El pavo real

09c7850a4ab1a06be99063949f467011En la feria del barrio, la que está los sábados por la mañana, hay un puesto de verduras. Allí atiende una señora, de la cual no puedo precisar la edad.

Su rostro está marcado por el tiempo. El cabello, recogido con un rodete, tiene líneas plateadas que se pierden.
Es bajita, ágil, amable. Tiene en sus orejas unos pendientes dorados con forma de pavo real, con piedritas rojas que brillan en cada una de las plumas de la cola.

Esos pendientes me recuerdan un pasado cargado de amor y cariño, de cobijo y abrazos. Esos pendientes me recuerdan a muchas mujeres que ya no están, y que me cuidaron a lo largo de la vida, y a las que tomé por madres mías.
Esos pendientes se han convertido para mí en señal de amor: la chica que me cuidaba  y vivía con nosotros, la señora que cruzaba el puente todos los días bien temprano para despertarme con un beso antes de hacer las tareas de la casa, la vendedora de chipa que yo saludaba cuando iba a la escuela. La maestra que me regalaba libros y me abrazaba todo el tiempo. La abuela de una amiga, a la que visitábamos y nos daba consejos cargados de paciencia.

Mujeres que estuvieron para mí y que me adoptaron y yo adopté, y que me quisieron y yo quise. Todo eso encierra el pavo real.

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Las moras

Ese día el calor fue amable. Se acercaba el verano y a la salida de la escuela decidimos ir a ver las moreras.
Habíamos visto que al costado del camino Centenario había varias plantas y decidimos inspeccionarlas. Crecían solas, entre el camino y las vías del tren. Había árboles grandes y otros muchos más jóvenes.
Caminamos un poco y nos trepamos a uno de esos árboles. Estaba detrás del refugio de la parada de colectivos de calle Lacroze. Nos acomodamos, cada una en un buen lugar y comenzamos a comer. Las moras eran gigantes.

Como salíamos al mediodía de la escuela, el momento era oportuno. Teníamos hambre y las moras estaban ahí esperándonos.
Comimos, nos miramos, y nos reímos. Los autos pasaban, también el tren, saludando con la bocina.

Cuando terminamos de comer me lanzó moras en la cara, después se tomó el trabajo de enchastrarlas por todo mi pelo. Así comenzó una lucha ridícula. Terminamos las dos con los guardapolvos teñidos de color violeta, y un olor dulce y pegajoso en la piel.

Retomamos el camino a casa, siempre riéndonos.

Hoy los árboles no están, pero esas moras quedan; en ellas el tiempo se detuvo.

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Blackberries, por Passmore, Deborah Griscom, 1840-1911

 

La verdad

a R. S. A.

Estábamos en la pequeña sala de mi casa, sentados alrededor de la mesa. Ella estaba sentada en la silla frente a mí.
Hablábamos de muchas cosas, y la conversación había sido muy amena, hasta que llegado un momento en el que no pude ocultar mi malestar la miré y  le dije, con la boca cargada de un sabor amargo:
-Lo que me angustia es que no me digas la verdad…
Ella, con una sonrisa burlona, respondió: “¿Qué es la verdad?”
Enojado, porque no se hacía cargo, le respondí:
-Te voy a dar un ejemplo, si aquí mismo hubiera dos mujeres desnudas besándose y entrara uno de mis amigos lo primero que él diría es que son dos lesbianas… Vos en cambio responderías carne humana,  que ni siquiera es mentira…

Ella volvió a sonreír y no dijo nada.  Luego se puso de pie y comenzó a caminar hacia uno de los rincones de la habitación, alejado de la mesa y de la luz.

La cara antes sonriente, comenzó a transformarse. Continuó caminando, con paso decidido, hacia el rincón.  Desde ese momento sólo pude ver su largo cabello. Se quedó quieta, y no dijo nada más.
Tuve miedo de ver su rostro. La angustia que tuve al pedirle que me dijera la verdad volvió en forma de terror.
No esperé a que se diera vuelta y salí de allí.

