Madre

El pavo real

09c7850a4ab1a06be99063949f467011En la feria del barrio, la que está los sábados por la mañana, hay un puesto de verduras. Allí atiende una señora, de la cual no puedo precisar la edad.

Su rostro está marcado por el tiempo. El cabello, recogido con un rodete, tiene líneas plateadas que se pierden.
Es bajita, ágil, amable. Tiene en sus orejas unos pendientes dorados con forma de pavo real, con piedritas rojas que brillan en cada una de las plumas de la cola.

Esos pendientes me recuerdan un pasado cargado de amor y cariño, de cobijo y abrazos. Esos pendientes me recuerdan a muchas mujeres que ya no están, y que me cuidaron a lo largo de la vida, y a las que tomé por madres mías.
Esos pendientes se han convertido para mí en señal de amor: la chica que me cuidaba  y vivía con nosotros, la señora que cruzaba el puente todos los días bien temprano para despertarme con un beso antes de hacer las tareas de la casa, la vendedora de chipa que yo saludaba cuando iba a la escuela. La maestra que me regalaba libros y me abrazaba todo el tiempo. La abuela de una amiga, a la que visitábamos y nos daba consejos cargados de paciencia.

Mujeres que estuvieron para mí y que me adoptaron y yo adopté, y que me quisieron y yo quise. Todo eso encierra el pavo real.

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Tres canas

En una sesión de mi análisis descubrí sorprendida que estaba quejándome porque me salieron canas.
Las había contado: ¡tres!
Con horror las encontré, una a una. Del horror pasé a la risa, pues la situación misma era ridícula.
Esas tres canas me llevaron a pensar que el problema no eran ellas. El problema era la frase: “sos igual a tu madre”, que siempre atravesó mi vida.
Mi madre no llegó a envejecer, murió mucho antes.

Mis tres canas indican, en su silencioso crecimiento, que había algo que yo había sobrepasado.
No sólo estoy envejeciendo sino que esa frase, que siempre viví como una verdad indiscutible, era una verdad mentirosa.

No soy igual a mi madre.
En verdad nunca lo fui.
(Sin duda, los tiempos del sujeto no van de la mano con la cronología.)

Elizabeth Winthrop Chanler,1893. John Singer Sargent

Despertar

Después de un largo dormir, el despertar fue abrupto. Repentino. Poético.
Abrió los ojos y entre el sueño y la vigilia el mundo tomó forma. Otra forma, una que no había visto porque sus ojos siempre miraron lo mismo.
De repente, como un rayo solitario en un cielo claro, vio toda su vida. Su infancia, su adolescencia, su presente. Siempre la misma idea, siempre el mismo temor: ser notada, sobresalir. Y cada vez que algo, un mínimo destello, una pequeña señal indicara que la mirada del otro se posaba en ella, en su cuerpo, en sus actos, abandonaba todo y corría por refugio.
Claro, no se trataba de la realidad pues nadie la miraba, por lo menos no de la forma en la que ella suponía. Era ella la mirada, eran sus ojos los que buscaban esa confirmación una y otra vez.
Ahora, con ese despertar había otra forma. Recordó sus sueños de infancia: ser importante, sobresalir, cambiar el mundo. Recordó también sus clases de música, las felicitaciones, los conciertos, y cómo de repente todo eso perdía sentido, dejaba de interesarle. Claro, sobresalía.
Siempre sintió un exceso en su cuerpo, lo femenino de su forma la inquietaba profundamente. Los hombres la miraron desde temprana edad, y lidiar con esa mirada y excitación era difícil. Fue más fácil esconderse en ropa holgada, masculina, o vestirse con envolturas de alfajores de chocolate, engordando, ocultando.
Nunca supo bien cómo relacionarse con los hombres, menos aún con las mujeres. Los hombres le parecían fáciles de leer, no proponían sorpresa. Las mujeres, en cambio, le generaban un cierto rechazo, porque eran absolutamente impredecibles, sin medida, sin límite. La propia mujer en ella era un problema, y por eso se disfrazaba de hombre, o de mujer, de revolucionaria, de luchadora, de cualquier cosa que sirviera para ocultar esa extraña fragilidad que no sabía cómo manejar.
Despertó, y no podría volver a dormir, por lo menos no ese sueño de independencia y feminismo mentiroso. Justamente descubrió, al abrir los ojos, que no bastaba la forma femenina para saber qué hacer con ese cuerpo femenino. Y que todo el sueño que soñó antes, era de ella, y no de otro.

