Después de haber sobrevivido al maremoto, él aparecía donde estábamos los refugiados. Se acercaba, me tomaba las dos manos y las sostenía con firmeza, luego las dejaba y se iba.
No decía nada, no hacía falta. Yo ya había entendido, era como si me dijera: “todo va a estar bien, podés seguir sola.”
En mi psicoanálisis, el padre era una frase sostenida con fuerza delirante: “soy huérfana.” Una huérfana que sostiene que no hay Otro para sostener, sin embargo, que sí Hay.
Por ello, años y años pasaron hasta descubrir que no soy efectivamente huérfana (aunque la vida indica que sí, porque de hecho mis padres han muerto) y que hay un padre posible por ahí.
Ese sueño, llevado a la sesión, desembocó en la pregunta que insiste siempre: “¿por qué estoy viva?” Mi psicoanalista señaló: “hubo alguien que deseó que nacieras.” Pero ese deseo de nacimiento de un cuerpo no se relaciona necesariamente con mi existencia. Hubo alguien que deseó que naciera un cuerpito, un bebé, pero nada –absolutamente nada–, garantiza que entre ese cuerpo y lo que soy haya conexión. Como sujeto he nacido de otra forma, y ahí hay vacío, no hay Otro.
El psicoanalista siempre se desdibuja, es una figura extraña. No sé quién es. Me refiero a que conozco al hombre, lo veo, hablo con él desde hace diez años, sin embargo no tengo la menor idea de quién es. Veo que se mueve en su vida y le pasan cosas, por ejemplo en estos diez años, ha seguido cierto camino de su propio deseo que no va de la mano del psicoanálisis. Él escribe, y publica, y lo hace cada vez más seguido, y se lo ve contento con eso. Incluso yo imagino que dentro de poco dejará de escuchar para dedicarse enteramente a escribir.
En otro momento hubiera sentido eso como una afrenta, como un abandono. Me sonrío al pensar en ello. Si el otro sigue su camino no tiene que ver conmigo, tiene que ver con el otro, con su vida, con su deseo.
Supongo que he llegado a ese punto en el que puedo seguir flotando sin ahogarme.
El psicoanalista se desdibuja, sin embargo lo llevo siempre conmigo.
Será cuestión sólo de continuar.

La ola. Hokusai

La ola

Estaba en el borde, ahí justo en el punto en el que la piedra termina y comienza el agua. Miré a lo lejos y vi una gran ola. Tuve miedo. Era una gran montaña, azul y blanca, fuerte.
Un rugido se oyó primero, luego silencio, por último llegó el agua.
Quedé quieta, en medio de la piedra. Esperé que el agua pasara, que golpeara y me arrastrara, como arrastraba a todo.
Pero pasó algo peor: el agua rompió la piedra, quebró el suelo en dos, y arrastró ese piso en el que mis pies se sostenían.
Supe que no podría hacer nada, más que mirar y tal vez esperar el segundo golpe.
La piedra se movía con la corriente, luego comenzó a hundirse. Fue allí que llegó el segundo golpe: otra ola, tanto o más fuerte que la anterior vino y arrasó con todo.
Me hundí en el agua, miré hacia arriba y vi la luz colándose en medio de la oscuridad. El agua me cubrió toda, nadé, como pude, con miedo, temblando, nadé.
Aparecí de repente en una casa. Había algunos conocidos, también desconocidos. Estaba él, como una figura extraña, incierta. Se acercó, con su estilo claro, y no dijo nada, sólo me tomó las manos, las presionó como sosteniéndolas, luego las dejó amablemente. Ahí supe que todo iba a estar bien.

