Infancia

Dos recuerdos de la niñez

Llego a mi casa de la clase de órgano, tengo las partituras para practicar. Mi madre toma la partitura de “Moritat”, lee las notas y canta.

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Veo planos sobre el escritorio de mi padre, medidas, números, dibujos… No entiendo cómo eso ahí escrito luego va al mundo, cómo encaja en el mundo… con el mundo.

Esos dos recuerdos son similares, algo escrito toca el mundo: ¿cómo es posible?
Recordar que la canción era Moritat añade sorpresa: lo que no tiene sentido es la muerte.

Si me preguntaran por qué el psicoanálisis tan sólo respondería: porque por medio de lo simbólico se puede tocar lo real.

 

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La lechuza

Ayer por la noche pasé una hermosa noche con amigos. En medio de la charla, del jolgorio y las risas, les conté por qué me gustan ciertos animales.
Según señalaron mis amigos estos animales comparten una característica que a primera vista yo no había notado: son animales -según sus criterios- carentes de belleza.808c95b4e5c257130d2bb353f2135787-sphinx-cat-hairless-cats Entre esos animales se destacan los gatos esfinge y los dragones de Komodo.

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Una vez, en mi niñez tuve la extraña idea de ir a preguntarle a mi madre si yo era linda, si era bonita. La respuesta de mi madre me marcó porque quedé aferrada a ella, es decir le creí a mi madre.
Ante la pregunta mi madre me miró y dijo:
«Hubo una vez una lechuza que había tenido crías, y tenía que alimentarlas, por lo tanto tuvo que ir a buscar comida para ellas. Dejó el nido, y al hacerlo se cruzó con un águila y le advirtió que no se comiera a las crías, el águila prometió no hacerlo.
Al regresar al nido, las crías no estaban.
La lechuza buscó al águila y le preguntó: -¿Has visto unos pichones hermosos, todos blancos y pequeños que estaban aquí en mi nido?
El águila respondió: -No, en el nido sólo encontré unos bichos horribles y me los comí.
Conclusión: Las madres siempre ven lindos a sus hijos.»

Quedé aferrada a esos bichos horribles.
Y así he vivido hasta ahora: el bicho soy yo.
Por ello creo que siempre se puede encontrar algo de belleza, aún en esos animales que la gran mayoría considera feos.
Hubo mucho tiempo en mi análisis para poder nombrar eso, es decir aceptar que siempre lo viví de esa forma, que escuché ese relato y que quedé aferrada a él.
Mi madre fue descuidada, trató de decir la verdad. Y eso habla mucho sobre ella.
Las madres pueden ser brutales.
Los bichos horribles dieron un ser, una consistencia. Frente a ser nada, era preferible ser eso.
Luego descubrí que, en verdad, uno puede ser también otras cosas.
La marca permanece, pero es otra.

Yurumí

Hacía mucho calor, un poco más que siempre. El aire estaba pesado, húmedo. El dulzor de las flores inundaba el ambiente y ese perfume, que tantas veces disfruté extasiado, ahora se sentía como un vapor sofocante. Las hojas verdes de las plantas, cubiertas por una fina capa de polvo rojo, pedían agua. El sol, alto y azul, sonreía con desprecio.

Íbamos por el caminito de tierra. Nuestro destino era una chacra en medio de la selva. La única forma de llegar era a pie. Un arroyuelo cercano brindaba el agua necesaria para el cultivo. Las cosechas, junto con los animales, cubrían la alimentación de los peones; lo que fuera necesario para el ocio y el placer se traía de afuera.

Íbamos despacio, el camino se hacía largo e interminable, se oían el canto de las chicharras y el de los pájaros. A veces, podíamos ver mariposas amarillas, que en pequeños grupos, revoloteaban. El calor, deidad indescifrable, a veces indulgente, a veces despiadada, cedió un poco en su tozudez y nos acompañó de una manera amigable.

Nos detuvimos un momento por el cansancio y los mosquitos, ávidos de sangre, se acercaron.

Oí algo extraño. El sonido de ramas crujiendo y rompiéndose al paso de un animal. El temor se incrustó en mi cuerpo. Me acomodé como pude y esperé.

Se dice que la espera suele ser peor que el encuentro con lo temido.

Lo vi aparecer como un sueño, como una pesadilla: a paso lento, como si supiera que su aparición era un privilegio para nosotros, vi al animal. Grande, gigantesco, llevando un manto gris y negro, con su trompa extraña y alargada y las zarpas feroces.

Pasaron pocos segundos, salió de la espesura y cruzó el camino sólo para volver a ella.

Ese día, estuve en el paraíso.