Judith and Holopherne. Gustav Klimt. 1901

Sueño de una hija que se ahoga

Estoy en una casa, no sé si es la mía. Las paredes son blancas, muy luminosas.
Mi hija me acompaña, y está nadando en una habitación contigua que tiene una pileta. Es como un pozo lleno de agua, que ocupa casi todo el espacio del suelo. Están las paredes blancas, y el agujero lleno de agua.
La miro, veo cómo nada, hasta que ya no puede sostenerse y comienza a hundirse. Veo su desesperación, y comienza la mía.
Le digo a un hombre (que nunca vi antes) que tengo al lado: -¡Hacé algo! ¿¡No ves que se está ahogando!?-
El hombre queda paralizado, inmóvil.
Rápidamente me saco la ropa y, desnuda, me tiro al agua.
Me sumerjo y me falta el aire. Veo a mi hija bajo el agua, casi llego a ella, pero no aguanto y vuelvo a la superficie por más aire. Nuevamente me hundo para buscarla, la agarro con fuerza, y subimos.
Ella está inconciente. La toco, trato de reanimarla, entonces la escucho respirar y me quedo tranquila.
El hombre observa todo, estupefacto. Le digo que llame a emergencias.
Llega el personal de emergencias, la revisan, la estiran como si fuera de goma, le hacen cosas extrañas que parecen no provocarle ni dolor ni molestias. Me inquieta ver eso; recuerdo de pronto que estoy desnuda y trato de cubrirme.
Mi hija pasa, de ser una niña de seis años, a ser un bebé cuando me la entregan en brazos.
Una de las mujeres de emergencias se da la vuelta, me mira, y me pregunta un poco sorprendida: -¿Ése es el padre?-
Miro hacia atrás, para ver a quién señala, y veo a mi padre; viejo y decrépito, tal como estuvo en sus últimos momentos de vida.
Desconcertada respondo: -Mi hija tiene dos padres.-
Y en ese preciso instante, al pronunciar esa frase aparece el rechazo por ese padre viejo.
Miro de nuevo a la mujer de emergencias y le digo: -Todo ha cambiado para mí.-
Y despierto.

Sadko

Ilya Repin, Sadko en el Reino Subacuático.

No-toda madre

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa. Toda sagrada, toda sacrificio y no sé cuántas cosas más.
Me pregunto cuántos piensan en el desafío que implica para una mujer sumergirse en el ámbito de la maternidad.

Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas… Cuántas mentiras, mitos, y fabulaciones alrededor.

Las madres son como cocodrilos, como tiburones con la boca abierta y hambre perpetua. Si la propia mujer que hay en ella no pone freno a la madre, ¿quién lo hará?

Ah, la maternidad. Toda teñida de rosa…
Las madres son sagradas, las madres siempre aman a sus hijos, las madres son buenas…

Leí un artículo en un periódico que me sorprendió. Me sorprendió porque no cayó en la tontería. Habla sobre el caso de una mujer en Brasil que dejó a su bebé en una bolsa en la puerta de un lugar importante, a la espera de que alguien se lo llevara, tal vez con la esperanza de una mejor vida. No lo sé.
La autora del artículo habla sobre la maternidad, sobre ese halo rosa que todos le ponen encima para no ver lo que la maternidad implica. Y pone el acento en algo que creo es importantísimo: parir un niño no es garantía de que allí haya una madre. Hay madre y hay mujer, y para el bien de todos siempre conviene que sea no-toda.