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The dark corner, de Vitor Antunes (CC BY-NC-ND 2.0)

Dos matrimonios

A lo largo de una semana  tuve dos sueños similares.

Uno era el del matrimonio verdadero, el matrimonio del amor.

Estaba casada con un hombre que me amaba. No sé quién era, pero sé que me amaba. A pesar de ello no le creía, y le pedía pruebas de amor.
Él respondía con una sonrisa, advertido de su elección. Sabiendo que era así.
Me amaba a pesar de mí misma.

Otro día de la misma semana soñé con el matrimonio falso, era el matrimonio con mi analista. Falso porque no había amor.

Había un contrato, un arreglo. Y el arreglo se sostenía, y funcionaba.

Lo que une a los dos sueños es claro. Suelo decir que “me caso con las personas” y eso es absolutamente verdadero.
Cuando las quiero, me caso con ellas, pero también hay ocasiones en las que el divorcio se hace necesario.

 

Van Eyck,1434. Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa

Van Eyck,1434. Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa

Lo que necesita el mundo

Se comparte en las redes sociales una fotografía de dos niñas, una blanca y la otra negra, con un texto que dice:

  • ¡Nacimos humanos! Luego nos va separando la religión, el dinero… y la estupidez.
    ¡Amor es lo que necesita el mundo!-

Lamento disentir profundamente: justamente porque nacimos humanos es que nos separamos.
Es el goce el que nos separa, porque el goce mío es únicamente mío y de nadie más, y no hay otro que goce de la misma manera que yo puedo gozar. Mis gustos, mis satisfacciones, incluso mi forma de sufrir son únicos.
Al mundo no le vendría mal el amor, sin embargo lo que necesita es soportar esa diferencia irreductible que hace que mi goce y el de otro no coinciden. Es así, y va a ser así… aunque a veces hay punto de encuentro.

Y eso no significa que el otro es malo, que quiere mi mal o que roba mi goce. Sólo indica que el otro es distinto.
El mundo necesita una cierta ética, básica y sencilla: el otro -distinto a mí- también goza, y no tiene por qué hacerlo de la misma forma que yo lo hago.

 

Yurumí

Hacía mucho calor, un poco más que siempre. El aire estaba pesado, húmedo. El dulzor de las flores inundaba el ambiente y ese perfume, que tantas veces disfruté extasiado, ahora se sentía como un vapor sofocante. Las hojas verdes de las plantas, cubiertas por una fina capa de polvo rojo, pedían agua. El sol, alto y azul, sonreía con desprecio.

Íbamos por el caminito de tierra. Nuestro destino era una chacra en medio de la selva. La única forma de llegar era a pie. Un arroyuelo cercano brindaba el agua necesaria para el cultivo. Las cosechas, junto con los animales, cubrían la alimentación de los peones; lo que fuera necesario para el ocio y el placer se traía de afuera.

Íbamos despacio, el camino se hacía largo e interminable, se oían el canto de las chicharras y el de los pájaros. A veces, podíamos ver mariposas amarillas, que en pequeños grupos, revoloteaban. El calor, deidad indescifrable, a veces indulgente, a veces despiadada, cedió un poco en su tozudez y nos acompañó de una manera amigable.

Nos detuvimos un momento por el cansancio y los mosquitos, ávidos de sangre, se acercaron.

Oí algo extraño. El sonido de ramas crujiendo y rompiéndose al paso de un animal. El temor se incrustó en mi cuerpo. Me acomodé como pude y esperé.

Se dice que la espera suele ser peor que el encuentro con lo temido.

Lo vi aparecer como un sueño, como una pesadilla: a paso lento, como si supiera que su aparición era un privilegio para nosotros, vi al animal. Grande, gigantesco, llevando un manto gris y negro, con su trompa extraña y alargada y las zarpas feroces.

Pasaron pocos segundos, salió de la espesura y cruzó el camino sólo para volver a ella.

Ese día, estuve en el paraíso.

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‘Oso hormiguero’ (1776) Francisco de Goya (Atribuido a Anton Raphael Mengs hasta 2011) Foto MNCN-CSIC

Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent