Lo femenino

El pavo real

09c7850a4ab1a06be99063949f467011En la feria del barrio, la que está los sábados por la mañana, hay un puesto de verduras. Allí atiende una señora, de la cual no puedo precisar la edad.

Su rostro está marcado por el tiempo. El cabello, recogido con un rodete, tiene líneas plateadas que se pierden.
Es bajita, ágil, amable. Tiene en sus orejas unos pendientes dorados con forma de pavo real, con piedritas rojas que brillan en cada una de las plumas de la cola.

Esos pendientes me recuerdan un pasado cargado de amor y cariño, de cobijo y abrazos. Esos pendientes me recuerdan a muchas mujeres que ya no están, y que me cuidaron a lo largo de la vida, y a las que tomé por madres mías.
Esos pendientes se han convertido para mí en señal de amor: la chica que me cuidaba  y vivía con nosotros, la señora que cruzaba el puente todos los días bien temprano para despertarme con un beso antes de hacer las tareas de la casa, la vendedora de chipa que yo saludaba cuando iba a la escuela. La maestra que me regalaba libros y me abrazaba todo el tiempo. La abuela de una amiga, a la que visitábamos y nos daba consejos cargados de paciencia.

Mujeres que estuvieron para mí y que me adoptaron y yo adopté, y que me quisieron y yo quise. Todo eso encierra el pavo real.

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Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.
Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.
De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.
Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.
Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.
Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.
Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.
Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Judith and Holopherne. Gustav Klimt. 1901

Mujeres estupendas

Leí un artículo en un periódico. Hablaba sobre las señoras de cierta edad, que tienen: tienen estilo, tienen seguridad, se tienen a ellas.
Me gustó, lo vi como una posibilidad, algo tal vez lejano para mí… pero una posibilidad.

Estoy justo en ese momento en el que uno comienza a envejecer.

Aparecen las canas, pocas, pero angustian. No se trata por supuesto de cubrilas, es eso otro. Es lo inevitable.

Y leí en el artículo sobre esas ‘señoras estupendas’ que tienen lo suyo, de ellas y de nadie más. Y soñé con ser una de ellas, y ese sueño me mostró cuán lejos estoy de ser una de ellas.

Ellas son: “Señoras que no pretenden ser un lienzo en blanco, que guardan una impecable coherencia física porque no traicionaron ni carácter ni expresión. Señoras que visten con maestría una pieza vintage de cosecha propia o que recurren a la modista cuando quieren hacerse biquinis originales a su medida.”

¿Cómo ser una mujer? ¿Qué es una mujer? Pasan los años y la pregunta insiste.

1866 Gustave Courbet – Woman with a Parrot

Señoras estupendas

El secuestro

a R.S.A.

Camino por el pasillo tranquilamente, hasta que escucho un sonido extraño. Un sonido de golpes, que va en aumento. Escucho las aspas de un helicóptero. Me doy cuenta que vienen por ella.
Escucho gritos, un grupo de hombres y mujeres, vestidos con trajes de combate irrumpen y tratan de secuestrarla. Llevan armas, están organizados.
Mis compañeros y yo, preparados para la ocasión, también tenemos armas y peleamos, no vamos a dejar que se la lleven así nomás.
Hasta que de pronto la miro: veo en sus ojos algo inesperado, parecería que ella quiere que la secuestren. No entiendo, ¿por qué?, ¿por qué peleamos entonces, si ella quiere que la secuestren?
La luz, la angustia, el día. Lo femenino me despertó.

Helicóptero de Leonardo Da Vinci