Animales

El aullido

La otra noche, o la otra mañana, no importa… Soñé. En medio de este no-tiempo que hay en casa, soñé.
Y soñé con algo que hizo que me despertara contenta:
Viajábamos, en auto, en barco, en submarino, en tren.
Con el tren pasamos por una estación con carteles de madera, con el nombre de la estación pintado en negro sobre un fondo blanco. Sin detenernos miré y vi un perro. Quise hablarle y le aullé, y el perro amable y hermoso también me aulló.
Eso es la felicidad. Sólo eso.

Hachiko

Briareo

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Hace una semana murió mi perro Briareo. Era un mestizo marrón y negro, callejero de nacimiento, al que adoptamos de casualidad.
Una noche de verano fuimos caminando hasta la casa de una compañera de facultad para llevarle una carpeta. Quedaban los últimos finales de la carrera, y con Sebastián disfrutamos siempre de las caminatas. Claro, además, en aquel tiempo siendo estudiantes no disponíamos de mucho dinero para gastar. Por ello, en una combinación amable de ahorro y paseo íbamos caminando a todas partes en la ciudad.
La cuestión es que vivíamos desde ese entonces en El Mondongo, y nuestra compañera vivía por la zona de la Terminal.
Llevamos la carpeta y a la vuelta pasamos por la estación de trenes. Fue allí donde lo vimos. Un cachorro flaco hurgando las bolsas de basura que, al vernos, movió la cola con tanta fuerza que parecía que bailaba. Nos encantó. Nos seguía a cierta distancia, se acercaba con desconfianza y luego se alejaba. No sabíamos si llevarlo con nosotros o no, porque la verdad era que no teníamos plata y un perro era un gran presupuesto.
Hicimos un trato mentiroso entre nosotros: si el perro nos seguía, era nuestro. Por ello, con cada paso que dimos desde la estación hasta nuestra casa miramos dos veces hacia atrás, llamando al cachorro.
Desde ese día Briareo formó parte de la familia.
Briareo era su nombre oficial, en honor a los Hecatónquiros, aquellos que lucharon con los Olímpicos contra los Titanes. Lucharon por la belleza. Eran tres: Giges, Coto y Briareo. Sebastián luego le hizo un poema.
Pero además de su nombre oficial Briareo tenía su otro nombre, el cariñoso, lo llamábamos “El Chori”.
El Chori fue un buen perro, compañero. Cada vez que salíamos a caminar se quedaba con nosotros, nos cuidaba. Era mediano y ladraba como un perro grande. Obedecía, no se dejaba mimar demasiado, era muy inquieto.
Vivió con nosotros quince años, y la vejez lo alcanzó.
Un sábado cayó al suelo y no se pudo levantar más, la cadera ya no le respondía, tampoco la mente. Parecía un zombie. Dejó de comer y beber.
Al no recuperarse y ver que sufría llamé a la veterinaria. El Chori murió un día antes del cumpleaños de mi hija. No quise que las fechas coincidieran.
Llamé a la veterinaria con el pedido de que le practicara la eutanasia. Ella lo había estado tratando y coincidió con el pedido. Era lo más adecuado.
Lo hicimos en casa, y tuve a mi perro conmigo. Le hablé, lo acaricié, vi cómo pasó de respirar agitadamente a dejar de respirar. Lloré con él, lloré por él, lloré por mí.
Quince años de su vida fueron también quince años de mi vida.
No deseo tener más perros. Ya tuve los míos. Miro el fondo del patio y lo busco. Sé que no está, pero no dejo de buscarlo. Lo escucho ladrar.
La muerte de El Chori es otra muerte más que se inscribe entre aquellas que llevo conmigo. Es pérdida, es recuerdo, es vida.
Espero que haya un cielo de perros y que mi perro esté allí, luchando por la belleza.

La rata

Pasé por la calle de siempre, caminando con calma, luego de haber dejado a mi hija en la escuela. Desde una esquina pude ver cómo tres hombres golpeaban con fuerza sus pies en el suelo. Supuse que estaban matando a un animal, y que podría ser una cucaracha, aunque tuve dudas de que fuera así.

Al acercarme vi cómo dos de los hombres se alejaban y el tercero, en cambio, se quedaba en el lugar, con su pie sobre el cuerpo de una rata.
No me generó asco ni aprehensión. La rata no era una rata sino un ser vivo que agonizaba. Lo vi de repente.
La miré a los ojos, algo me obligaba a hacerlo, una especie de “no debería mirar pero tengo que hacerlo”, y lo que vi fue el rostro del animal con sus ojos entrecerrados, desangrándose, desfalleciendo, quedándose lentamente sin la vida que se le escapaba… Quedé conmocionada.
La rata tenía en sí la belleza ominosa de la muerte, porque ese momento la vida se le estaba yendo del cuerpo.
De cierta manera me gustan las ratas, y lamenté mucho el destino que le tocó a esta, en ese momento y en ese lugar.
Quedé conmovida, porque la muerte de la rata expuso algo que siempre está allí, pero nos empecinamos en negar: que la vida es impiadosa en una forma neutra que la hace más impiadosa todavía, no es ni justa ni injusta, escapa a todo criterio humano, que es criterio de goce.

