El aullido

La otra noche, o la otra mañana, no importa… Soñé. En medio de este no-tiempo que hay en casa, soñé.
Y soñé con algo que hizo que me despertara contenta:
Viajábamos, en auto, en barco, en submarino, en tren.
Con el tren pasamos por una estación con carteles de madera, con el nombre de la estación pintado en negro sobre un fondo blanco. Sin detenernos miré y vi un perro. Quise hablarle y le aullé, y el perro amable y hermoso también me aulló.
Eso es la felicidad. Sólo eso.

Hachiko

El tipo del bigote

Hay un recuerdo de mi niñez que puedo reactivar hasta el hartazgo y no pierde efecto: cada vez que pienso en eso, soy feliz.
Está atado a un momento en la casa quinta en la que me crié.
A la hora de la siesta estaba en un salón y allí había un pequeño televisor. No sé si era a color, creo que no, pero no importa.
El televisor estaba encendido y por la programación, o no sé por qué, comenzó un video de música: aparecía un hombre con minifalda, ropa ajustada, bigote muy frondoso. Supongo que la incongruencia del bigote con el resto de la ropa era lo que más me gustaba. Luego vi que todos los otros hombres de la banda de música también estaban disfrazados.
Quedé fascinada. Ver ese video era descubrir que podía seguir jugando por siempre; era descubrir que, a pesar de crecer, uno podía divertirse.

Así que, como la tecnología ayuda y tengo a mi disposición ese video, siempre tengo esa felicidad: se puede jugar.
Y como la felicidad se comparte…

 P/D: A todos aquellos que estén en sus casas, por las restricciones debido a la pandemia de COVID-19, no desesperen. Estamos todos en la misma situación.
Ojalá esto les brinde un poco de alegría.

 


Bioy Casares

El otro día pasamos por una calle llamada Borges. Y no recuerdo bien qué dije, pero hablé con un tono despectivo sobre Bioy Casares…

Entonces, mi acompañante me preguntó: “¿por qué no te gusta?” Él entendió que no se trataba de una cuestión literaria sino de otra cosa

Respondí: esto no se trata de su escritura, que en última instancia sólo hace que deje el libro sobre una mesa y yo me vaya a otra parte… Es algo más corporal, es un rechazo que no siento con otros.

Porque Bioy era un dandy de esos que ya no existen, un mujeriego, un heredero, y muchas otras cosas más que no me gustan…  Pero no, nada de eso me molesta… Es otra cosa, es algo que hizo que considero que es lo peor de lo peor: publicó las intimidades de su amigo una vez que éste se murió. Y eso es para mí la absoluta cobardía, la máxima. Tan cobarde que lo único que pudo hacer para rebajar en algo al otro (que era mejor que él en lo único que a él verdaderamente le importaba, la escritura) fue publicar sus miserias y estupideces y fallas de hombre cuando el otro se murió…

Es por eso por lo que para mí Bioy Casares es el peor. Es el cobarde máximo, es el que no soportó que el otro, aún después de muerto, siguió siendo mejor que él. Entonces quiso matarlo de nuevo y, en una jugada extraordinaria del destino, lo obligó a quedarse otra vez en el lugar que le corresponde: el que está a la sombra, siempre. El que escribió Dormir al sol va a quedar siempre a la sombra.

Es bastante paradójico, imagino que a Borges le hubiera gustado, porque al fin y al cabo esto no es más que el argumento perfecto de un cuento de esos que él escribía, quizá el “Tema del traidor y del héroe”.

Borges y Bioy

Todo aquello que se ha perdido

Tuve un sueño en el que visitaba una casa de mi infancia, una casa emplazada en medio de un campo. Una casa demasiado amada por mí.
La casa había quedado abandonada, y por ello casi destruía hasta los cimientos. Verla me conmovió.

En el sueño, otros eran los dueños de esa casa.
Ingresé a ella y pude ver cómo todo estaba renovado, puesto a nuevo, pero conservando el diseño original. Uno de los salones principales volvía a ser el de antes, recuperaba su esplendor: tenía una mesa de madera lustrada, que hacía juego con doce sillas de pana azul, grandes ventanales que daban a un patio en el que había una glorieta con enredaderas de flores naranjas y azules.

Al ingresar al salón, el recuerdo de mi niñez se presentó ante mí sin distancia. La  angustia escuchó su llamado y subió por mi pecho, llegó hasta mi garganta… que no emitió sonido.
Comencé a llorar, y dije:

«Todo esto está perdido para mí, porque ya no es mío, y porque el tiempo ha hecho que se perdiera inevitablemente. Lo he perdido dos veces.»

Esa casa, esa historia, ese recuerdo. Aunque ahora tuviera todo y esa casa recobrara su brillo antiguo, está perdida para mí. Es el tiempo el que lo ha hecho. Ya no soy, ni seré. Quedó perdido, es inevitable.


Andrew Wyeth - Christina’s World

Andrew Wyeth – Christina’s World,1948.

 

Hacerse cargo de la muerte

Ayer vi una película que me encanta, es de Denis Villeneuve, se llama Arrival (La llegada). La vi más de una vez.
Es la historia del encuentro con extraterrestres y los intentos por hablar con ellos. La lingüista que lo logra, cambia, vive el tiempo de otra manera; y descubre algo hermoso y terrible sobre su propio futuro y el de su familia, y se hace cargo de ello, elige hacerse cargo de la vida y de la muerte. No retrocede.

arrival1
Y eso me gusta, hacerse cargo de la vida es hacerse cargo de la muerte.
La vida es vida siempre y no lleva la cuenta, no hace balance, esa rendición final que supone y espera un saldo a favor. La vida es más compleja que eso, que columnas de entradas y salidas… A veces las pérdidas son imprescindibles, a veces las ganancias tienen costos muy altos…

En fin, cambia el año, y lo que le deseo para mí y para otros es una vida implacable.
Que tengan un excelente 2020.