La madre no es natural, la madre también nace, a veces mucho después de que nació el niño:

La “sinvergüenza” que abandonó a su bebé

Haynes-Williams Motherhood

Metatrata

Apenas nos mudamos supe que algo no estaba bien. La casa, muy vieja en algunos sectores, no me gustaba. Había una presencia en ella todo el tiempo, algo que me observaba. Fue como regresar a un pequeño infierno infantil.
Después de pasados apenas unos días descubrimos el mecanismo de expansión de todas las habitaciones. Junto al mecanismo había algo que lo operaba. La casa expandía y modificaba su forma si yo lo pedía, pero a veces lo hacía a criterio propio. Era, de alguna manera, como el libro de arena, pero yo siento que el espacio de una casa es acaso más aterrador que un libro, porque el libro es más tiempo que espacio.
Nunca sola, siempre mirada, siempre con temor.
La casa, vieja, viejísima, tuvo muchos habitantes. Antes había funcionado en ella un jardín de infantes, y fue antes todavía muchas otras cosas.
Al principio, traté de manejar mi miedo hablando con aquello que operaba el mecanismo, con el operador. Él era, no sé si lo dije, lo más aterrador del mecanismo. Le hablaba, me dirigía a eso y obtenía como respuesta algún movimiento en las habitaciones. Ellas se ampliaban, o se achicaban, o aparecía un subsuelo, o quizá se podía ver el estrato más bajo de todos, en el que estaban las cloacas y otras cosas que no supe descifrar. Las cloacas eran algo así como un suelo blanco con agua que circulaba todo el tiempo, y en él se podían ver todos los desechos. Ellos cubrían toda la superficie de la casa, y si el operador quería se podían ver en cualquier parte.
Pasaron algunas semanas, y al principio traté de olvidarlo o hacer como si eso no existiera. Pero al final pudo más el querer saber, o quizá pudo más eso.
Una tarde decidí contactarme con algunos de los habitantes anteriores de la casa. Accedieron a visitarme y nos reunimos en el salón principal, que estaba completamente en silencio.
–¿Querés saber?
–Sí.
Hicimos una ronda y comenzamos a contar.
–¡Uno! Metatrata.
–¡Dos! Metratrata.
–¡Tres! Metatrata.
–¡Cuatro! Metatrata.
–¡Cinco! Metatrata.
Seguimos así hasta llegar al número doce. No entendí cómo sabía lo que tenía que decir ni tampoco la fuerza con la que lo dije. Sólo sé que al llegar al número doce me quedé sola. Entendí que al mencionar un número, uno de nosotros desaparecía. El número era absolutamente singular, íntimo y desconocido para cada uno. Al llegar al número doce me quedé sola. Y entonces me angustié y me puse a llorar, y sentí, con la piel erizada y el terror más profundo, que algo estaba a mi lado. Supe que era eso que yo llamaba operador. Cerré los ojos con fuerza, no quise mirar. Pero de nuevo pudo más querer saber. Finalmente abrí los ojos y vi que no estaba a mi lado, pero seguía dentro de la casa. Había regresado al interior del mecanismo.
Fue entonces que entendí algo más, aunque no sé cómo. Eso, como una madre, como un vigía, como algo que amaba y devoraba la vida sin límites, estaba allí para cada uno. Y, si llegué al número doce era por causa de algo mío, por ese temor, por algo en mí que sostenía la vida de eso.
Pensé que el número doce tenía que ver con una edad: doce años. Yo ya no tenía doce años pero en esa casa era como si los tuviera, como si el tiempo hubiera querido detenerse allí, en esa casa vieja, viejísima, que estaba allí como si hubiera estado allí desde siempre, desde antes del tiempo.
Supe que si eso tan aterrador estaba vivo, era porque yo lo mantenía vivo. Eso quedó allí.
Le hablé a las paredes y me fui, sin mirar atrás.

Maman Spinne Kunsthalle HH