La vida quema, la vida es real.

La danza de las ratas

Ferdinand van Kessel (1648-1696), ‘Der Tanz der Ratten’ (La danza de las ratas), 1690

La mantis religiosa (el mamboretá)

El sol vibraba en el aire, el calor de la tarde se hacía cada vez más fuerte. A lo  lejos, en todas partes, se escuchaban los pájaros y las chicharras. La siesta, una vez más, me encontraba despierta. Grandes peleas tuve con mis padres por ello, ellos querían dormir, y yo nunca pude hacerlo. ¿Cómo dormir una siesta? En esas horas todo se detenía, no había nadie, y se podía correr y pasear, y descubrir todo sin sentir la mirada reprobatoria de algún adulto.
Esa tarde, llena de calor, quise ir al árbol de guayabas.
El guayabo estaba lejos de la casa, en un lugar rodeada de mangos, que por comparación lo hacían ver más pequeño. Apenas crecido, el tronco ya tenía dos ramas que se separaban en una amplia bifurcación y  que permitían trepar de una manera muy cómoda. No había que hacer mucho esfuerzo y se podía alcanzar algún fruto. Las guayabas no se veían muy lindas, pero eran ricas, eran una sorpresa. A veces tenían pequeños gusanos, pero igual las comía.
Salí de la casa, y al llegar al árbol encontré en el tronco una mantis religiosa, un mamboretá. Al principio me asusté. No la había visto.
El bicho estaba tranquilo, posado, en un estado casi extático. De repente se movió.
Era pequeña, pero era hermosa. Mi miedo me dejó observar a cierta distancia, no sabía por qué pero creía que iba a volar hacia mí.
Era pequeña, pero muy delicada, toda verde, con sus patitas en esa pose característica por la que recibe su nombre, uno ve a la mantis y parece que está rezando.
No supe por qué pero esa mantis me hizo pensar en mi madre, era una combinación extraña de belleza y peligro, de aquello que deseaba y lo que no podía tener.
Esa tarde, no recuerdo si al final pude comer las guayabas, pero sí pude ver a la mantis de otra manera. Todo en esa tarde se había convertido en algo extraño y fascinante.

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Fuente de la imagen: Scientific Illustration

La lechuza

Ayer por la noche pasé una hermosa noche con amigos. En medio de la charla, del jolgorio y las risas, les conté por qué me gustan ciertos animales.
Según señalaron mis amigos estos animales comparten una característica que a primera vista yo no había notado: son animales -según sus criterios- carentes de belleza. Entre esos animales se destacan los gatos esfinge y los dragones de Komodo.

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Una vez, en mi niñez tuve la extraña idea de ir a preguntarle a mi madre si yo era linda, si era bonita. La respuesta de mi madre me marcó porque quedé aferrada a ella, es decir le creí a mi madre.
Ante la pregunta mi madre me miró y dijo:
«Hubo una vez una lechuza que había tenido crías, y tenía que alimentarlas, por lo tanto tuvo que ir a buscar comida para ellas. Dejó el nido, y al hacerlo se cruzó con un águila y le advirtió que no se comiera a las crías, el águila prometió no hacerlo.
Al regresar al nido, las crías no estaban.
La lechuza buscó al águila y le preguntó: -¿Has visto unos pichones hermosos, todos blancos y pequeños que estaban aquí en mi nido?
El águila respondió: -No, en el nido sólo encontré unos bichos horribles y me los comí.
Conclusión: Las madres siempre ven lindos a sus hijos.»

Quedé aferrada a esos bichos horribles.
Y así he vivido hasta ahora: el bicho soy yo.
Por ello creo que siempre se puede encontrar algo de belleza, aún en esos animales que la gran mayoría considera feos.
Hubo mucho tiempo en mi análisis para poder nombrar eso, es decir aceptar que siempre lo viví de esa forma, que escuché ese relato y que quedé aferrada a él.
Mi madre fue descuidada, trató de decir la verdad. Y eso habla mucho sobre ella.
Las madres pueden ser brutales.
Los bichos horribles dieron un ser, una consistencia. Frente a ser nada, era preferible ser eso.
Luego descubrí que, en verdad, uno puede ser también otras cosas.
La marca permanece, pero es otra.


Fuente de la imagen: BHL