Femenine wave -Katsushika Hokusai-

Femenine wave -Katsushika Hokusai-

Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.
Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.
De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.
Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.
Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.
Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.
Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.
Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Judith and Holopherne. Gustav Klimt. 1901

Sueño de una hija que se ahoga

Estoy en una casa, no sé si es la mía. Las paredes son blancas, muy luminosas.
Mi hija me acompaña, y está nadando en una habitación contigua que tiene una pileta. Es como un pozo lleno de agua, que ocupa casi todo el espacio del suelo. Están las paredes blancas, y el agujero lleno de agua.
La miro, veo cómo nada, hasta que ya no puede sostenerse y comienza a hundirse. Veo su desesperación, y comienza la mía.
Le digo a un hombre (que nunca vi antes) que tengo al lado: -¡Hacé algo! ¿¡No ves que se está ahogando!?-
El hombre queda paralizado, inmóvil.
Rápidamente me saco la ropa y, desnuda, me tiro al agua.
Me sumerjo y me falta el aire. Veo a mi hija bajo el agua, casi llego a ella, pero no aguanto y vuelvo a la superficie por más aire. Nuevamente me hundo para buscarla, la agarro con fuerza, y subimos.
Ella está inconciente. La toco, trato de reanimarla, entonces la escucho respirar y me quedo tranquila.
El hombre observa todo, estupefacto. Le digo que llame a emergencias.
Llega el personal de emergencias, la revisan, la estiran como si fuera de goma, le hacen cosas extrañas que parecen no provocarle ni dolor ni molestias. Me inquieta ver eso; recuerdo de pronto que estoy desnuda y trato de cubrirme.
Mi hija pasa, de ser una niña de seis años, a ser un bebé cuando me la entregan en brazos.
Una de las mujeres de emergencias se da la vuelta, me mira, y me pregunta un poco sorprendida: -¿Ése es el padre?-
Miro hacia atrás, para ver a quién señala, y veo a mi padre; viejo y decrépito, tal como estuvo en sus últimos momentos de vida.
Desconcertada respondo: -Mi hija tiene dos padres.-
Y en ese preciso instante, al pronunciar esa frase aparece el rechazo por ese padre viejo.
Miro de nuevo a la mujer de emergencias y le digo: -Todo ha cambiado para mí.-
Y despierto.

Sadko

Ilya Repin, Sadko en el Reino Subacuático.

La cena

Llega la noche y el sueño se apodera de mí…

Fuimos invitados a una cena en la casa de mi psicoanalista. No sabía si la cena era una sesión de psicoanálisis o no. No sabía si era un sueño.

En la mesa había comidas elaboradas, complejas, muy ricas. Había un plato distinto para cada comensal, un plato único para cada uno.

Yo comía con cuidado, pues todo el tiempo estaba alerta por lo que hacía o dejaba de hacer, y pensaba en lo que el otro podría decir sobre mí. Sentía la mirada del otro sobre mí.

Mi psicoanalista iba y venía: era el anfitrión. De vez en cuando ponía su atención en mí y luego la retiraba rápidamente. Atendía también a los otros invitados.

A veces se acercaban también sus hijos y su esposa, y hablaban con nosotros, los comensales, con total naturalidad… Eso me extrañaba pero no sé por qué: si estábamos en su casa, en una cena…

Cuando estábamos a punto de pasar al postre, mi psicoanalista se acercó, me miró y me preguntó:

–¿Terminaste, o seguís?

Luego me pidió que lo ayudara a barrer las migas, para comer después el postre. Me tocó la cabeza con un gesto casi paternal, como una caricia amable que indica que está todo bien. Recordé, al instante, un consejo de mi madre: “que nadie ponga su mano sobre tu cabeza porque eso es señal de dominio.” Pensé en mi madre, pensé que ese gesto, esa caricia, me gustó. Ya no importó más lo que pensara el otro.

Entendí finalmente que puedo disfrutar. No importa si es una sesión o no, no importa si es un sueño: estamos cenando, la comida es rica, la gente es agradable.

Me levanté de mi silla, tomé la escoba y comencé a barrer.

John Singer Sargent – Le verre de porto (A Dinner Table at Night) – Google Art Project