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‘Oso hormiguero’ (1776) Francisco de Goya (Atribuido a Anton Raphael Mengs hasta 2011) Foto MNCN-CSIC

El sapo

Mi infancia está conformada por recuerdos extraños, algunos se han borrado y otros son como retazos que uno para armar un tejido. A veces por alguna intervención de familiares, se unen dos trozos disímiles, otras veces sólo hay imágenes y olores que no pueden inscribirse en ninguna parte.
Vivía en una casa muy grande, en medio de un campo. Los grandes espacios permitían que el control de los adultos sobre los niños fuera muy laxo, y por ello tenía acceso irrestricto a las bondades y peligros que la naturaleza suele ofrecer. Las tardes la pasaba sola, en medio de pastizales entre víboras, conejos y perdices.
Me trepaba a los árboles para comer sus frutos. Veía insectos llamativos y peligrosos, y desde mi mirada infantil todo era parte de un encuentro pacífico con eso que vive y muere en calma.
Tuve varias mascotas, la más extraña tal vez fue un sapo al que puse por nombre Horacio.
En el recuerdo sólo aparece ese bicho saltando dentro de la casa. Los relatos familiares agregan detalles y exageraciones. (Un recuerdo infantil sin exageración, y desvíos, carece de gracia.) La familia contaba que a la hora de tomar la merienda nos sentábamos junto con mi hermano frente a un televisor para ver un programa y que, a esa misma hora, se acercaban tanto el perro, como el gato y el sapo para acompañarnos. No lo recuerdo. Igual no importa.
El sapo era un sapo gigante, feo, verde oscuro, tosco. Un animal que rompía toda armonía. Era lo salvaje dentro de la civilización. Algo muy mío hay en él.

Brooklyn Museum – The Princess and the Frog – Mary Shepard Greene Bluemenschein – overall

La pregunta del ingeniero

Padre e hija estaban en el patio. Habían pasado la tarde juntos hablando sobre el futuro, los estudios, los sueños y las posibilidades.
La hija quería estudiar medicina, soñaba con hacer un doctorado y le hablaba a su padre de eso. Aún no había terminado sus estudios secundarios, sin embargo soñaba con un futuro en otro país, soñaba con una mudanza. “¿Por qué no?”, se decía.
El padre escuchaba en silencio. Amaba mucho a su hija pero no se lo decía. Él se había criado de una forma muy dura, muy rígida, no había recibido ni abrazos ni caricias. Vivió en una familia en la que los hijos eran considerados mano de obra, tenían que cumplir con sus deberes sin cuestionarlos.
Hablaron toda la tarde, hasta que el padre no pudo más y preguntó con timidez:
–¿Y no te gustaría estudiar ingeniería?
La hija sonrió. Trató de ensayar una respuesta, como disculpándose, tratando de explicar por qué no le gustaba la ingeniería y por qué sí le gustaba la medicina (aunque en realidad no sabía lo que le gustaba.)
El padre sonrió conforme, ella se acercó y lo abrazó. Él, que no estaba acostumbrado y nunca se iba a acostumbrar a los abrazos, se quedó tieso.
Luego, guardaron las sillas y entraron a la casa.

Años más tarde esa hija entendió la pregunta del ingeniero.

Monsieur with his favourite daughter Marie Louise, Versailles, Pierre Mignard

La noche de San Juan

El día caluroso había terminado y abrió paso a la tan esperada noche.
Hacía semanas que Morena y yo esperábamos la noche de San Juan.
En el barrio la gente se reunía en las esquinas y las puertas de las casas quedaban abiertas, el festejo entre amigos y conocidos se expandía a transeúntes inadvertidos y vendedores de paso.
Me preparé y salí de casa con mi ropa más linda, esa noche iba a saber por fin quién sería el amor de mi vida. Le preguntaría a las velas, al agua, a San Juan.
De la esquina de casa pasé corriendo a la casa de Morena, que estaba a pocos metros. Ella también se había preparado, hablamos, nos reímos. Estábamos muy exaltadas. Era la primera vez que reconocíamos, una frente a la otra, que el amor nos preocupaba, que queríamos saber quién nos amaría.
En la esquina comenzaron a quemar leña, y las rondas de gentes comenzaban a formarse. Algunos preparaban brasas para caminar sobre ellas, otros armaban el Toro Candil.
En la casa de Morena no quedó nadie, sus padres salieron a saludar a los vecinos y su hermano menor se fue con ellos. Así que ese era nuestro momento. Solas, en la casa, tendríamos la privacidad que queríamos.
Preparé un fuentón de agua, mientras Morena fue a buscar las velas. Lo colocamos todo en la cocina. Apagamos las luces y fuimos de a una. Esperamos a oír las doce en el reloj y comenzamos.
Primero fue Morena, sostuvo la vela encendida sobre el agua y dejó caer las gotas de cera que comenzaron a tomar forma y a girar. Al principio no entendimos bien qué se formaba, pero después las gotas de cera formaron una M gigante. La emoción nos invadió, ¿será la M de Mariano, el de la casa de material? A Morena le gustaba, y la idea de que San Juan le dijera eso le gustaba más.
Luego fui yo y sostuve la vela sobre el agua, pero las gotas caían y se hundían. No había caso, no flotaban, se hundían todas. Probamos cambiando el agua, pero las gotas hicieron lo mismo y se resistieron. No formaban letras. Se estancaban, y después se hundían. Mi decepción era enorme. Por lo visto no me iba a ir bien en el amor. Morena me dijo que no hiciera caso, que era una pavada, pero a ella le brillaban los ojos pensando en esa letra M.
Pensé, luego, hacer la otra prueba, la del espejo. Morena me dijo que no la hiciera, que le daba miedo. Insistí. Con la sola luz de las velas iluminé el espejo del pasillo y miré mi imagen un rato. No pasó nada. San Juan no estaba interesado en anunciarme nada con respecto al amor.
Mi decepción volvió a ser enorme. Ordenamos todos los utensilios, yo sin demasiadas ganas y Morena con entusiasmo, y salimos de la casa. En la puerta me encontré con uno de mis amigos, que me andaba buscando, me dio un abrazo y fuimos a ver el Toro Candil. Morena fue corriendo a buscar a Mariano.
San Juan no me dijo nada, tal vez porque hay cosas que no se pueden saber.

Godfried Schalcken – Young Girl with a Candle –

Metatrata

Apenas nos mudamos supe que algo no estaba bien. La casa, muy vieja en algunos sectores, no me gustaba. Había una presencia en ella todo el tiempo, algo que me observaba. Fue como regresar a un pequeño infierno infantil.
Después de pasados apenas unos días descubrimos el mecanismo de expansión de todas las habitaciones. Junto al mecanismo había algo que lo operaba. La casa expandía y modificaba su forma si yo lo pedía, pero a veces lo hacía a criterio propio. Era, de alguna manera, como el libro de arena, pero yo siento que el espacio de una casa es acaso más aterrador que un libro, porque el libro es más tiempo que espacio.
Nunca sola, siempre mirada, siempre con temor.
La casa, vieja, viejísima, tuvo muchos habitantes. Antes había funcionado en ella un jardín de infantes, y fue antes todavía muchas otras cosas.
Al principio, traté de manejar mi miedo hablando con aquello que operaba el mecanismo, con el operador. Él era, no sé si lo dije, lo más aterrador del mecanismo. Le hablaba, me dirigía a eso y obtenía como respuesta algún movimiento en las habitaciones. Ellas se ampliaban, o se achicaban, o aparecía un subsuelo, o quizá se podía ver el estrato más bajo de todos, en el que estaban las cloacas y otras cosas que no supe descifrar. Las cloacas eran algo así como un suelo blanco con agua que circulaba todo el tiempo, y en él se podían ver todos los desechos. Ellos cubrían toda la superficie de la casa, y si el operador quería se podían ver en cualquier parte.
Pasaron algunas semanas, y al principio traté de olvidarlo o hacer como si eso no existiera. Pero al final pudo más el querer saber, o quizá pudo más eso.
Una tarde decidí contactarme con algunos de los habitantes anteriores de la casa. Accedieron a visitarme y nos reunimos en el salón principal, que estaba completamente en silencio.
–¿Querés saber?
–Sí.
Hicimos una ronda y comenzamos a contar.
–¡Uno! Metatrata.
–¡Dos! Metratrata.
–¡Tres! Metatrata.
–¡Cuatro! Metatrata.
–¡Cinco! Metatrata.
Seguimos así hasta llegar al número doce. No entendí cómo sabía lo que tenía que decir ni tampoco la fuerza con la que lo dije. Sólo sé que al llegar al número doce me quedé sola. Entendí que al mencionar un número, uno de nosotros desaparecía. El número era absolutamente singular, íntimo y desconocido para cada uno. Al llegar al número doce me quedé sola. Y entonces me angustié y me puse a llorar, y sentí, con la piel erizada y el terror más profundo, que algo estaba a mi lado. Supe que era eso que yo llamaba operador. Cerré los ojos con fuerza, no quise mirar. Pero de nuevo pudo más querer saber. Finalmente abrí los ojos y vi que no estaba a mi lado, pero seguía dentro de la casa. Había regresado al interior del mecanismo.
Fue entonces que entendí algo más, aunque no sé cómo. Eso, como una madre, como un vigía, como algo que amaba y devoraba la vida sin límites, estaba allí para cada uno. Y, si llegué al número doce era por causa de algo mío, por ese temor, por algo en mí que sostenía la vida de eso.
Pensé que el número doce tenía que ver con una edad: doce años. Yo ya no tenía doce años pero en esa casa era como si los tuviera, como si el tiempo hubiera querido detenerse allí, en esa casa vieja, viejísima, que estaba allí como si hubiera estado allí desde siempre, desde antes del tiempo.
Supe que si eso tan aterrador estaba vivo, era porque yo lo mantenía vivo. Eso quedó allí.
Le hablé a las paredes y me fui, sin mirar atrás.

Maman Spinne Kunsthalle HH